Un tema recurrente en las comunidades educativas es el rol de la escuela como formadora de ciudadanos críticos, capaces de participar activamente en una sociedad democrática. En este debate, la educación matemática juega un rol fundamental, no solo por su valor disciplinar, sino por su potencial para fomentar habilidades cívicas. Sin embargo, en las últimas décadas, su enseñanza se ha visto reducida a un instrumento funcional para pruebas estandarizadas como el SIMCE (Sistema de Medición de la Calidad de la Educación) o la PAES (Prueba de Acceso a la Educación Superior), que priorizan resultados cuantitativos sobre procesos reflexivos (Au, 2007). Los resultados de estas pruebas se usan para generar rankings de establecimientos escolares, lo que incide fuertemente en la mercantilización del aprendizaje.
Pensamiento crítico y toma de decisiones
Las matemáticas, como lenguaje que evidencia patrones y relaciones, ayudan al desarrollo del razonamiento lógico, la resolución de problemas y la capacidad de analizar evidencias, habilidades indispensables para cuestionar discursos públicos, sobre todo en un mundo donde la información falsa o altamente sesgada es una constante; desde las redes sociales hasta los medios de comunicación formales. Por esto, la educación matemática se convierte en una herramienta principal contra la manipulación, como lo plantea Jo Boaler (2016), quien sostiene que un enfoque basado en la comprensión profunda permite a los estudiantes “leer el mundo” con mirada analítica.
Además, el pensamiento matemático fomenta la metacognición, es decir, la habilidad de evaluar la validez de los propios argumentos. Autores como Lipman (2003) vinculan este proceso al desarrollo del juicio ético, esencial para participar en debates democráticos. Un estudiante capaz de analizar un discurso basado en evidencia no solo aplica conocimientos técnicos, sino que además está ejerciendo una ciudadanía activa.
Alfabetización estadística y democracia
La llamada “era de la información” ha exacerbado las desigualdades en el acceso al conocimiento. Como advierte Delia Crovi (2004), la brecha digital no solo es tecnológica, sino cognitiva: quienes carecen de herramientas para interpretar datos ven menoscabada su posibilidad de participar en la toma de decisiones colectivas, haciéndolos vulnerables al engaño. Un ejemplo es el debate presidencial chileno de 2017, donde se usaron gráficos adulterados sobre los niveles de delincuencia (El Ciudadano, 2017). La misma situación sucedió en Brasil durante las (…)
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