Hay momentos en que las sociedades se miran al espejo y no se reconocen. Chile vive uno de esos momentos. No porque haya estallado una revolución silenciosa ni porque un alud de cambios esté arrasando con las viejas certezas, sino por algo más inquietante: la normalización de un tipo de derecha que ya no necesita destruir la democracia para tensionarla hasta sus límites.
Chile tiene ahora una derecha que aprendió a moverse dentro de las instituciones, a colonizar discursos, a instalar obsesiones, a reorganizar deseos. Una derecha similar a las de muchos países, pero de un tipo especial, con acento chileno, con nuestros propios traumas, nostalgias y vacíos.
Porque no se parece al pinochetismo clásico, ni al liberalismo que caracterizó la transición. Es otra cosa. Algo que emerge desde abajo y desde arriba, desde las redes sociales y desde los think tanks, desde pastores evangélicos y desde empresarios, desde el enojo popular y desde el miedo de las élites. Un fenómeno tentacular que pone en crisis las categorías con las que la política se intenta explicar. Conviene entonces mirar este fenómeno con algo de distancia, sin caricaturas, pero también sin ingenuidad. Lo que sigue es un intento de narrar sus contornos, sus mecanismos y sus riesgos:
1. La larga marcha por las instituciones
Hace tiempo que la derecha dura entendió algo que la izquierda solía saber: el poder político no se toma solo desde la calle ni desde los medios, sino desde las instituciones. Ya no sueñan con un pronunciamiento, ni necesitan imaginarse tanques en la Alameda. Prefieren las urnas y los reglamentos, los municipios y el Congreso, los consejos regionales. Su estrategia es lenta pero eficaz: ocupar espacios institucionales y moldearlos desde dentro. No buscan destruir la democracia; buscan reprogramarla. Y lo hacen con una convicción casi religiosa, con paciencia y un instinto táctico que la izquierda, fragmentada y errática, ha perdido.
2. El Estado como estorbo
Chile vivió la versión más disciplinada del neoliberalismo. Por eso, el desprecio por el Estado no necesita justificaciones sofisticadas: está en el aire. La nueva derecha chilena lleva este desprecio a su lógica extrema. Sostiene que el Estado no solo funciona mal, sino que corrompe, captura, empobrece. Lo paradójico es que esa crítica resuena especialmente entre los sectores más golpeados por la precariedad. Cuando el transporte falla, cuando la salud pública no da abasto, cuando los liceos se deterioran, cuando la seguridad desaparece, el discurso de “menos Estado y más orden” se vuelve seductor. Así, el desmantelamiento del Estado deja de ser una idea para convertirse en una narrativa emocional.
3. La ley como arma
La extrema derecha moderna aprendió a usar la ley no como límite sino como un instrumento. Sabe que es más eficaz cambiar las reglas que quebrantarlas. Por eso, su discurso sobre seguridad no es anecdótico: es estratégico. (…)
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