Con la muerte de José Bengoa, se dice ahora desde todos los frentes culturales, termina una época. Pero según quién hable, lo que se despide es algo muy distinto. Quienes nunca vieron en él más que a un antropólogo perturbador, demasiado comprometido con las causas indígenas y campesinas, lamentan ahora la desaparición del último gran intelectual orgánico, como si con él se extinguiera para siempre la figura del pensador enraizado en la realidad. Otros, en cambio, creen que su muerte señala el fin de una cierta manera de hacer historia, aquella que se atrevía a poner en el centro a los vencidos, a los sin tierra, a los que la historiografía oficial había condenado al silencio. Los comentaristas políticos, por su parte, intuyen con alivio que su fallecimiento cierra un ciclo inquietante, aquel en que la academia y la militancia podían habitar un mismo cuerpo sin que ello pareciera escandaloso. Un hecho brutal, la muerte, y tantas invocaciones oportunistas de un fin de época que en realidad encubren lo único verdaderamente en juego: con José Bengoa desaparece el más radical de los intelectuales chilenos del último medio siglo, pero lo que se pone en riesgo no es el prestigio de la antropología nacional ni la memoria de la reforma agraria, sino la continuidad de un cierto modo de escuchar: aquel que aprendió a hacer hablar a los que habían sido condenados al mutismo.
Fue el propio mundo mapuche, con sus loncos y sus comunidades, el que muy temprano reconoció en Bengoa a un heredero de su propia memoria. No porque él hubiera nacido en esas tierras ni porque llevara su sangre, sino porque supo convertir la escucha en método y la escritura en restitución. A diferencia de los etnógrafos que llegaban con las categorías ya puestas, Bengoa se formó en las tradiciones de la historia social y la filosofía de la liberación, pero fue aquel encuentro con los sobrevivientes del despojo lo que le reveló la tarea de su vida: hacer de la academia un lugar desde donde se pudiera devolver la palabra a los que habían sido desposeídos también de su pasado. Como los dirigentes mapuche vieron en este joven antropólogo, llegado de Valparaíso, a alguien que no se limitaría a hablar sobre ellos, sino que aprendería a hablar con ellos, en una lengua que no era la del puro saber sino la de la obligación ética.
La tensión que atraviesa toda la obra de Bengoa es, en el fondo, la misma que animó el pensamiento de los grandes críticos de la modernidad: ¿cómo conciliar la exigencia de rigor científico con la urgencia de la transformación política? ¿cómo pensar la historia sin caer en la tentación de convertir a los oprimidos en meros objetos, pero también sin reducirlos a una esencialidad que los congele en un pasado inmóvil? Bengoa encontró su respuesta en un doble movimiento que nunca dejó de tensarlo: de un lado, la herencia de la historiografía social francesa y del (…)
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