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Impactos en el mundo rural popular

¿Ha dicho usted “sentimiento de abandono”?

Se ha vuelto evidente: en el medio rural, las clases populares se sentirían “abandonadas” por el Estado. Sería asimismo una de las principales causas de su afinidad con la Agrupación Nacional (Rassemblement national, RN), pero también una puerta de entrada a una derecha que busca hacer pie fuera de las grandes ciudades. Los economistas Julia Cagé y Thomas Piketty hacen de la reconquista de las clases populares rurales la “prioridad absoluta para el bloque social-ecológico”, y además invitan a combatir su “sentimiento de abandono” con medidas sociales y económicas adaptadas (1).

¿Pero qué oculta esta expresión en apariencia benevolente de “sentimiento de abandono”, coreado por todo el campo político y mediático en su conjunto? Se impone un llamado a la prudencia porque se adivinan más que nunca las consecuencias sociales de estas palabras utilizadas para resumir lo que pensarían las clases populares. Cuando, por ejemplo, la “inseguridad cultural” (2) deviene la clave para comprender el comportamiento de los “pequeños blancos”, esto autoriza a una cierta burguesía conservadora a hacer descansar sobre otros su propio “pánico moral”. Y la agresión semántica que conlleva tal marco de lectura haría olvidar que un movimiento masivo e inédito como el de los “chalecos amarillos” sostiene otras reivindicaciones económicas y sociales –la crítica al desprecio y la arrogancia del jefe de Estado, el deseo de poder “vivir dignamente”, la desigualdad fiscal. (3) En esto, las clases trabajadoras rurales siguen siendo el arquetipo de la “clase objeto”, “hablada más que lo que ella habla”, según la tesis de Pierre Bourdieu. (4)

¿Ausencia del Estado?

La explicación de la orientación política por el solo sentimiento de abandono participa del mismo error. Si la expresión se basa en una observación tangible, está sujeta a demasiadas simplificaciones en cuanto a los efectos sobre las personas afectadas. El “abandono” del campo por parte de los servicios públicos está largamente documentado. (5) En las ciudades o en los pueblos que hemos estudiado, los habitantes pasan cada día delante de las ruinas de una vieja maternidad, de un centro de impuestos recientemente cerrado o de un edificio del Fondo de subsidios familiares: todo responde a la caída de la industria, con un paisaje de fábricas destruidas, sin hablar de los pequeños comercios y restaurantes desaparecidos. Alcanza con iniciar la conversación para escuchar: “era mejor antes”, “no hay más que para los otros”, [los gobernantes no] piensan más en nosotros”.

Sin embargo, el voto por la RN no se reduce a una simple bronca popular frente a la ausencia del Estado. En principio porque no está verdaderamente “ausente”. Ciertamente, decenios de reformas y de racionalización han conducido a concentrar todo en las ciudades, asegurando luego la continuidad territorial mediante el despliegue de soluciones digitales (virtualización de procedimientos administrativos, “e-salud”, etc.). En los lugares donde el Estado ya no está “de verdad”, dentro de sus muros y a través de sus agentes, uno pasa aún más tiempo en el camino para encontrar la ciudad, donde se multiplican los contactos con los representantes del poder que permanecen en su lugar (secretarios del ayuntamiento, agentes de centros sociales, etc.) En realidad, cuando el Estado se desentiende, su influencia se intensifica: llena la cabeza, devora el tiempo, invade las casas bajo la forma de memos y de pilas de documentos a llenar.

Porque el poder del Estado no se detiene en los muros de sus instituciones: él administra a distancia. A distancia porque está lejos del lugar donde viven esas poblaciones, pero sobre todo, porque desarrolla sus actividades cada vez más alejadas de las prácticas ordinarias de las clases populares. Numerosos ejemplos lo ilustran. La virtualidad que, además de alimentar la “brecha digital”, profundiza la violencia simbólica producida por el funcionamiento burocrático; la reubicación urbana de los servicios públicos que exige “ir a la ciudad” fuera de la zona de los recorridos familiares; el desarrollo de la atención con cita previa, en fin, que implica la posibilidad de organizar su tiempo, lo que es difícil para los trabajadores precarios y temporales, cuyas condiciones de vida impiden la posibilidad de controlar su futuro.

División territorial

Dirigirse al Estado requiere entonces de competencias cada vez más específicas, o quizás es más probable mandar a las clases populares al rango de “incapaces” de hacer valer sus derechos. El problema no es tanto que el Estado abandone los medios rurales. Detrás de la cortina de humo de la “división territorial” se (…)

Artículo completo: 2 360 palabras.

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Benoît Coquard & Clara Deville

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