“No a la guerra”. En el escenario internacional, España alzó una voz singular. Lo hizo también frente a la agresión estadounidense contra Venezuela y tras el genocidio en Gaza. El presidente del Gobierno de España explica aquí las razones por las cuales su país rechaza el imperio de la fuerza.
Nadie cambia su comportamiento ante una pila de papeles… Hasta que alguien dice que es dinero.
John Searle, uno de los filósofos más influyentes entre quienes han reflexionado sobre el funcionamiento de las instituciones, utilizó el siguiente ejemplo sencillo para ilustrar una verdad más profunda: gran parte del mundo social existe sólo porque acordamos colectivamente que así sea. Una línea en un mapa se transforma en una frontera. Unas palabras plasmadas en un tratado se vuelven obligaciones vinculantes. Y, como ya se ha dicho, un pedazo de papel se convierte en riqueza.
Estas ficciones compartidas hacen posible la vida en sociedad. El dinero es una de ellas. Al igual que lo son el sistema multilateral y las normas del derecho internacional que organizan las relaciones entre los Estados. Sin embargo, muchos de los que aceptan sin vacilar la primera de estas ficciones, rechazan de inmediato la segunda. La razón es simple: algunas ficciones ponen límites al poder. Así, romper con el orden basado en reglas puede beneficiar a unos pocos… a expensas de todos los demás.
En los últimos años, el orden internacional ha enfrentado presiones crecientes en dos frentes. Por un lado, ciertas potencias mayores o emergentes piensan que pueden debilitar las reglas existentes y remodelarlas a su favor; y la guerra es la expresión más brutal de esta tendencia. La invasión rusa de Ucrania, el devastador genocidio perpetrado en Gaza, las iniciativas unilaterales de Estados Unidos orientadas a provocar un cambio de régimen en Venezuela y, ahora, en Irán –todas operaciones iniciadas sin siquiera simular una aprobación internacional– confirman que algunos gobiernos cuestionan sin tapujos los cimientos mismos del sistema internacional. Se puede observar la misma lógica fuera del campo de batalla propiamente dicho en la instrumentalización del comercio, de la tecnología e incluso de los flujos migratorios –cada vez más utilizados como armas para presionar a rivales o para servir a los propios intereses geopolíticos–.
Palabras antes que bombas
Por otro lado, el orden internacional basado en normas también se ve duramente sacudido cuando los líderes políticos, frente a tales agresiones, eligen el silencio y la ambigüedad en lugar de defender el derecho internacional. Al intentar evitar el enfrentamiento, caen en la política del apaciguamiento, es decir, en la creencia errónea de que la moderación logrará suavizar a quienes infringen las reglas. Piensan que las palabras tienen mucho menos efecto en el orden internacional que las bombas. Se equivocan. Cuando se trata de normas, las palabras son las que dan forma al mundo. Cuando las potencias de peso medio se muestran incapaces de defender el derecho internacional –o, peor aún, lo abandonan– no hacen sino acelerar su erosión. Su fracaso no pasa desapercibido: sus aliados lo ven, los Estados –grandes o pequeños– lo ven. Y cuando un número suficiente de actores llega a la conclusión de que las normas ya no tienen ninguna importancia, el sistema comienza a desmoronarse. Al intentar protegerse, estas potencias terminan provocando precisamente ese desorden que tanto temían.
Estas dinámicas se basan en una idea simple, pero falsa: la de que en un mundo multipolar, el retorno a las esferas de influencia podría no sólo beneficiar a las grandes potencias, sino también generar un equilibrio entre ellas y favorecer a sus ciudadanos. Sin embargo, la historia sugiere algo muy distinto. Cuando las reglas comunes desaparecen, lo que se impone no es la concordia, sino la rivalidad, y eso conduce al conflicto y a la pobreza para todos… o para casi todos. Hay que entender que lo que damos por sentado y que hace que nuestras vidas sean dignas –el crecimiento económico, los mercados que funcionan, la protección social– depende de la estabilidad internacional y de la paz. El multilateralismo no es un ideal abstracto, es una realidad cotidiana: un trabajo en una fábrica de Detroit, un supermercado bien abastecido en París, un estudiante en Londres, unas vacaciones en Japón. Nuestra prosperidad depende, ante todo, de algo tan frágil como esencial: la preservación de un orden basado en reglas. Y si alguien todavía tiene dudas al respecto, no tiene más que tratar de imaginar cómo podríamos preservar nuestros Estados de bienestar en un mundo donde una guerra prolongada en Medio Oriente llevaría el precio del petróleo hasta los 150 dólares el barril. En un mundo donde un tercio del suministro mundial de fertilizantes (…)
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