No es raro en los conflictos armados que un gran número de soldados muera por la conquista de territorios insignificantes desde el punto de vista estratégico, como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial. Es lo que ocurre con el control de la región de Donetsk, una exigencia innegociable tanto para Rusia como para Ucrania.
Casi cuatro años después del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, el futuro de ambos países, pero también de la seguridad europea y de las relaciones ruso-estadounidenses, depende del destino de un puñado de pequeñas ciudades semi destruidas en el noroeste de la región de Donetsk. Lo que está en juego podría ser aún más grave, teniendo en cuenta el riesgo persistente de una escalada importante que desembocaría en un enfrentamiento directo entre la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y Rusia.
El Kremlin sigue planteando la retirada ucraniana de este territorio como condición previa para cualquier acuerdo de paz. En opinión casi unánime de los rusos, esta exigencia sería estratégicamente imposible de abandonar para el presidente Vladimir Putin, independientemente de las garantías de seguridad ofrecidas por la administración de Donald Trump. Al mismo tiempo, la opinión dominante en Ucrania es que sería igualmente impensable que Volodimir Zelensky accediera a esta demanda. Casi todos los demás puntos de desacuerdo podrían resolverse mediante negociaciones directas entre Trump y Putin si el primero presentara un conjunto de propuestas concretas. Pero no es así.
¿Cómo explicar este impasse? Si durante la Guerra Fría alguien hubiera dicho que la seguridad de Europa dependía del control del noroeste del Donbás, incluso los halcones más extremistas lo habrían tachado de loco. Recordemos que, en aquella época, los soldados soviéticos estaban estacionados en el corazón de lo que hoy es la Alemania reunificada, en la “brecha de Fulda”, a menos de doscientos kilómetros de la frontera francesa. El Donbás se encuentra a dos mil kilómetros de Fulda. Esto da una idea de la magnitud de la victoria occidental en el enfrentamiento entre el Este y el Oeste.
Un reto político
En el origen de esta situación hay dos problemas estrechamente entrelazados desde el final de la Guerra Fría, que habrá que desenredar para llegar a un tratado de paz. El primero es puramente geopolítico: con la ampliación de la OTAN y de la Unión Europea, Rusia se ha visto excluida del orden de seguridad europeo y ahora intenta volver con fuerza. El segundo es una lucha poscolonial bastante clásica entre rusos y ucranianos sobre cuestiones de fronteras, territorios, minorías e identidades. Todos los colapsos de imperios en la era moderna han dado lugar a conflictos similares, y la caída de la Unión Soviética no ha sido una excepción.
Decir que la zona en disputa es de interés marginal sería un eufemismo. Para quienes pasan cerca de Kramatorsk o Pokrovsk (antes Krasnoarmiysk), o incluso las atraviesan, estas ciudades no dejan ninguna impresión memorable. Su peso económico ha sido muy sobrevalorado. Esta minúscula región (apenas el 1% de la superficie total de Ucrania) solo alberga una pequeña parte de las riquezas minerales del país, y la continuación de la guerra obstaculiza su desarrollo. Desde el punto de vista militar, está lejos de ser tan crucial como siguen afirmando las dos partes beligerantes. Los rusos insisten a veces en la necesidad de alejar lo máximo posible al Ejército ucraniano de Donetsk, y lo cierto es que esto tenía una importancia real entre 2014 y 2024, cuando la línea del frente atravesaba prácticamente los suburbios occidentales de la ciudad, lo que la situaba bajo el fuego de los misiles ucranianos de corto alcance (1). Sin embargo, (…)
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