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El crecimiento de la ultraderecha

¿Ha muerto la democracia?

Desde pequeña mi madre me enseñó a celebrar la democracia como quien toma nota de algo que está provisoriamente vivo, una forma frágil cuyo pulso habría que cuidar de la resignación y el hastío. Crecí con la idea de que votar no era solo escoger un gobierno, era afirmar que nunca más permitiríamos la sombra larga del autoritarismo que había marcado su juventud y la memoria de Latinoamérica. Votar, era entonces un esfuerzo por mantener a raya la gravedad del mal político que ya conocíamos. Esa escena con los años se convirtió en una pregunta más honda, ¿cómo se sostiene una democracia cuando su pulso empieza a debilitarse?

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Carolina Agliati, ESP _ DIBUJO - 03, 2025
(Exposición en Galería Artespacio hasta el 6 de diciembre)

En distintos textos, Simone Weil advierte que las democracias pueden naufragar no solo por la fuerza brutal del totalitarismo, sino por algo todavía más desolador que llama obediencia vacía, ese hábito de someterse sin convicción, de participar sin espíritu, de aceptar el orden de las cosas como si no hubiera alternativa. Para Weil la atención no es un acto mental, es una disposición ética, una forma radical de cuidado hacia el mundo y los otros, y cuando la inercia la desplaza, la política se degrada y la vida pública pierde su impulso vital. Ese vacío deja un gran espacio para que vuelva el fascismo (1). Entonces las acciones ya no provienen de una convicción íntima, provienendel hábito, la obediencia o la resignación. En tiempos en que el cansancio social, la fatiga de la indignación, la precariedad económica y el agotamiento cotidiano han desgastado el interés en la política, la vida pública queda atrapada en el esfuerzo de sobrevivir y en imaginarios que pueden llegar a ser espeluznantes. Lo que se deshace es cierta energía moral que permite oponerse a lo intolerable, porque una colectividad gobernada por la inercia puede funcionar administrativamente, pero deja de estar habitada por el espíritu que hace posible la vida democrática.

El fascismo no era un capítulo cerrado del siglo XX o una pesadilla de otro tiempo. Hoy esta palabra vuelve porque parece ser el término más adecuado para describir ciertas mutaciones de la derecha extrema que está llegando al poder a través de los votos. La emergencia de un neofascismo que se mimetiza con la lógica electoral, con la retórica de a libertad y del enemigo interno. En Chile esto se ha expresado durante los últimos años a través de la conformación de una atmósfera que deslegitima la protesta social, criminaliza la migración y revitaliza una “nostalgia por el orden y la seguridad” que se impone incluso a costa de los derechos fundamentales. Este clima se ha alimentado de la construcción sistemática de enemigos internos migrantes, pueblos mapuches, feministas, estudiantes- y de un desprecio creciente por los tribunales, la prensa, las universidades y las organizaciones sociales. A ello se ha sumado el uso de la mentira como una eficaz herramienta política y la idea de la purificación nacional para “limpiar la patria” de la corrupción, de la ideología de género, de (…)

Artículo completo: 1 611 palabras.

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Mia Dragnic García

Socióloga.

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