Militante comunista, exiliado y cronista de la resistencia popular, Jorge Amado transitó del realismo socialista a la literatura afrobrasileña. Merecedor de un Nobel que nunca llegó, sus novelas articulan resistencia social y cultura bahiana.
El año 1958 fue decisivo en la historia de Brasil, y no solamente por haber sido el de la primera victoria de la Seleção en el mundial de fútbol, impulsada por la alegría pura de Pelé y las fintas de hombro de Garrincha. Unos días después, João Gilberto comenzaba las sesiones de grabación del álbum Chega de Saudade en Rio de Janeiro, con su manera de tocar la guitarra y su canto susurrado tan particulares. Era el acta de nacimiento de la bossa nova, el género musical con el cual el optimismo, el dinamismo urbano y la modernidad del Brasil de los años de Kubitschek –el nombre del presidente de la República elegido en 1955– conquistaron el mundo.
En ese contexto eufórico, en parte, sin duda, utópico –1964 verá la imposición brutal de la dictadura por un golpe de Estado militar–, Jorge Amado publicó Gabriela, clavo y canela, “uma pedra no meio do caminhosa”, una piedra en medio del camino de una carrera marcada, a su manera, por la influencia del realismo socialista, a partir de Cacao (1933).
Nacido en 1912, en el corazón de las plantaciones de cacao de la húmeda selva tropical, hijo de un terrateniente de Ilheus, “la ciudad alegre orientada hacia el mar”, el escritor, de 46 años, seguía estando fascinado por “la vida, lo pintoresco, la extraña humanidad de Bahía”, en pleno apogeo de su impulso creativo. Mar muerto (1936) esboza un cuadro cotidiano de las prostitutas y los marineros de los bajos fondos de Salvador. Capitanes de la arena (1937) celebra la astucia de los chicos de la calle, con un realismo impulsado por un mensaje de denuncia asumido y un claro sentido épico: “Ellos eran los capitanes de la arena, los reyes de la calle, los señores de la ciudad”.
El lugar de la resistencia
Como todas las criaturas de Amado, Pedro Bala, el líder de la banda de “los chicos de la calle” de Salvador es orgulloso, digno, pero también humilde, seguramente menos resiliente que “resistente”. Desde El país del carnaval (1931) hasta El descubrimiento de América por los turcos (1994), la treintena de novelas publicadas en seis décadas de escritura le conceden, todas, un lugar destacado a la resistência. Resistencia física de los trabajadores de “la tierra de los frutos de oro”, resistencia política de los militantes comunistas con los que convivió en prisión, resistencia moral de los malandrines, prostitutas, vendedores ambulantes, bailarines de capoeira, resistencia cultural de las comunidades afro-brasileras cuyas creencias y rituales populares defendió en 1946, haciendo votar una ley sobre la libertad de cultos cuando era diputado federal del Partido Comunista de Brasil (PCB).
Miembro activo a partir de 1932, encarcelado en 1935 como consecuencia de la prohibición de su formación política, exiliado en 1941-1942 en Argentina y Uruguay después de haber visto ejemplares de Capitanes de la arena quemados en la plaza pública del Pelourinho, la antigua picota donde antaño eran castigados los esclavos, coronado con el premio Stalin de la Paz en 1951, Jorge Amado fue un comunista convencido hasta 1955.
Sincretismo personal
“Estaba completamente absorto en la vida política […], era verdaderamente un estalinista; todos lo éramos”, recuerda en sus charlas con Alice Raillard, su principal traductora francesa (1). Pero, desde los años 1930, se vuelve un comunista (estéticamente) heterodoxo que se permite animar con notas folclóricas su crítica a las elites económicas y a la explotación de las clases populares. O cuando se mezcla con los seguidores del candomblé. “¿Cómo (…)
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