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La minoría blanca y la historia de Zimbabwe

Regreso a Kariba

En la frontera con Zambia, la represa inaugurada en 1960 creó un lago; el lago dio forma a un paisaje; el paisaje contribuyó a arraigar una comunidad, convencida de haber moldeado la naturaleza y de haber adquirido sobre ella un derecho. Pero los blancos de Zimbabwe constituyen hoy una minoría que negocia su lugar en un orden que ya no domina.

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En los años 1950, la Federación de Rodesia y Nyasalandia, en el sureste de África, construyó una represa hidroeléctrica en el río Zambeze. Inaugurada en 1960 en presencia de la reina Isabel II, la obra –diseñada por el ingeniero francés André Coyne– dio origen a un lago de más de cinco mil kilómetros cuadrados, es decir, cinco veces la superficie de Nueva York.

La empresa movilizó a ingenieros europeos, capitales internacionales y trabajadores africanos para construir el mayor embalse hidráulico de la época. Transformó un valle habitado en un embalse estratégico. Con una potencia total de más de 2.000 megavatios (MW) en la actualidad, la represa alimenta dos centrales subterráneas, cada una de las cuales suministra dos tercios de la electricidad de los países ribereños, Zambia al norte y Zimbabwe al sur.

Paraíso de los blancos

La acumulación de agua en el lago Kariba (“pequeña trampa” en tonga) inundó entonces el valle del Zambeze. Hubo que trasladar a cincuenta y siete mil tongas – un pueblo bantú que llevaba varios siglos viviendo allí– hacia el interior, lejos del río del que obtenían su sustento, a veces a más de cien kilómetros de sus antiguas aldeas. El llenado del lago también dio inicio a la operación “Noé”: entre 1958 y 1963, el guardabosques Rupert Fothergill organizó el espectacular rescate de más de seis mil animales atrapados en islotes y amenazados por la crecida de las aguas. Junto con su equipo, capturó antílopes, elefantes, rinocerontes y cebras, para luego liberarlos en espacios protegidos. Como el parque Matusadona, que bordea el lago y es reserva desde 1963. Al año siguiente, Fothergill se convirtió en director del nuevo Departamento de Parques Nacionales y Gestión de la Fauna Silvestre.

El doble movimiento de desplazar a las poblaciones africanas y crear santuarios para la fauna configuró un paisaje acorde con el imaginario colonial: una naturaleza salvaje vaciada de sus habitantes, pero poblada de animales emblemáticos (1). El antropólogo David McDermott Hughes observó cómo, en los años 70, “escritores rodesianos imaginativos trasladaban el lago del ámbito de la tecnología al de la naturaleza. Describían una extensión salvaje característica de una África primitiva, prehumana. Antes de sacar conclusiones más políticas: si los blancos se sienten en casa en Kariba y Kariba es un concentrado de la auténtica África, entonces los blancos son verdaderamente africanos” (2).

La idealización de la naturaleza salvaje no impidió la aparición de nuevas formas de actividad, en un contexto de destrucción de las de los tongas –en particular, la agricultura de secano– (3). El parque creado alrededor del lago formó una franja de tres kilómetros hacia el interior, donde estaban prohibidos tanto la ganadería como los cultivos. La central hidroeléctrica dio empleo a numerosos blancos que vivían en las alturas; más abajo se extendía la township negra. La primera granja de cocodrilos establecida a orillas del lago vio la luz en 1965, en la ciudad de Kariba, seguida de cerca por otra en Binga, antes del desarrollo de la pesca comercial de la sardina de agua dulce.

La expropiación

Hasta 1979, la guerra enfrentó al régimen segregacionista de Ian Smith con el Ejército Nacional Africano de Liberación de Zimbabwe (ZANLA) y el Ejército Popular Revolucionario de Zimbabwe (ZIPRA). Se cobró veinte mil muertos y cientos de miles de heridos. Pero la minoría blanca no abandonó el lago. De hecho, se convirtió en un lugar de esparcimiento. Cerca de las bases militares, la gente acudía a acampar y disfrutar de las aguas termales. Y la independencia proclamada en 1980 no cambió nada al respecto. En los años siguientes, el país vivió una cierta prosperidad, gracias a la quita de las sanciones económicas y a unas cosechas muy buenas. Los blancos que decidieron quedarse, sobre todo los agricultores adinerados, disfrutaron de Kariba, donde floreció una sociedad dedicada al ocio: estancias en resorts, cruceros en las famosas “casas flotantes” (house boats), torneos de pesca del pez tigre. “Teníamos canchas de tenis, de (…)

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Léa Kalaora

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