A principios de la década de 2000, Fidel Castro ya recordaba: «Cuando [en 1991] desaparecieron la URSS y el bloque socialista europeo, Cuba quedó atónita ante la violencia del golpe. De la noche a la mañana, la gran potencia se derrumbó, dejándonos solos, completamente solos» [1]. Y el líder histórico de la Revolución Cubana continuó: «Habíamos perdido todos los mercados para nuestra azúcar, y ya no recibíamos alimentos, combustible, nada. (…) De la noche a la mañana, se acabó el combustible, las materias primas, los alimentos, los artículos de aseo; nada en absoluto». En Cuba, la producción era baja, y lo que se producía —principalmente azúcar en aquel entonces, junto con tabaco y cítricos— se enviaba por carga a Moscú y a los países del bloque socialista. En marzo de 2016, la presión sobre una de las dos mandíbulas pareció disminuir. El presidente estadounidense, Barack Obama, realizó una visita histórica a la isla. Ninguno de sus predecesores había paseado por el Malecón desde Calvin Coolidge en 1928. La Habana y Washington llevaban desde finales de 2014 inmersos en un proceso sin precedentes de normalización de sus relaciones, liderado por Raúl Castro por el lado cubano.
Tres pilares
En 2015, ambos adversarios reabrieron sus embajadas en sus respectivas capitales, cincuenta y cuatro años después de la ruptura diplomática de enero de 1961, que precedió un año (febrero de 1962) a la decisión de imponer un embargo (un «bloqueo», según La Habana) a la nación caribeña, embargo que aún sigue vigente. En aquel momento, Obama consideró que la política iniciada por su ilustre predecesor, John F. Kennedy, y mantenida, con cierta flexibilización y cierto fortalecimiento, por los ocho presidentes que le sucedieron, había fracasado. Relajó las sanciones contra el país, lo que contribuyó notablemente a un auge del turismo y facilitó la entrada de divisas y las exportaciones estadounidenses. En aquel momento, la «actualización del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista», concebida por Raúl Castro, se basaba esencialmente en estos tres pilares [2]. La especialización de Cuba en el sector turístico (turismo de lujo y de masas), la entrada controlada de capital internacional para estimular el crecimiento y el desarrollo local, y la entrada masiva de dólares (la moneda con la que se fijará gradualmente el tipo de cambio) buscan asegurar el futuro de la revolución y relajar la segunda presión. Este enfoque va acompañado de la apertura gradual de la economía, que permite el surgimiento de la artesanía local y la pequeña empresa privada. Finalmente, los servicios médicos cubanos siguen exportándose a varios países, como ha sucedido en Venezuela desde la década del 2000, lo que proporciona a La Habana un medio para financiar sus importaciones energéticas. De esta forma, Caracas cubre casi la totalidad de las necesidades petroleras de Cuba y se ha convertido en su principal socio comercial: el 45 % de su comercio exterior, equivalente al 20 % de su producto interior bruto en 2014 [3].
Cuando Obama visitó Cuba —una decisión criticada por sus oponentes, pero también dentro de su propio sector—, las autoridades comenzaron a creer que finalmente comenzaba una nueva era. Sin embargo, la “actualización del modelo socialista” aún no incluía un cambio en la estructura productiva del país para satisfacer sus necesidades esenciales de energía, alimentos, equipos industriales, etc. Se suponía que todo provendría de las divisas generadas por la implementación de esta nueva estrategia. En una carta publicada en Granma, el periódico del Partido Comunista de Cuba, Fidel Castro se dirigió al presidente estadounidense, quien había declinado reunirse con él durante su visita, y, de forma más indirecta, al gobierno de su (…)
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