Desde los tambores taínos hasta la salsa mundial: la música cubana es un milhojas de mestizaje que nunca deja de reinventarse. Una historia donde coexisten lo ancestral y lo moderno, creando sonoridades únicas que han conquistado el planeta.
El misterio de la música cubana. Sus raíces se extienden muchos siglos atrás, pero continúa siendo moderna. Se parece a un milhojas de estilos, pero aun así no deja de desplegar sonoridades únicas, aunque diversas. Para Blaise Cendrars, no era sólo “una nueva forma de arte sino una nueva razón para vivir (1)”. ¿Es de extrañar que, de Alejo Carpentier a Leonardo Padura, pasando por Nicolás Guillén, todos los escritores de la isla la hayan contado o cantado, cada uno a su manera?
Esta historia singular combina mestizaje con supervivencia de las formas. Comienza con los indios taínos, que practicaban ceremonias rituales con tambores y maracas, instrumentos que se los puede encontrar en el son, la salsa o el bolero contemporáneos. A partir de 1511, la colonización española inicia el exterminio de estas poblaciones, mientras que Cuba pasa a formar parte, durante cuatro siglos, del imperio español. Las tradiciones musicales de los colonizadores, con la guitarra como el instrumento-rey, invaden los campos, primeros lugares de existencia y de trabajo. La música que se tocaba entonces, el punto, se transforma en la expresión poética natural para describir la vida en el campo. Esta dará origen a la guajira, uno de cuyos ejemplos más famosos es la canción “Guantanamera”, de 1928, y su letra, que evoca un texto de José Martí, gran poeta y combatiente por la independencia. También de origen español, la guaracha, nacida hacia fines del siglo XVIII del teatro bufo y con un ritmo animado, al principio ofrecía textos satíricos, incluso osados, antes de convertirse en un género más político que se volverá, por otro lado, cada vez más bailable.
A comienzos de 1520 empezó la trata de esclavos, para proveer de mano de obra a las plantaciones de azúcar y de tabaco. Pronto, las músicas “blancas” convivieron con aquellas traídas por los esclavos de África occidental y central. Alrededor de un millón de ellos fueron vendidos a Cuba en casi cuatro siglos y representaban cerca de la mitad de la población luego de la abolición de la esclavitud, en 1886. La coexistencia entre las poblaciones, al comienzo, era imposible debido a la desconfianza incluso al miedo, de los blancos. Obligados por los colonizadores a agruparse según su etnia o su lengua, los esclavos practicaban en sus “cabildos” (sociedades jerarquizadas dotadas de un rey o de una reina) toda suerte de músicas y bailes, algunos sagrados, otros profanos. Poco a poco comenzaron a mostrarse a las poblaciones blancas, en especial durante los carnavales autorizados en ocasión de las festividades católicas. En ese marco aparecieron, a fines del siglo XVII, las comparsas: grupos de músicos, cantantes y bailarines con máscaras y disfraces, formados por esclavos.
Este mestizaje se acompaña de un sincretismo religioso en el que las divinidades africanas (orishas) de la etnia yoruba venida de África occidental conviven con los santos de la Iglesia católica para dar nacimiento a la “santería”, practicada todavía hoy, incluso más allá de la población negra (y que se la puede vincular al vudú en Haití y al candomblé y la macumba en Brasil). En el registro profano, una suerte de marcha rítmica alineada se impuso a partir de mitad del siglo XVI: la conga, que estará de moda como baile de salón en los años 1930, sobre todo en los Estados Unidos.
El baile como ritual
A partir del siglo XIX, un intenso período creativo vio nacer nuevos géneros que, surgidos de los precedentes, no los hicieron desaparecer: coexistencia del nuevo y el antiguo una vez más. Así sucedió con la “tumba francesa”, llegada en 1791, cuando (…)
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