Estados Unidos viene desplegando políticas imperialistas desde la era de George H. W. Bush. Entonces ¿qué hay de realmente nuevo en la intervención en Venezuela? Tras el fracaso del cambio de régimen de pretensiones democráticas en Irak, y sin echar mano de su petróleo, Trump entendió que la mejor política no era un cambio de régimen, sino de su comportamiento.
Hace falta tener una memoria muy selectiva para ver en la captura del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y de su esposa, el pasado 3 de enero, el “regreso” de Washington a una política “imperialista” que supuestamente habría dejado de practicarse desde 1945, o incluso desde 1918.
La atribución repentina de este epíteto a los Estados Unidos en medios de comunicación que hasta ahora solo lo reservaban para Rusia tiene algo de falsamente ingenuo. Pues –por limitarse a la posguerra Fría– el regreso de Washington a la práctica de operaciones militares de gran envergadura bajo la presidencia de George H. W. Bush, tras largos años del “síndrome de Vietnam”, se inauguró en 1989 con lo que ya entonces había sido presentado como una operación policial antidroga: la invasión de Panamá y el secuestro del dictador Manuel Noriega, en flagrante violación del derecho internacional.
De este modo, se abría camino a un nuevo ciclo de intervenciones estadounidenses que tuvo su apogeo con la invasión de Irak en 2003 bajo la presidencia de otro Bush, hijo del primero. Las ocupaciones gemelas de Irak y Afganistán, que se dieron luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se convirtieron rápidamente en cenagales de los que Estados Unidos no logró salir sino con estrépito y grandes pérdidas: en 2011 en el caso de Irak, y diez años más tarde en el de Afganistán.
Estos dos grandes fracasos renovaron el “síndrome de Vietnam”, en particular el fiasco iraquí, dada la significativa relevancia de lo que estaba en juego y la gran cantidad de medios desplegados. Las lecciones aprehendidas de la experiencia en el Sudeste Asiático –evitar toda ocupación prolongada, asignarse objetivos limitados, atacar de forma masiva desde el principio y durante un corto período, preferir los ataques a distancia a las tropas sobre el terreno– se vigorizaron tras haber sido deliberadamente ignoradas por la administración de George W. Bush. El sucesor de este último, Barack Obama, que se jactaba de haberse opuesto a la invasión de Irak, batió récords en materia de ataques a distancia, en especial mediante el uso de drones; Donald Trump procuró cuidadosamente actuar de otro modo durante su primer mandato, y Joseph Biden continuó la tradición instaurada por el hombre a quien había secundado como vicepresidente (1).
La lección de Irak
¿Qué hay entonces de nuevo en el acto de piratería internacional de Trump en Venezuela? Algunos han visto en él un retorno a la política del regime change (cambio de régimen), abandonada desde el fracaso iraquí. Esto supone una mala interpretación tanto del sentido de la expresión como de la política de Trump. La expresión remite sobre todo a la ocupación de Irak. Tuvo un notable éxito durante el primer mandato de George W. Bush, cuando su administración estaba plagada de neoconservadores, instalados principalmente en el Departamento de Defensa. Estos llamaban a romper con una larga tradición de política “realista” que se acomodaba a dictaduras –incluso sanguinarias– siempre que sirvieran a los intereses de Estados Unidos.
Una vez terminada la Guerra Fría, Washington debía pasar de las palabras a los hechos promoviendo el cambio democrático a escala planetaria. El regime change en Irak debía ir acompañado de un nation-building (construcción nacional): la construcción de un nuevo Estado bajo la tutela de Estados Unidos –potencia ocupante–, a semejanza de lo que se hizo en la Alemania Occidental y en Japón después de 1945. Irak debía convertirse en la vidriera de un cambio democrático en Medio Oriente. La fuerza del ejemplo, combinada con la presión de Estados Unidos, empujaría a los demás Estados de la región a imitar ese modelo virtuoso. Washington iba, por fin, a poder crear un mundo a su imagen y semejanza.
Desde luego, esta perspectiva no era del agrado de los regímenes autocráticos de Medio Oriente, empezando por los Estados vasallos de Washington, beneficiarios durante mucho tiempo del acomodo “realista” del señorío estadounidense con su despotismo. Así, estos últimos entablaron una batalla contra los neoconservadores desde el interior mismo de la administración Bush. Apoyándose en el Departamento de Estado y en la CIA, los dirigentes saudíes intentaron convencer al presidente estadounidense de que renunciara a su ambición de refundar radicalmente el régimen de Bagdad. Junto con el hombre iraquí de la CIA, Iyad Allawi, le sugirieron a Bush que colaborara con los jefes del Ejército para ayudarlos a derrocar a Saddam Hussein y reorientar a Irak en un sentido conforme a los intereses regionales de Estados Unidos (2). “Nuestra idea era eliminar la cúpula del poder y dejar (…)
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