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Fracaso de las juntas en materia de seguridad

Los países del Sahel en busca de soberanía y estabilidad

Desde el golpe de Estado de julio de 2023, Níger también ha experimentado una clara intensificación de las violencias yihadistas. En 2024, registró el mayor incremento mundial de muertes a causa del terrorismo: 930 víctimas, lo que significó un aumento del 94 %. El número de operaciones contra las fuerzas armadas prácticamente se duplicó durante los primeros nueve meses de 2024.

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A doce años de la operación “Serval”, lanzada por Francia para frenar el avance de los grupos yihadistas en Malí, el Sahel se encuentra cada vez más golpeado por la inseguridad. Nada ha logrado contener la violencia armada, que resulta cada día más mortífera (1): ni los 5.100 soldados movilizados por París y sus aliados durante la operación “Barkhane” (2014-2022) ni los 13.000 cascos azules enviados por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ni las cuatro misiones de la Unión Europea desplegadas desde 2014. Las crisis recurrentes –que ignoran las fronteras nacionales– sacuden constantemente a la región. Una ola de golpes de Estado (Malí, Burkina Faso, Níger) llevó al poder a juntas tan solidarias entre sí como ineficaces en la lucha contra la inseguridad, a pesar de sus promesas iniciales de restablecer la paz y la autoridad del Estado.

A principios de julio de este año, el Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (GSIM, por sus siglas en francés), afiliado a Al Qaeda, perpetró siete ataques coordinados al oeste de Malí, cerca de las fronteras con Senegal y Mauritania. En septiembre de 2024, esa misma organización llevó a cabo, en un mismo día, dos raides dramáticos en Bamako, durante los cuales asesinaron a setenta miembros de las fuerzas de seguridad en la academia de gendarmería y destruyeron el avión presidencial en el aeropuerto militar. Se trató de la primera ofensiva que afectó a la capital maliense en casi una década. Estas acciones muestran no sólo que los grupos yihadistas circulan libremente por todo el Sahel, sino también que ahora son capaces de sincronizarse para llevar a cabo operaciones simultáneas con un alto valor simbólico.

Hace diez años, el Sahel era la región africana menos afectada por el extremismo violento (2), pero esta situación mutó con el tiempo. Fue en 2024 cuando se registró la mayor cantidad de muertes, con un número de fallecidos que se triplicó desde 2021 hasta alcanzar los 11.200 (3). A esa cifra abrumadora se sumaban los 2.430 civiles asesinados en 2024 por las propias fuerzas de seguridad nacionales, con la ayuda de sus socios rusos. Esta evolución coincidió con la ola de golpes de Estado inaugurada en Malí en el año 2020.

Violencia en ascenso

Los dos principales grupos yihadistas de la región –el GSIM y la Organización del Estado Islámico en el Sahel (OEI Sahel)– capitalizan los reclamos de las poblaciones a unos poderes incapaces de proporcionarles servicios básicos y de protegerlos, así como de poner un freno a la inseguridad alimentaria y a las tensiones ligadas a la tierra (4). Desde la serie de golpes de Estado, han ganado aún más poder. El primero se extendió más allá de sus bastiones tradicionales del norte y del centro de Malí, hacia el oeste, el sur y los países vecinos, en particular Burkina Faso y Níger. En cuanto al segundo, la retención forzosa de la zakat, la limosna religiosa, le proporciona una fuente de financiación nada despreciable; y si bien el GSIM también hace lo mismo, redistribuye una parte de esa bendición financiera a los más desfavorecidos.

La expansión de estos grupos en los tres países se tradujo en numerosos asaltos contra las fuerzas de seguridad y la población civil. Burkina Faso se vio particularmente afectado, con varias matanzas cometidas tanto por los yihadistas como por las milicias progubernamentales en represalia por el presunto apoyo de las comunidades locales al bando contrario. El ataque más mortífero de la historia del país (entre 130 y 600 muertos, según las fuentes) ocurrió en Barsalogho en agosto de 2024, cuando el GSIM masacró a unos ciudadanos obligados a cavar ellos mismos trincheras para defender la ciudad.

Desde el golpe de Estado de julio de 2023, Níger también ha experimentado una clara intensificación de las violencias yihadistas. En 2024, registró el mayor incremento mundial de muertes a causa del terrorismo: 930 víctimas, lo que significó un aumento del 94%. El número de operaciones contra las fuerzas armadas prácticamente se duplicó durante los primeros nueve meses de 2024 (5). Dos ataques de gran envergadura perpetrados por el OEI en junio de 2025 ilustran esta preocupante evolución: uno contra una base militar en Banibangou (en el que murieron más de 30 soldados), y otro contra civiles en oración en Manda (durante el cual al menos 70 habitantes fueron asesinados). En cada ofensiva, los yihadistas se apropian de importantes cantidades de armas y equipos, lo que les permite asegurarse incluso un excedente que luego venden para financiar su expansión.

A pesar de su compromiso incumplido de restablecer el orden constitucional civil en el corto plazo, todas las juntas permanecen en el poder. Las transiciones cortas prometidas en un principio se alargan y, poco a poco, se dejan de cumplir las etapas constitutivas de su desarrollo. En Níger, nunca se anunció un calendario oficial de transición; en su lugar, un “diálogo nacional” expeditivo (de apenas unas semanas) instaló en la presidencia al general Abdourahamane Tiani por cinco años renovables, (…)

Artículo completo: 2 743 palabras.

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Nina Wilén

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