¿Por qué Israel no reconoce el genocidio armenio?, preguntó en agosto de 2025 el presentador de podcast Patrick Bet-David a Benjamin Netanyahu. “Lo reconozco. Ya está, hecho”, respondió el interesado. Para que tuviera carácter oficial, este reconocimiento debería haber sido objeto de un texto votado por la Knesset, el Parlamento israelí. Aun así, esta respuesta convierte a Netanyahu en el primer jefe de Gobierno israelí en reconocer públicamente el genocidio armenio.
¿Por qué este retraso, más de un siglo después de los hechos? (1). Teniendo en cuenta la historia de Israel, este reconocimiento podría haber tenido lugar antes, afirma Bet-David. Pero Tel Aviv mantiene tradicionalmente buenas relaciones con Ankara, que fue la primera capital de un país mayoritariamente musulmán en reconocerlo, en 1949: su silencio es una forma de mantener buenas relaciones con Turquía.
La negativa a reconocer el genocidio armenio también forma parte de la voluntad de Israel de mantener el monopolio sobre el crimen de genocidio. “Rechazamos los intentos de establecer una similitud entre el Holocausto y las acusaciones armenias”, explicó Shimon Peres, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Israel, durante una visita a Turquía en 2001. “No ha ocurrido nada similar al Holocausto. Lo que sufrieron los armenios es una tragedia, pero no un genocidio”. Desde esta perspectiva, comparar el exterminio de los judíos por los nazis con otros genocidios equivaldría a “relativizarlo”, lo que debilitaría su papel en la legitimación del proyecto sionista.
Las relaciones entre ambos países están sufriendo actualmente un claro deterioro (2). Israel está cometiendo su propio genocidio en Gaza, denunciado como tal por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. La declaración de Netanyahu responde a esta acusación. El primer ministro israelí alega en su defensa la distinción entre los genocidios y la simple “guerra” que afirma estar librando contra Hamas. Reconocer el exterminio de los armenios equivale para él a minimizar sus propios crímenes.
Un crimen fundacional
La negación del genocidio de 1915 tiene la particularidad de que se deriva de una política de Estado: Turquía, “sucesora” del Imperio otomano, perpetró las masacres. Los “asesinos de la memoria” –según la expresión del historiador Pierre Vidal-Naquet– no son en este caso pseudohistoriadores aislados o miembros de grupúsculos nazis, sino una nación moderna que dispone de importantes medios materiales y simbólicos. Ankara ha gastado millones de dólares para contrarrestar las “acusaciones armenias” en todo el mundo y combatir los esfuerzos por reconocer el genocidio, por ejemplo, mediante un frenético lobby entre los representantes electos estadounidenses.
¿Por qué tanto esfuerzo? El genocidio armenio es el “crimen fundacional” de la Turquía moderna. La transición del Imperio otomano a Turquía supuso la construcción de una “turquidad” que excluía de la identidad nacional a las minorías, en particular a las cristianas, del imperio. Como ha demostrado el sociólogo Michael Mann, los genocidios no son fruto de una barbarie ancestral: a menudo se producen en el marco de la construcción de Estados modernos (3). Es el “lado oscuro de las democracias” que, a veces, en sus inicios tienen dificultades para aceptar el pluralismo lingüístico o religioso. Así, Israel puede presentarse simultáneamente como una democracia para sus ciudadanos judíos y, desde su fundación, dedicarse periódicamente a la limpieza étnica de los palestinos. El temor al acceso a la plena ciudadanía –y a los recursos que ello implica– de grupos distintos al grupo “etnonacional” dominante alimenta la violencia contra ellos.
El reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía implicaría reparaciones territoriales y financieras. Un genocidio siempre consiste en una transferencia de bienes muebles e inmuebles a favor de quienes lo cometen. Por ejemplo, el famoso parque Gezi, en el barrio de Taksim, en Estambul, contra cuya destrucción se llevó a cabo una movilización a gran escala en 2013, se encuentra en el emplazamiento de una iglesia y un antiguo cementerio armenios (4). Las lápidas se utilizaron como material de construcción. Esta expoliación a gran escala, esencial para la construcción de la Turquía moderna, sería objeto de demandas de reparación en caso de reconocimiento (5).
Para protegerse de ello, Turquía ha desplegado una amplia gama de técnicas negacionistas: prohibición o filtrado estricto del acceso a los archivos, por ejemplo, a los registros catastrales que detallan las propiedades armenias antes de las deportaciones; (…)
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