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¿Descansar en suelo francés o cerca de los ancestros?

El último descanso del inmigrante

A diferencia de lo que ocurría con las primeras generaciones de migrantes, en la actualidad cada vez más personas nacidas en el extranjero –y mucho más aún sus descendientes– quieren ser enterradas en Francia. Pero numerosos obstáculos entorpecen este último gesto de apego al país que los acogió.

La muerte durante la migración representa el “momento de la verdad”, cuando la ambivalencia de una vida de migrante estalla, “ni de aquí ni de allá”, entre ausencia y doble pertenencia, según Abdelmalek Sayad (1). El sociólogo introdujo el concepto de “doble muerte”: la emigración por sí misma sería una primera muerte, social y cívica, una ruptura con la ciudadanía y las tempranas solidaridades; la muerte física vendría luego a poner fin a esta muerte inaugural de un ser que ya ha sido amputado de una parte de sí mismo.

“Aquí he perdido mi salud. No he podido ahorrar. No tengo casa: es vergonzoso volver así”, nos confiaba Rachid R., un chibani (hombre viejo) nacido en 1957 en Argelia y hospitalizado en Lyon (2). En las entrevistas recogidas entre los migrantes magrebíes, vemos cómo en los finales de la vida vuelve todo el tiempo un sentimiento de culpa: no haber vuelto, no haber cumplido con la familia, no haber “mantenido la promesa” del regreso.

Última revelación de la condición migrante, la muerte lleva a pagar una deuda simbólica por esta “falta interiorizada”. El sentimiento de estar en deuda sustenta toda la economía del regreso: valijas llenas de regalos, generosidad durante las vacaciones, repatriación del cuerpo como última ofrenda. En la mitología de los sitios fúnebres, morir “allí” se transforma en una manera de reintegrarse a la comunidad. Elegir el lugar donde descansan los ancestros también materializa un secreto deseo de estar en familia, que parece surgir como un último reflejo de seguridad, de apaciguamiento. La deuda simbólica aparece igualmente en la esfera religiosa bajo la forma de arrepentimiento y de búsqueda de una “buena salida del mundo”. Confesar, pedir perdón, cumplir con los ritos: todos estos gestos apuntan a volver la muerte más aceptable, para sí mismo y para los otros.

Cambio en las costumbres

Para las primeras generaciones, la repatriación de los cuerpos continúa estando en el centro del proyecto migratorio. “Todos los migrantes parten para volver algún día, por lo menos eso creen y dicen”, escribía Françoise Lestage (3). Para la mayoría de los que no vuelven vivos, el regreso póstumo se convierte en la forma final de fidelidad a la promesa inicial, una última voluntad del difunto.

Para un musulmán, ser enterrado en el país favorece el respeto a la religión y a las tradiciones: prohibición de la cremación y de la exhumación, sobriedad del rito, un solo cuerpo por sepultura orientado a la Meca e inhumado en tierra. Ciertas costumbres se enfrentan a las normas o a la organización francesa que imponen, por ejemplo, un plazo mínimo de 24 horas o promueven el agrupamiento en una sola tumba. Por otra parte, las cesiones perpetuas, generalmente gratuitas en los países musulmanes, resultan excepcionales en Francia, y la mayoría de las veces están reservadas a los personajes históricos. Muchas municipalidades no las ofrecen más y se limitan a un máximo de 30 años, como mucho 50, mientras les aseguren que las tumbas sean mantenidas.

Hasta fines de los años 90, la repatriación de los restos mortales todavía era casi sistemática para los ciudadanos del Magreb, como lo prueban en particular los archivos consulares del Ministerio de Asuntos Exteriores de Túnez. Esta extradición de los muertos trazaba una línea de demarcación clara entre las diferentes tradiciones funerarias. La circulación de restos mortales alimenta siempre una economía gobernada por la pertenencia nacional y se apoya en las redes de solidaridad: cooperativas, asociaciones comunales, “cajas de los muertos” en África Occidental. Semejantes a dispositivos comunitarios, reemplazan la ausencia de instituciones públicas adaptadas.

Pero la ley francesa va en contra de las tradiciones al prescribir el empleo de un ataúd para este último viaje. Este mobiliario de la muerte rige los funerales que se celebran sin el difunto, visible únicamente por una ventanilla, sin abrazos ni demostraciones emocionales. En un cambio tal, todo contribuye a la incomprensión y al malentendido.

Un simple paseo por un cementerio permite observar los cambios que se han producido en las tres últimas décadas. En el final de la vida, son cada vez más numerosos los que desean transmitir otra cosa: contar su recorrido, (…)

Artículo completo: 2 312 palabras.

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Yassine Chaïb

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