Vivimos en una era en la que la información circula a la velocidad de los algoritmos y las opiniones se forjan al calor de las emociones, mucho más que por el rigor de los hechos. Es un tiempo de “verosimilitud sin verdad”, como lo describió el filósofo Harry Frankfurt en su célebre ensayo On Bullshit (1986).
Esa “mierda de toro” no es solo una mentira; es la capacidad de “contaminar” nuestra facultad de distinguir lo verdadero de lo falso, una amenaza aún más peligrosa que la mentira misma. Es la creación de un entorno envolvente donde la verdad es sustituida por una atmósfera que la reemplaza, haciendo que la mentira se vuelva más cómoda que la realidad.
El bullshit no se define solo por su falsedad, sino por la actitud que lo acompaña: una indiferencia total hacia la evidencia como criterio fundamental. Es una distorsión flagrante que construye una fachada de credibilidad persuasiva. Este fenómeno se alimenta de las vastas posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías, respaldadas por enormes recursos financieros, las cuales contaminan las redes de influencia mediática, política y social, otorgando respetabilidad al engaño más absurdo. En lugar de ofrecer hechos verificables, lo que se crea es una narrativa plausible que se propaga rápidamente, desinformando y manipulando a gran escala.
¿Cómo se cocina el bullshit?
Los ingredientes básicos son simples:
1. Provocar la curiosidad: Todo comienza con una afirmación provocadora o sorprendente, cuyo objetivo es captar la atención y activar emociones fuertes, como la indignación, el miedo o la sorpresa. Se trata de una afirmación que resuene con prejuicios preexistentes o que siembre dudas. Un ejemplo clásico es un tuit que insinúa, sugiere o plantea interrogantes sin ofrecer pruebas claras.
2. Descontextualizar: El siguiente paso es sacar la información de su contexto. Puede ser una frase aislada, un dato sin origen, una estadística desconectada de su contexto o una imagen presentada sin los datos necesarios. Esta técnica permite moldear la información a conveniencia, generando interpretaciones sesgadas que refuerzan la narrativa deseada.
3. Usar fuentes débiles o anónimas: Las fake news suelen basarse en “fuentes confiables” no verificadas o anónimas. Se menciona a “gente que sabe”, “expertos” no identificados o documentos sin citar. A veces se citan medios de comunicación sin proporcionar enlaces verificables, con artículos desactualizados, traducciones distorsionadas o, en el peor de los casos, rumores infundados. Esto crea la ilusión de legitimidad, a pesar de la (…)
Texto completo en la edición impresa del mes de octubre 2025
en venta en quioscos y en versión digital
E-mail: edicion.chile@lemondediplomatique.cl
Adquiera los periódicos y libros digitales en:
www.editorialauncreemos.cl
