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Crítica al tecnofeudalismo

¿La tecnología digital nos llevará a la Edad Media?

Algunos pensadores europeos usan metáforas medievales para describir a los gigantes tecnológicos, pero Evgeny Morozov argumenta que esto oculta la realidad: estamos ante la culminación del capitalismo, no su muerte.

De París a Madrid y de Roma a Berlín, un fantasma medieval vestido con un buzo con capucha atormenta a la izquierda europea: el fantasma del “tecnofeudalismo”. Por un lado, Jean-Luc Mélenchon reclama un impuesto a las ganancias para nuestros nuevos “señores de la tecnología digital”; por el otro, escribe que la inteligencia artificial (IA) “no es externa a la realidad capitalista: se inscribe en un tecnofeudalismo en el que unos pocos actores captan la renta”. ¿Las ganancias o la renta? ¿Capitalismo o feudalismo? La economía de Mélenchon parece un gato de Schrödinger que deambula por las calles de Palo Alto: existe simultáneamente en dos estados –viva y muerta, capitalista y feudal–.

La viceprimera ministra española, Yolanda Díaz, también se subleva contra “el tecnofeudalismo del magnate Elon Musk”. Los multimillonarios de la tecnología, advierte, pretenden transformar “las democracias en monarquías sometidas a las grandes empresas”. Un líder ecologista italiano, Angelo Bonelli, acusa al mismo multimillonario de instaurar “un neofeudalismo autocrático” y exige que su país elija: “Musk o la democracia”.

Estas inspiraciones trágico-feudales se prestan aún más a las sonrisas por el hecho de que se producen en pleno medio de la orgía capitalista más obscena desde la Edad Dorada estadounidense a fines del siglo XIX. En mayo pasado, Donald Trump volvió de su gira por el Golfo con la promesa de inversiones pantagruélicas en la economía estadounidense, esencialmente destinadas a la infraestructura de la inteligencia artificial: Arabia Saudita anunció 600 mil millones de dólares; Qatar, 1.200 mil millones; Emiratos Árabes Unidos, 1.400. Se añadirán a los 1.000 mil millones invertidos por Japón en febrero. El año pasado, cuando Sam Altman, fundador de OpenAI, declaró que quería recaudar 7.000 mil millones de dólares, creímos que era una broma. Actualmente, eso parece una evidente falta de ambición.

El tsunami de inversiones inundó a la Big Tech: este año, solamente Meta, Microsoft, Alphabet y Amazon inyectaron 320 mil millones de dólares en la infraestructura de IA, contra 246 en el 2024. La start up Thinking Machines Lab recaudó 2 mil millones de dólares sin siquiera proveer una versión beta. ¡Qué época bendita para los expertos –o los estafadores– de la IA! Para sobornar a los ingenieros, al firmar, Meta les promete primas de 100 millones de dólares. Al ex responsable de IA Models en Apple le propusieron dos veces más.

Guerra de precios

El frenesí capitalista alcanzó su punto máximo con xAI, de Musk: la empresa, que cosechó 17 mil millones de dólares en solamente dos años de existencia, quema mil millones por mes. En comparación, los comienzos de los primeros gigantes de la tecnología digital parecen muy modestos: Tesla había recaudado 7,5 millones de dólares; Google, 1 millón; Amazon, 8 millones. xAI gastó de 3 a 4 mil millones de dólares para construir la supercomputadora Colossus, en solamente 122 días (mientras que los expertos preveían dos años).

En la guerra de todos contra todos que constituye la competencia capitalista, los mastodontes de la IA construyen alianzas inverosímiles entre ellos. Se firman cheques a los enemigos mortales, y ni bien estos se dan vuelta se afilan los cuchillos. BlackRock, Microsoft y xAI destinaron en conjunto 30 mil millones de dólares a la infraestructura de IA (objetivo: 100 mil millones). Por su lado, OpenAI, Oracle y SoftBank reunieron 500 mil millones para el proyecto Stargate, con la bendición de Trump. ¿Microsoft es uno de los principales inversores de OpenAI? No importa, el ambiente está a punto de estallar entre las dos empresas.

Frente al desafío de tal volumen de capitales –y de ganancias por venir–, nada es sagrado. La tesaurización de datos, las fortalezas algorítmicas, las patentes mismas protegen de la competencia tanto como un paraguas lo hace respecto de las inclemencias del clima durante un monzón: el monopolista de hoy será mañana el típico ejemplo de la impericia. Así, Wall Street reclama la cabeza de Tim Cook, culpable de no haber sabido dirigir la estrategia de Apple en materia de IA.

La guerra de precios, que causa estragos, demuestra las poderosas turbulencias causadas por esta lucha. xAI fue la primera en activar la granada, al fijar tarifas inferiores a las de los pesos pesados del mercado. Luego, la empresa china DeepSeek, al anunciar que había creado una IA superior a la de OpenAI por un costo irrisorio, provocó la mayor caída de la historia de la bolsa estadounidense: en el espacio de algunas horas, Nvidia vio cómo se evaporaban 600 mil millones de valorización bursátil –que recuperó unos días más tarde–. Le siguió una masacre: ofreciendo grandes descuentos, tal como un comercio común en liquidación (-26% para GPT-4.1, previo a una rebaja suicida del 80% de su modelo estrella, o3), OpenAI arrastró al conjunto del sector en una espiral deflacionista, a la cual podrían sucumbir algunos actores.

Por consiguiente, ¿por qué el personal político europeo recurre a metáforas medievales para describir la culminación del capitalismo en todo su esplendor: la destrucción creadora llevada hasta el paroxismo?

¿Muerte del capitalismo?

La izquierda está fascinada con una idea en la cual se puede reconocer el encanto del charlatanismo: la industria de la tecnología estaría matando al capitalismo. La crítica del tecnofeudalismo constituye su nicho editorial de mayor expansión, y los diagnósticos apocalípticos se multiplican aún más rápido que las start ups de la Silicon Valley. La ensayista McKenzie Wark encendió las alarmas desde el 2019: ¿no terminó el capital por empacharse con la economía de la información? Nuestros nuevos señores, que ella bautiza “vectoralistas” porque ya no controlan la producción sino los vectores de la información hacen del mínimo smartphone un “sándwich mineral” repleto de datos.

A partir de ahí, los pájaros de mal agüero se abalanzaron en estrecha formación sobre las estanterías de las librerías. En el 2020, Cédric Durand expuso en Techno-féodalisme el análisis más minucioso de esos síntomas feudales. Los planes de rescate adoptados a raíz de la crisis de 2008 impulsaron el juego del desposeimiento y del parasitismo. ¿Su diagnóstico? Los activos intangibles (datos, algoritmos) concentrados en puntos estratégicos de la cadena de valor causaron la aparición de una nueva forma de renta, que permite a los gigantes de la tecnología acaparar la plusvalía sin tener que producir nada.

La última contribución al género, Capital’s Grave [La tumba del capital] de Jodi Dean, publicado este año, explica cómo los propios principios del régimen económico se convirtieron en caníbales. Hoy por hoy, la inversión, la competencia, el progreso se alimentan de la tesaurización, de la depredación y de la destrucción. En este nuevo feudalismo, ya no vendemos solamente nuestra fuerza de trabajo; pagamos para tener el privilegio de hacernos explotar.

La voz más fuerte del folclore tecnofeudal no es otra que la del ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis. Su góspel es frío como el granito: el capitalismo murió en el 2008; no nos hemos dado cuenta de ello porque estábamos cautivados por las pantallas.

Wark busca el pulso; Durand ve cómo se multiplican las metástasis en el sistema; Dean sorprende al capitalismo cavando su propia tumba. Varoufakis, por su parte, nos provee el certificado de defunción. No, ese sistema no está agonizando, ni tampoco en mutación: fue asesinado por su propio retoño, el “cloud capital” —cloud (nube) designa la infraestructura digital donde opera el almacenamiento y el tratamiento de los datos—.

Los “cloudalists”

La teoría de Varoufakis brilla por su claridad. En el capitalismo, explica, las empresas compiten en mercados ágiles, fluidos, descentralizados, para sacar provecho de las mercaderías que ellas fabrican. Mientras más eficaces resulten estas últimas, más treparán las ganancias –y, siempre y cuando las circunstancias no varíen, mayores serán las ventajas que la empresa genera–. Y por eso todos estamos equipados con dispositivos más baratos, pero más sofisticados.

Ahora bien, la economía digital habría quebrado los pilares, que consisten en los mercados y las ganancias. La ganancia (fruto de la competencia y de la producción) habría sido reemplazada allí por la renta (fruto del control). Los capitalistas fabricaban productos; los señores de la tecnología digital se conforman con monetizar en internet los recursos que ellos dominan. Las plataformas, Amazon, eBay, AliBaba, pero también Facebook y Google Marketplace, concentran “el poder de poner en relación con compradores y vendedores –es decir, exactamente lo contrario de lo que se supone que un mercado tiene que ser: descentralizado–”. (…)

Artículo completo: 4 586 palabras.

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Evgeny Morozov

Fundador y editor del portal The Syllabus (the-syllabus.com).

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