La industria de la inteligencia artificial consume cada vez más energía. Sin embargo, cuantificar su huella de carbono resulta difícil: Silicon Valley no comparte los datos. Por otra parte, el énfasis en cuantificar un peligro no siempre fomenta la acción colectiva para combatirlo. ¿Debemos abogar por la transparencia de las actividades perjudiciales o por su prohibición?
Una consulta en el chatbot de inteligencia artificial ChatGPT (desarrollado por OpenAI) consumiría 2,9 vatioshora, lo que equivale al consumo de un microondas en funcionamiento durante 12 segundos. Es decir, sería una cantidad de electricidad diez veces mayor que la empleada por una búsqueda en Google [antes de la integración de inteligencia artificial en el buscador de Alphabet]. Estos datos han sido ampliamente difundidos por los medios de comunicación. Pero también hemos podido leer que el consumo energético de Chat-GPT sería solo seis veces o cuatro veces superior al de una búsqueda en Google, o incluso más o menos similar. ¿Cuál es entonces la cifra correcta?
Una variable incógnita
Sería tentador responder que todas son tan ciertas —o tan falsas— como las demás. Sin embargo, una cosa es indudable: ChatGPT consume mucha energía. Para responder a las consultas, el servicio recombina elementos extraídos de gigantescas bases de datos utilizando importantes infraestructuras computacionales. Sin embargo, cuantificar con precisión la huella energética de cada uso es una tarea ardua. La electricidad consumida para responder a una petición concreta depende de muchas variables: el modelo de IA empleado, la complejidad de la pregunta, el centro de datos al que se dirige. Respecto a las emisiones de dióxido de carbono (CO₂) generadas, estas varían en función de la fuente de electricidad, que difiere de un enclave a otro, pero también de un momento del día a otro. Para complicar aún más las cosas, muchas de estas variables son una incógnita. OpenAI no revela el número de parámetros de sus modelos más recientes, como tampoco los centros de datos en los que procesa las solicitudes de sus usuarios o las fuentes de energía utilizadas para alimentar sus infraestructuras. La huella energética de una consulta en ChatGPT sigue siendo un enigma y su creador parece empeñado en que nadie pueda resolverlo.
El misterio que rodea a OpenAI no es un fenómeno aislado. Todas las grandes empresas de la inteligencia artificial (IA) se escudan hoy en día tras el argumento del secreto industrial para ofrecer la menor información posible sobre el impacto energético (y, en términos más generales, medioambiental) de sus tecnologías. En 2022, Google aún tenía a bien publicar un artículo en el que destacaba que el aprendizaje automático (del inglés machine learning) había supuesto entre el 10% y el 15% de su consumo energético global entre 2019 y 2021. Tras la irrupción de ChatGPT en diciembre de ese mismo año, las empresas del sector redujeron drásticamente la información comunicada al público y a los investigadores independientes. Nvidia, el gigante de los semiconductores, no es mucho más locuaz. Es imposible saber cuál es la huella de carbono de sus procesadores gráficos (GPU) y su tasa de renovación, a pesar de que hay miles de ellos en los grandes centros de datos que impulsan el auge de la IA.
Los gigantes del sector tecnológico se han visto obligados a admitir que probablemente no podrán cumplir los objetivos climáticos que se habían fijado. Según el último informe medioambiental de Microsoft, las emisiones “reales” de gases de efecto invernadero —es decir, las generadas por el conjunto de sus actividades sin tener en cuenta los mecanismos de compensación— se duplicaron con creces entre 2020 y 2024. De hecho, a día de hoy, la industria digital es incapaz de prescindir de fuentes de energía con altas emisiones de carbono, como el carbón y el gas natural. En Estados Unidos, un gran número de centros de datos están ubicados en Virginia, Virginia Occidental y Pensilvania, estados donde las energías renovables están poco desarrolladas. Las recientes inversiones de empresas tecnológicas en energía nuclear —desde la reapertura de la antigua central de Three Mile Island hasta los proyectos altamente especulativos en torno a la fusión— no dejan lugar a dudas sobre el crecimiento futuro de sus necesidades energéticas.
Explosión de consumo
Además de mantener el misterio en torno a la huella medioambiental de sus tecnologías, los gigantes del sector recurren a una segunda estrategia. Algunos directivos, como Sam Altman (OpenAI), Dario Amodei (Anthropic) o Eric Schmidt (ex director ejecutivo de Google) afirman que, a largo plazo, la IA (…)
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