La captura de Nicolás Maduro es solo una muestra del nuevo enfoque de Estados Unidos hacia América Latina, percibida no como un socio sino como un perímetro a disciplinar. En este nuevo marco, la región no puede seguir hablando como si estuviera en un tribunal con un hegemón que se comporta como si estuviera negociando en un bazar.
Durante años se repitió que América Latina se había vuelto irrelevante para Estados Unidos. Era una frase cómoda, casi tranquilizadora: si no importamos, al menos no estorbamos. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) del gobierno de Donald Trump sugiere lo contrario: la región vuelve al centro, pero no como socia ni como promesa, sino como perímetro a ser disciplinado. Y el cambio no es solo de intensidad. Es de tono. El documento no se limita a decir que el hemisferio importa: anuncia que Washington “reafirmará y hará cumplir” la Doctrina Monroe y bautiza esa reactivación como el “Corolario Trump”.
Para entender qué significa esto, y qué margen real tiene la región, conviene empezar por lo obvio: la relación entre Estados Unidos y América Latina nunca fue una historia de dominación lineal ni de abandono absoluto. Fue, más bien, una combinación persistente de asimetría, geografía y ansiedad estratégica, modulada por ciclos de atención selectiva. Por debajo del ruido ideológico, unas pocas constantes explican bastante de la relación.
Demasiado cerca
La primera constante es la proximidad. América Latina jamás fue decisiva para el ascenso global de Estados Unidos, pero tampoco pudo ser ignorada. Está demasiado cerca para ser tratada como un mundo aparte. La lógica se repite desde la Doctrina Monroe, atraviesa por la Guerra Fría y reaparece hoy con China: Washington tolera diversidad política en la región hasta que percibe que esa diversidad se traduce en vulnerabilidad estratégica. La cercanía rara vez garantiza prioridad positiva; en todo caso, garantiza sensibilidad al desorden.
La segunda constante es la intermitencia del interés. Estados Unidos alternó largos períodos de desatención con irrupciones abruptas, como sucedió a fines del siglo XIX, entre los 30 y los 50, o en los años 90. América Latona desaparece cuando no genera problemas visibles y reaparece de golpe cuando algo “se desborda”: revolución, misiles, migración, drogas, petróleo, influencia de potencias extra hemisféricas. El interés sigue al riesgo, no al afecto. Lo que cambia entre épocas no es la lógica, sino el umbral que dispara la alarma.
La tercera constante es el instrumentalismo moral. Washington habló muchas veces el lenguaje de la democracia, los derechos humanos y la libertad, pero selectivamente. No porque no crea en estas ideas, sino porque las subordinó a consideraciones estratégicas: gobiernos autoritarios fueron tolerados cuando garantizaban orden; gobiernos democráticos fueron presionados cuando generaban incertidumbre. El problema no es la hipocresía, un rasgo común a toda potencia, sino la ilusión latinoamericana de que la retórica equivale a compromiso.
La cuarta constante es la preferencia por la estabilidad antes que la transformación. Incluso cuando Estados Unidos promovió reformas, como la Alianza para el Progreso o el Consenso de Washington, lo hizo más por temor al colapso que por vocación de desarrollo compartido. El ideal fue un vecindario previsible, ordenado, pero no necesariamente próspero ni equitativo. Cuando la estabilidad parece asegurada, el interés se diluye.
La quinta constante es el bilateralismo asimétrico. Washington prefiere tratar con los países individualmente antes que con la región como un bloque. Eso maximiza su margen de maniobra y minimiza la capacidad latinoamericana de convertir número en poder. Los foros regionales fueron tolerados, y hasta impulsados, mientras no limitaran la libertad de acción estadounidense; cuando lo hicieron, fueron ignorados o simplemente vaciados.
Y hay una constante final, más incómoda, que suele contarse mal: la dependencia latinoamericana de una gramática normativa para compensar debilidad material. Derecho internacional, multilateralismo y diplomacia profesional fueron herramientas racionales utilizadas por los países de la región frente al poder superior de Estados Unidos. Funcionaron mientras Washington necesitaba legitimidad. Funcionan menos ahora, cuando el hegemón se vuelve más transaccional y menos paciente. El error no fue usarlas en otro momento; fue confundirlas con poder.
Esta última constante involucra además una ironía histórica que la región tiende a olvidar. Una parte del repertorio multilateral que América Latina invoca hoy como refugio fue, en buena medida, ensayado por Estados Unidos en el hemisferio antes de exportarlo al mundo. Las Conferencias Panamericanas y la institucionalidad que (…)
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