Un año más que se va.
Y este no fue cualquier año.
Fue el año en que el Trabajo Social en Chile cumplió 100 años. Cien años acompañando la pobreza, la enfermedad, la infancia vulnerada, la vejez olvidada, la violencia silenciada. Cien años sosteniendo la vida allí donde el Estado llega tarde, donde el mercado no llega, donde la dignidad queda en suspenso. Y, sin embargo, fue también un año más sin ser incorporadas ni incorporados al Código Sanitario, incluso cuando el actual gobierno habla de derechos, reconocimiento y justicia social. Una omisión persistente que no es técnica ni casual: es política. Es una forma de invisibilizar un trabajo que cuida, sostiene y humaniza, pero que sigue sin ser plenamente reconocido.
Un año más que se va.
Y no se va liviano.
Se va dejando un país cansado, tensionado, con heridas que no alcanzaron a cerrar y con decisiones políticas que marcarán el rumbo de los próximos años. Chile eligió un gobierno de ultra derecha para los próximos cuatro años, y más allá de las preferencias personales, esa elección no es neutra para quienes trabajamos todos los días con la desigualdad, la exclusión y el daño social acumulado.
Desde el Trabajo Social, los años no se miden solo en calendarios. Se miden en listas de espera que no bajan, en niños y niñas que siguen llegando demasiado tarde a la urgencia, en mujeres que no logran salir del círculo de la violencia, en personas mayores abandonadas en camas hospitalarias porque el sistema no supo - o no quiso - cuidar antes. Se miden en equipos agotados, precarizados, sosteniendo con ética lo que muchas veces el Estado deja caer.
Este año que termina nos volvió a enfrentar a una verdad incómoda: el Trabajo Social siempre está cuando el modelo falla. Cuando el mercado no alcanza, cuando la familia no puede, cuando la política se queda corta, ahí estamos. Traduciendo el dolor en informes, la urgencia en derivaciones, la rabia en contención. Haciendo de puente, de red, de sostén, aun cuando el suelo institucional cruje.
La llegada de un gobierno de ultra derecha no es solo un cambio administrativo. Para el Trabajo Social implica, potencialmente, un retroceso en enfoques de derechos, una mirada más punitiva que preventiva, más individualizante que estructural. Implica volver a escuchar discursos que reducen la pobreza a esfuerzo personal, la exclusión a mala elección, la violencia a fallas morales. Y sabemos - porque la historia nos lo ha enseñado - que cuando se endurece el relato, se estrechan los márgenes de la dignidad.
Este año, además, todas y todos comenzaron a hablar de humanización. Se volvió consigna, eje de planes, palabra frecuente en documentos y discursos. Pero para el Trabajo Social, la humanización no es moda ni novedad: es origen. Partimos hace cien años entendiendo que no hay intervención sin dignidad, que no hay política pública sin rostro, que no hay cuidado sin vínculo. Humanizar no es agregar amabilidad al final del proceso; es pensar el sistema desde las personas.
También es justo decirlo: como profesión, no siempre hemos tenido una voz unida ni la fuerza colectiva que el momento histórico exige. A veces nos fragmentamos en silencios, en diferencias mal tramitadas, en cansancios que se vuelven distancia. A veces normalizamos lo inaceptable porque no damos más, porque sostener cuesta, porque el desgaste termina por achicar los sueños.
A veces tampoco nos apoyamos entre nosotras y nosotros como deberíamos. Nos cuesta celebrar los logros de otras colegas, reconocer avances que no llevan nuestro nombre, cuidar los procesos colectivos sin competir ni desconfiar. El individualismo - ese mismo que criticamos a nivel social - también nos atraviesa, y cuando lo hace, debilita la posibilidad de incidir, de transformar, de cuidarnos mutuamente.
Nombrarlo no es traicionarnos. Es hacernos cargo. Porque una profesión que acompaña el dolor ajeno también necesita revisar sus propias prácticas, sus vínculos, sus formas de relacionarse. Reconocer estas fisuras no nos resta legitimidad; nos devuelve responsabilidad. Nos recuerda que el Trabajo Social no solo se juega en la intervención con otros, sino también en cómo nos tratamos entre quienes compartimos este oficio.
Pero sería injusto cerrar el año solo desde el temor o la denuncia. Porque si algo dejó claro este año - y este siglo de historia - es de qué estamos hechas y hechos quienes ejercemos el Trabajo Social: de ética incluso en la precariedad; de escucha cuando nadie más quiere oír; de informes rigurosos escritos con humanidad; de redes tejidas a pulso cuando no existen; de equipos cansados que aun así no renuncian al buen trato; de memoria profesional que no olvida para qué existe esta profesión.
Como señalaba Humberto Maturana, “lo humano surge en el espacio relacional”. Y el Trabajo Social ha sido, por cien años, guardián de ese espacio: allí donde la técnica no basta, donde la norma queda corta y donde la vida exige algo más que eficiencia.
Mirando al 2026, el desafío es claro y también es una invitación. Que mostremos lo que hacemos, que validemos nuestros trabajos, que dejemos de escondernos en la modestia mientras otros definen nuestro valor. Que abramos espacios reales a las nuevas generaciones, no como relevo decorativo, sino como fuerza creativa y crítica. Que innovemos en lo social, en los lenguajes, en las metodologías, en las formas de incidir. Y que no le tengamos miedo ni al sistema ni a quienes prefieren que todo siga igual. El status quo no cuida; solo conserva desigualdades.
El 2026 no nos necesita obedientes ni silenciosos. Nos necesita rigurosos, humanos y presentes. Nos necesita defendiendo el respeto no como consigna, sino como práctica cotidiana.
Un año más que se va.
No con celebración ingenua, pero tampoco con resignación. Se va con memoria, con experiencia acumulada, con la certeza de que nuestro rol no depende del color del gobierno, sino del compromiso con la dignidad humana. Y eso - aunque incomode - no se negocia.
Porque cuando el país gira hacia el endurecimiento, el Trabajo Social insiste en humanizar. Y esa insistencia, hoy más que nunca, es una forma de resistencia.
El Trabajo Social no promete soluciones rápidas; promete no abandonar.
