El 18 de marzo se lanzó la candidatura del pastor y showman Dante Gebel. Alejandro Seselovsky estuvo allí tratando de entender por qué una parte del peronismo doctrinario cree que este outsider con vocación escénica puede ser presidente.
No se ve una sola cruz ni una sola Biblia. Nadie está orando ni nadie va a orar. No hay posesos de la exaltación pentecostal hablando en lenguas. No hay un coro gospel. Nadie tararea canciones de Rescate. Hay tres pantallas, una más grande y en el centro del escenario, pero en ninguna de ellas hay un sol resplandeciendo detrás de una nube bajo ninguna bóveda celestial de ningún paraíso presunto. Cada cosa que falta es una declaración de lo que no hay que esperar. Ni rito evangélico, ni predicadores con micrófono, ni efusividad divina. Son las ocho de la noche. Es un miércoles de marzo. Y en el microestadio del Club Atlético Lanús, borde sur del primer cordón conurbano, sin él, sin siquiera una videollamada de él, sin un audio de whatsapp de él, se lanza oficialmente la candidatura a presidente de la República Argentina del ciudadano Dante Gebel, showman de Cristo, telepastor.
Lo que sí hay: un aforo completo, dos mil personas con algo de gente afuera. Hay: carteles que dicen Dante Gebel - Consolidación Argentina, sin más, como para que arranques la noche preguntándote quién está detrás de todo esto y no te lo puedas responder –o no todavía–. Hay: una banda haciendo sus covers, “Demoliendo hoteles”, “Arde la ciudad”. Hay un video en loop donde aparecen Diego Maradona, las islas Malvinas, un trigal bajo la cosechadora, el cóndor de Aerolíneas Argentinas. Hay, también, de golpe, un tipo que pasa con una remera de Juan Manuel de Rosas.
¿De qué se trata?
El clima es festivo, familiar, conurbano y sin estridencias. También es confuso, porque así como faltan cruces, tampoco hay nadie cantando la marchita. Entonces, en el principio, todo es interrogante.
La ausencia de marcas partidarias claras y líneas de espacios políticos explícitos te pone a varear la mirada buscando el significante que responda quién banca esto. Tras los aros de básquet, todos ocupan su lugar en las gradas, prolijamente. Hasta que la conductora del evento pide silencio y anuncia el primer saludo en video, digamos de apoyo, digamos de respaldo. Se apagan las luces y en el centro de la pantalla aparece Graciela Camaño.
“Mi doctrina es humanista y Dante Gebel es también un humanista”, dice la Camaño, habilísima para nombrar al peronismo sin nombrarlo, aunque deja caer la palabra que todos llevan en la boca después de 35 años de un Partido Justicialista sin democracia interna: “doctrina”, dice. Y entonces todos entendemos un poco más de qué se trata la noche.
Nadie se atreve a medirle a la Camaño su peronismo en sangre. Es un cuadro respetado que hizo el peronismo que pudo por fuera de la hegemonía kirchnerista. Fue ministra de Trabajo durante el gobierno de Eduardo Duahlde, cuando el 2001 era todavía un estrépito y la ceniza de su incendio aún flotaba en el aire de todos.
Durante 40 años llevó encima el yunque de ser la esposa del sindicalista gastronómico Luis Barrionuevo. Y cuando tuvo que tener espalda propia para desmarcarse de él, la tuvo.
Finalmente, fue una espada mayor en la Cámara de Diputados por el Frente Renovador, es decir, por el posperonismo que tramó Sergio Massa. Aunque no volvió con él cuando el massismo duro olió una candidatura a presidente, desplazó de un caderazo a Wado de Pedro y terminó perdiendo el ballotage con Javier Milei. Tal vez por eso mismo ahora está acá, buscando un candidato, alguien que es un completo outsider de todas las identidades políticas argentinas, pero que también sabe gerenciar multitudes –como ya veremos–.
Cierra Camaño en su video: “La Argentina necesita recuperar una comunidad sana”. Sanear, saneamiento. Soldada en mil batallas de la retórica congresista, Camaño sabe dónde ubicar el tiro de su voz y la bala de su palabra. Le está hablando a un presente argentino que suponemos enfermo, intoxicado, que toma demasiadas latas de energizantes por día y se sulfura, se rabia, se excita con facilidad y dice barbaridades en las redes. Como si le hablara a un país psiquiatrizado. “Comunidad sana”, dice. Por algo, de todos los videos que se vieron, el de ella fue el primero. Para cuando la diputada de la nación mandato cumplido terminó de hablar, ya hay colgada una bandera, que se parece más a un pasacalle, a un banner de tela plástica, con una inscripción que dice: “Militancia peronista de La Matanza - Horacio Acuña”.
Okay, vamos aclarando el (…)
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