Cuando hablamos de movimiento estudiantil, inevitablemente se nos viene a la memoria la imagen de miles de estudiantes marchando en las calles en 2011. En ese momento, el movimiento fue capaz de instalar transformaciones estructurales en el debate público, como la demanda por una educación gratuita, de calidad y libre de lucro, que no solo tensionó el modelo educativo, sino que cuestionó la lógica de mercado como principio organizador de la educación y, por ende, de la sociedad.
Hoy, ese movimiento, pese a que sigamos gritando los mismos cánticos, ya no se expresa de la misma forma, existiendo cierta nostalgia de lo que fue. Se recurre a la narrativa de que desaparecimos o que el movimiento ya tuvo su auge, pero muchas demandas de hace más de 10 años siguen vigentes y la explicación no es simplemente la baja participación. Lo que enfrentamos en la actualidad es algo más profundo: una crisis de vínculo en el seno de la base social. No es novedad mencionar que el mundo estudiantil se enfrenta a una situación interna de desarticulación, mermado por las lógicas individualistas que se han profundizado a través de la validación del “academia core“ y la cultura de la persecución del éxito que eclipsa el pensamiento crítico de nuestras realidades y que relega al estudiante a un falsa dicotomía entre estudiar y organizarse para hacer frente a las adversidades cotidianas que presencia en las aulas y su casa.
Impacto de la pandemia
A más de cuatro años del retorno a la presencialidad tras la pandemia, las organizaciones estudiantiles han logrado recomponerse en algunos espacios. Es innegable en el análisis que el confinamiento interrumpió procesos clave, cerrando las salas de clases y aumentando las brechas de aprendizaje; pero poco se menciona acerca de la rotura del tejido social que hacía posible no sólo la articulación, sino que también la interacción entre pares. Por un lado, ello promovió la falta de traspaso generacional de experiencias, de saberes y de formación. Por otro, la pérdida de pertenencia a una comunidad, expresado muchas veces en sus casas de estudio, siendo las escuelas y universidades un mero lugar de paso en donde se adquiere conocimiento y luego este se utiliza para ganar dinero. Las aulas se dejaron de entender como un espacio en (…)
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