En kioscos: Diciembre 2025
Suscripción Comprar
es | fr | en | +
Accéder au menu

Un concepto engañoso

Las máscaras del soft power

Desde que fue acuñado en 1990 por el politólogo y experto en poder estadounidense Joseph Nye, el concepto de soft power –poder blando– se impuso para describir la diplomacia de influencias asociada a la globalización liberal con centro en Estados Unidos que está llegando a su fin ante nuestros ojos. Utilizado tanto en China como en Europa, el término circuló durante mucho tiempo en los discursos de los políticos, de los expertos y en los comentarios en los medios de comunicación. Hoy, en un momento en el que se produce un importante rearme, en el que se deshilacha el derecho internacional y hay un ascenso de los etnonacionalismos agresivos, el “soft power” ya no tiene ninguna influencia en las realidades mundiales –suponiendo que alguna vez la haya tenido–. Al atacar a la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID), Donald Trump apunta a una institución concebida para luchar contra el comunismo y, más recientemente, contra los regímenes denominados “antiliberales”, difundiendo a lo largo y ancho del mundo una imagen favorable del “mundo libre”. La voluntad de ganar corazones y conciencias fue sustituida ahora por las relaciones de fuerza con las grandes potencias (China, Rusia) y de dominación brutal sobre los “débiles” (Panamá, Colombia, Palestina, etc.). “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles aguantan lo que deben”: la fórmula ateniense que hizo célebre Tucídides le calza bien a la diplomacia trumpista.

La falsedad del consentimiento

Eso no impide que la crítica al soft power deje de ser necesaria porque, más allá de su debilidad teórica (1), enmascara, más que revela, las encrucijadas geopolíticas del poder. El concepto tiene su origen en el cuestionamiento estadounidense del rol y del lugar de esa nación en las relaciones internacionales al final de la Guerra Fría: la globalización de los flujos parecía poner en dificultades a las políticas de poder “clásicas”. En sus obras de los años noventa (2), Nye pretendía disipar la hipótesis del declive estadounidense, que se había generalizado ampliamente a fines de la década anterior, y orientar el debate público de manera prescriptiva para “asegurar la posición de Estados Unidos como el Estado más grande y poderoso a finales del siglo XXI”. El poder “soft” tenía que ser la herramienta ideológica y política de esta iniciativa. Nye lo definió como el conjunto de recursos inmateriales que producen efectos “observables pero intangibles” de atracción dentro de las relaciones internacionales y que conducen a la convergencia en torno a políticas favorables al “Estado dominante”. Según Nye, todo descansaba en el carácter globalmente “seductor” de los valores estadounidenses, “la atracción por la cultura y los ideales políticos” y en la capacidad de institucionalizar un orden que legitimara las preferencias de ese Estado. Al disponer de “un gran poder blando desde hace mucho tiempo”, Estados Unidos estaba en la medida de movilizarlo para ahorrarse tener que recurrir al “costoso ejercicio de la coerción o la fuerza” gracias al “consentimiento” voluntario de otras sociedades y Estados.

Era una idea que halagaba tanto al ego imperial como al sentido común. Evidentemente, es mejor conseguir que los demás se ajusten a las propias preferencias haciéndoselas desear que obligarlos a obedecer por la fuerza. Pero los mecanismos en marcha eran ambiguos. Sabemos desde siempre que, dejando de lado las tiranías, el consentimiento no se basa únicamente en el poder autoritario o en el miedo a la violencia, sino también –si no sobre todo– en la convicción de una gran parte de la población respecto de que la autoridad reivindicada por quienes la ejercen es legítima. Que hay, en otros términos, una interdependencia entre gobernantes y gobernados.

Porque naturaliza la jerarquía, la legitimación de la dominación contribuye a lo que los sociólogos Max Weber, y luego Pierre Bourdieu, denominaron la “domesticación de los dominados”, un concepto cercano al de fabricación de consentimiento. Este último se pone cada tanto en tela de juicio, y el blindaje de la coerción para gestionar a las clases peligrosas queda siempre en un segundo plano. La idea misma de una ausencia de coerción en las relaciones políticas y sociales elude las relaciones de poder y de conflicto. El poder simbólico –y de eso se trata– no es sino la “forma irreconocible, transformada y legitimada de otras formas de poder” (3).

¿Pero habría consentimiento voluntario en las relaciones internacionales, esfera por excelencia de la competencia entre actores desiguales? El problema del soft power no es tanto que no se lo pueda cuantificar y aislar para convertirlo en una variable (…)

Artículo completo: 2 405 palabras.

Texto completo en la edición impresa del mes de agosto 2025
en venta en quioscos y en versión digital
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl

Adquiera los periódicos y libros digitales en:
www.editorialauncreemos.cl

Philip S. Golub

Profesor asociado del Instituto de estudios europeos de la Universidad de París-VIII

Compartir este artículo