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La pantalla de humo del revisionismo histórico

El blanqueo de la memoria

Frente a los movimientos que reclaman justicia por los crímenes del pasado, y con la ayuda de historiadores complacientes, Emmanuel Macron ha convertido las “cuestiones de la memoria” en un arma estratégica tanto en el plano de la política interna como externa. África es el principal objetivo de este “blanqueo de la memoria”, que habla de colonialismo sin cuestionarlo a fondo.

El general Faidherbe [gobernador del Senegal francés y fundador del imperio colonial en África], ¿volverá a entrometerse en la campaña municipal de Lille? En 2020, el viejo militar, oriundo de la ciudad, fue el invitado sorpresa de las elecciones locales. Después del asesinato de George Floyd en Minneapolis, el movimiento Black Lives Matter irrumpió con fuerza en Europa. De Bristol a Bruselas, los monumentos que honran el pasado esclavista y colonialista fueron objeto de repudio. En el corazón de la capital de Flandes, la estatua ecuestre que domina la plaza de la República desde 1896 también fue abucheada: “¡Abajo Faidherbe!”.

El equipo municipal socialista, sorprendido al principio por la polémica, se apresuró a neutralizarla. Reelegido por poco frente a una lista ecologista, prometió colocar una “placa explicativa” al pie de la estatua y crear a escondidas una comisión de consulta sobre el tema. Cuatro años más tarde, efectivamente apareció un pequeño cartel que indica que el municipio “desaprueba el accionar del general Faidherbe durante la colonización”. Palabras que no explican nada y que nadie lee, pero que justifican lo esencial: que el general se mantenga en su pedestal.

Boom de la memoria

Desde hace unos cuarenta años, las llamadas “cuestiones de la memoria” han ido ganando cada vez más terreno en el debate público. Frente a ellas, los responsables políticos no siempre saben cómo actuar. Dependiendo de sus orientaciones ideológicas y la naturaleza de los casos, reciben con mayor o menor disposición los reclamos de justicia histórica. Hicieron falta décadas para que Francia reconociera –a través del presidente Jacques Chirac en 1995– su responsabilidad en la deportación y el exterminio de judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

No obstante, las problemáticas coloniales –que se han vuelto centrales en el último cuarto de siglo– son las que mayores reticencias siguen generando. Mientras muchos franceses todavía piensan –abiertamente o no– que la colonización tuvo su “lado bueno”, muchos dirigentes buscan defender el honor de los “grandes héroes” del imperio frente al wokismo y a los déboulonneurs [derribadores de estatuas]. Sin embargo, algunos hacen uso de otra estrategia que apunta a integrar parte de la crítica para poder neutralizarla mejor. Así, no resulta raro que sean ellos mismos los que lanzan las temáticas de la memoria, y que muestran una imagen humanista con el pretexto de desactivar los conflictos que reflotan del pasado.

El historiador Sébastien Ledoux señala una concomitancia entre el “boom de la memoria” y la crisis del Estado de bienestar: “Los poderes públicos invirtieron en las cuestiones de la memoria en el mismo momento en el que se sometían a las lógicas neoliberales y abandonaban toda ambición de transformación social”. Esta tendencia va acompañada de una patologización de las formas de interpretación, corolario habitual de la despolitización de las cuestiones sociales. La sociedad, descrita como “enferma” de su historia, exigiría un “trabajo de memoria”, según la expresión de Paul Ricoeur (inspirada en Sigmund Freud): un tratamiento terapéutico capaz de aliviar las conciencias heridas y apaciguar los ánimos (1).

Puntos estratégicos

Vaciadas de su dimensión reivindicativa, las políticas de la memoria se convierten en herramientas de pacificación social y se ponen al servicio de prevenir la “guerra de las memorias” que amenazaría a la sociedad francesa. En octubre de 2015, durante la inauguración del memorial del campo de Rivesaltes –donde en distintas épocas hacinaron a refugiados españoles, judíos, gitanos, harkis y migrantes–, el entonces primer ministro Manuel Valls lo explicó sin rodeos. En una alusión transparente a los barrios populares, tentados –según él– por el islamismo y el antisemitismo, declaró: “Todos estos lugares de memoria funcionan como puntos estratégicos en esta reconquista de los espíritus que debemos emprender en nombre de la República” (2).

Algunos investigadores, que se toman muy en serio la misión de pacificación y reconciliación que les fue conferida por los poderes públicos, se posicionaron muy rápidamente en este mercado en pleno auge. Uno de los precursores en este ámbito es Pascal Blanchard, cuyo perfil de LinkedIn lo presenta como un “especialista en cuestiones de diversidad, en el hecho colonial, en identidad y en immigración”. Este historiador independiente supo tanto reintroducir las cuestiones coloniales al debate público como beneficiarse de ellas.

La Asociación para el Conocimiento de la Historia de África Contemporánea (Achac), que cofundó a comienzos de la década de 1990, se identifica como un “grupo de investigación”, pero actúa sobre todo como prestadora de servicios para los medios de comunicación, las editoriales, los ministerios y las administraciones locales, a quienes proporciona “herramientas pedagógicas” para luchar contra los “prejuicios” heredados del período colonial: libros, conferencias, catálogos, exposiciones, documentales, etc. Los solicitantes aprecian mucho todos estos materiales, y están fascinados con poder comprometerse a tan bajo costo en favor de una “convivencia armoniosa”. “La sociedad francesa, que se percibe al borde de la desintegración, necesita este tipo de investigaciones y de reflexiones” (3), celebraba ya en 1997 un concejal del municipio de Lille, al que le gustaban mucho las producciones de Achac.

En paralelo, Blanchard dirige una agencia de “comunicación histórica” –Les Bâtisseurs de mémoire (BDM) [Constructores de la memoria]–, y también ofrece servicios de branding de la memoria a las empresas (libros de lujo, eventos, museos, etc.). Decenas de grupos industriales han recurrido a su agencia en los últimos años, entre ellos Airbus, Thales, Lagardère, L’Oréal, Guerlain, Pernod, Ricard, Orangina, Hennessy, Saudi Aramco, La Vache qui rit, La Compagnie des grands hôtels d’Afrique… En este sentido, el historiador argumenta que la memoria es un medio perfecto para pulir la “leyenda” de una empresa y reforzar su “identidad”; sólo basta con “buscar en su historia la materia prima que pueda, legítimamente, servir para una dinámica de comunicación” (4).

Pacificación interna y externa

Al igual que las multinacionales que comunican sobre las energías renovables (greenwashing o “ecoblanqueo”), algunos responsables políticos invierten en lo que podría llamarse memory washing (o “blanqueo de la memoria”). Desde que inició la carrera presidencial, Emmanuel Macron buscó capitalizar el trabajo de memoria poscolonial. Incluso antes de su llegada al Elíseo, destacando su juventud –que lo inmunizaría contra el “reprimido colonial”– y recordando su cercanía con Ricoeur –de quien fue asistente editorial para el libro La Mémoire, l’histoire, l’oubli (Seuil, 2000) (5)–, dio que hablar a la prensa cuando, durante una visita a Argel en febrero de 2017, calificó la colonización como un “crimen contra la humanidad”.

Miembro de Les Gracques, un think tank que apoyó a Macron, Blanchard no ocultaba su admiración durante la campaña electoral: “No se puede sino quedar atónito. Este hombre entendió antes que nadie que la izquierda y la derecha, que a ojos de los franceses han fracasado desde hace veinticinco años, iban a ser superadas. […] El Partido Socialista nunca se atrevió a manifestar lo que él dijo sobre la colonización. Lo mismo respecto a los barrios, las cuestiones de diversidad, la inmigración o Europa” (Libération, 28 de abril de 2017).

En los inicios de su primer quinquenio, Macron propulsó varios proyectos que daban la impresión de buscar una verdadera ruptura: solicitó a especialistas en la guerra de Argelia que redactaran, en nombre del Elíseo, un comunicado en el que se reconociera la responsabilidad del Ejército francés en el asesinato de Maurice Audin, miembro del Partido Comunista Argelino y militante anticolonialista; encargó a la historiadora Bénédicte Savoy y al economista Felwine Sarr un informe sobre la restitución de las obras africanas que fueron saqueadas durante la época colonial; también creó una comisión de historiadores, bajo la supervisión de Vincent Duclert, encargada de analizar el papel de Francia en el genocidio de los tutsis en Ruanda. En todos estos casos, según el storytelling del Elíseo, se trataba de “romper con los tabúes” para “reconciliar” a Francia consigo misma y con sus socios africanos.

Sin embargo, la lógica de fondo se mantiene. Al igual que sus predecesores, Macron asigna a la memoria una vocación terapéutica y pacificadora. “Su enfoque se asemeja a la ‘gestión de conflictos’, y en particular al modelo estadounidense de búsqueda de una solución beneficiosa para todas las partes (…)

Artículo completo: 4 523 palabras.

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Thomas Deltombe

Periodista.

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