La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, fue reelegida por el Parlamento para formar su segundo gobierno, tras la aplastante victoria electoral a comienzos de febrero. Desde 1955, un mismo partido dirige Japón casi sin interrupciones. El auge económico del país, ahora cuarta potencia mundial ¿Es obra suya? ¿El alineamiento con las cruzadas de Estados Unidos en la región? También. ¿Y el retorno a una lógica de guerra fría que abre la posibilidad de un conflicto con China? La respuesta sigue siendo la misma: es obra suya. Una radiografía de las entrañas del Partido Liberal Democrático de Japón.
Apenas un centenar de personas desafían las inclemencias del invierno de Tokio en esta tarde de noviembre. En los alrededores del Sōri Kantei –el edificio que desde los años veinte alberga las oficinas y la residencia del primer ministro–, las pancartas de este puñado de manifestantes prescinden de la tradicional cortesía japonesa: “¡Takaichi, renunciá!”, “Japón no debe olvidar las lecciones de la historia”, claman los megáfonos. “La larga relación de confianza entre China y Japón ha quedado reducida a la nada culpa de la primera ministra Sanae Takaichi. ¡No es apta para el cargo!”. Viniendo de un país donde, desde hace tiempo, se ha perdido el hábito de las concentraciones políticas, las imágenes se propagan con celeridad por los noticieros.
Intereses vitales
Unas semanas antes, el 7 de noviembre de 2025, la primera ministra declaró ante la Cámara de Representantes que, si ocurriera una intervención militar china en Taiwán, Japón lo consideraría como una “situación crítica para [sus] intereses vitales”, lo que justificaría una intervención de las Fuerzas de Autodefensa japonesas. Hasta entonces, ningún jefe de Gobierno se había animado a plantear una provocación semejante. Incluso Shinzo Abe, conocido por su postura conservadora y antichina, “jamás se había aventurado en ese terreno”, lamentó un veterano miembro del Partido Liberal Democrático (PLD), la formación en el poder de la que surgió y que hoy lidera la propia Takaichi. “Sanae Takaichi metió la pata”, concluyó, con mayor contundencia aún por sentirse amparado en el anonimato” (1).
La respuesta no se hizo esperar y China procedió a congelar las importaciones de productos del mar, a cancelar las giras de artistas japoneses, y a recomendar a los turistas chinos (los más numerosos con amplio margen en Japón: con cerca de 800.000 visitantes anuales, frente a los 38.000 franceses) que evitaran el archipiélago. Asimismo, la respuesta a las maniobras sino-rusas en el mar Amarillo tampoco se hizo esperar y pronto se hizo presente el vuelo de un bombardero estadounidense con capacidad nuclear, escoltado por cazas japoneses. Estas tensiones ilustran el nivel de hostilidad de la relación que mantiene la principal formación política japonesa –habituada a discursos revisionistas sobre la colonización de Manchuria, la esclavitud sexual practicada por el ejército japonés o la masacre de Nankín, cuyo aniversario, el 13 de diciembre, se celebró en plena crisis diplomática– con la segunda economía del planeta y primer socio comercial de Japón.
A pesar de las manifestaciones, el estilo directo y la línea dura de la primera mujer en ocupar ese cargo la sitúan por encima del 70 % de opiniones favorables, según un sondeo publicado en diciembre de 2025 por el diario Yomiuri. Este resultado duplica con creces la mejor marca de su predecesor. Es más, tras la renuncia de Shigeru Ishiba (2024-2025) el 7 de septiembre de 2025, Takaichi lo sustituyó al frente del PLD, antes de que la Dieta Nacional de Japón la eligiera como jefa del Ejecutivo el 21 de octubre de 2025.
Pirueta semántica
Si bien Ishiba y Takaichi provienen de la misma formación política, todo los opone en lo que respecta a China. Mientras que el ex primer ministro favorecía el acercamiento, su sucesora sigue los pasos de su mentor, con quien ejerció como ministra en varias ocasiones: Shinzo Abe, asesinado el 8 de julio de 2022. Encarnación de un nacionalismo nostálgico de la grandeza del Imperio japonés, Abe destacó por sus esfuerzos para eludir el artículo 9 de la Constitución (que prohíbe al país mantener unidades de combate), principalmente mediante la ampliación del rol de las “Fuerzas de Autodefensa” japonesas al apoyo de los “aliados” de Tokio. Una pirueta semántica cuyo objetivo era autorizar al archipiélago a involucrarse en conflictos en los que no estaba involucrado de manera directa. Dicho de otro modo: a declarar la guerra.
Acercamiento a China por una lado, preparativos para la guerra por el otro: ¿se puede, entonces, defender una cosa y su contraria dentro de un mismo partido? “Para captar la línea del PLD, hay que entender primero que carece de ella”, ironiza Wladimyr Malyk, investigador invitado en la Universidad de Kioto. “Es como si, en Francia, una misma formación albergara a todo el espectro que va desde Sébastien Lecornu hasta Marine Le Pen”. Una “plasticidad ideológica” que, según el politólogo Robert Pekkanen, explica su longevidad: en 70 años de existencia, el PLD sólo ha estado al margen del poder seis años. Organizada en torno a este extraño junco político, tan flexible como resistente, la democracia japonesa difiere menos de lo que se cree de un régimen de partido único –del tipo que Tokio denuncia en sus vecinos más cercanos–.
Izquierda pacifista
Volviendo a la génesis del movimiento. Transcurría el año 1955. Las tropas estadounidenses, que ocuparon Japón de 1945 a 1952, apenas acababan de levantar el campamento. Atrás quedaba su proyecto de convertir al país en un modelo democrático para Asia: la “amenaza comunista” (en Corea y en China) obligó a la transformación de Japón en un baluarte contra los “rojos” (2). Sin embargo, los partidos comunista y socialista obtuvieron excelentes resultados, ¡e incluso amenazaban con aliarse! Bajo el impulso de Estados Unidos, las dos formaciones conservadoras –la liberal y la demócrata– superaron sus disensiones para unirse. ¿Y quién mejor para pilotar la nueva organización que Nobusuke Kishi? El mismo hombre encargado de organizar el trabajo forzado durante la Segunda Guerra Mundial, sospechoso de crímenes de guerra de clase A, liberado sin juicio por las autoridades de ocupación estadounidense en 1948 y… ¿abuelo de Shinzo Abe?
Ni siquiera con el apoyo de Estados Unidos, nada auguraba la longevidad de un partido ultraconservador, nacionalista, nostálgico del pasado imperialista de Japón y, además, víctima de luchas fratricidas. La reforma del tratado de seguridad mutua con Washington (Anpo), destinado a prorrogar el permiso para que las fuerzas armadas estadounidenses hicieran uso del territorio japonés, contribuyó, de hecho, al resurgimiento de una izquierda apegada al pacifismo. Si bien el nuevo tratado se firmó en 1960, la operación le costó el cargo a Kishi. El PLD podría haber sucumbido; pero, en cambio, emprendió una metamorfosis (…)
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