Muchos jóvenes perciben la política como un espacio distante o ineficaz. Frente a ello, el movimiento estudiantil debe ofrecer una experiencia democrática concreta: espacios de deliberación reales, decisiones colectivas y participación sustantiva. La democracia no puede ser una abstracción; se aprende ejerciéndola.
Referirse hoy al porvenir del movimiento estudiantil exige, antes que todo, reconocer el momento complejo que atravesamos. No es posible proyectar horizontes sin comprender los precedentes de la actualidad que sobrellevamos: la violencia al interior de los establecimientos, la creciente criminalización de las y los estudiantes, la desconfianza hacia las autoridades y, como consecuencia directa, la desafección política de buena parte de nuestros pares. Este escenario no puede analizarse de manera aislada; es expresión de una crisis más profunda que atraviesa a la educación pública y a la institucionalidad democrática en su conjunto.
Durante años, el movimiento estudiantil fue presentado como un actor disruptivo, capaz de interpelar las bases estructurales del modelo educativo chileno. Sin embargo, en el presente pareciera predominar una narrativa distinta: se nos acusa de conformismo o de carecer de propuestas. Esta crítica, repetida con ligereza, omite una cuestión fundamental. ¿Cómo exigir propuestas complejas si a las y los estudiantes no se nos enseña el funcionamiento del sistema de financiamiento, la arquitectura institucional de la educación pública o los mecanismos de toma de decisiones? ¿Cómo superar la consigna si se nos excluye deliberadamente de la discusión estructural?
El desafío, entonces, no es solo responder a esa caricatura, sino transformar sus condiciones de posibilidad. Como representantes estudiantiles, tenemos la responsabilidad de guiar el movimiento hacia un horizonte más propositivo, empaparnos del sistema que muchas veces nos aqueja y comprender que, si tras la demanda no se construye propuesta, el vacío puede ser ocupado por soluciones regresivas. No basta con denunciar; debemos disputar el diseño mismo de las políticas públicas.
Obsesión por indicadores
Esto implica abandonar la reducción del “gigante estudiantil” a demandas fragmentadas o meramente infraestructurales de cada (…)
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