Al lanzar su guerra aérea contra Irán en febrero de 2026, Estados Unidos e Israel provocaron no una, sino dos ofensivas mayores: la primera, deliberada y planificada desde hace tiempo, contra las infraestructuras militares y gubernamentales iraníes; la segunda, aparentemente fortuita, contra el sistema energético mundial.
Para muchos Estados importadores, tanto en Asia como en otras partes, la brusca interrupción de los flujos de gas y de petróleo provenientes del golfo Arábigo-Pérsico se tradujo en escasez de combustible para los transportes y la producción eléctrica, acompañada por un aumento de los precios. En Filipinas, el presidente Ferdinand Marcos Jr. decidió tomar la delantera declarando el “estado de emergencia energética” e imponiendo una semana de cuatro días a las agencias gubernamentales. Otros países cerraron escuelas y redujeron el tiempo de trabajo, o, como Corea del Sur, establecieron un tope a los precios mayoristas de los combustibles para intentar apaciguar el descontento de los consumidores. El aumento de la cotización del petróleo no perdonó a Estados Unidos, a pesar de ser poco dependiente de las importaciones, y sus consecuencias en los surtidores tienen mucho peso en el presupuesto de los hogares pobres y modestos.
Que Donald Trump no haya anticipado la crisis energética mundial no significa que ignore sus repercusiones económicas y geopolíticas a largo plazo, o que no intentará ante todo sacar provecho de ello por todos los medios posibles. Ya alentó a los gobiernos “que no logren encontrar kerosene a causa del cierre del estrecho de Ormuz” a “comprarlo a los estadounidenses”, porque “tenemos un montón” (Truth Social, 31 de marzo de 2026). Su administración también elogió la producción nacional de gas natural licuado (GNL) ante los países que vieron cómo disminuía su abastecimiento proveniente del Golfo. “Tenemos que vender energía a nuestros aliados para que no tengan que conseguirlo con nuestros adversarios”, declaró el secretario del Interior, Doug Burgum, el 15 de marzo en Tokio, donde fue a anunciar la firma de nuevos acuerdos energéticos con Japón y otros países amigos (The Washington Post, 23 de marzo de 2026).
Bendición y maldición geográfica
La centralidad de los países del Golfo en la ecuación energética mundial se explica por factores geológicos. Los principales yacimientos de petróleo y de gas están en los deltas de los ríos y los mares adyacentes, donde la materia orgánica acumulada durante millones de años fue recubierta por arena y limo y transformada en hidrocarburos por el calor interno de la Tierra. Ese proceso fue más marcado en el golfo Arábigo-Pérsico —desembocadura del Tigris y del Éufrates— que en cualquier otro punto del globo, de modo que la zona concentra las mayores reservas del mundo de petróleo (48%) y de gas (40%) (1).
Por motivos históricos, Rusia y Estados Unidos son los primeros productores de gas y de petróleo por día, pero los Estados del Golfo figuran entre los principales proveedores de los mercados internacionales y ciertamente seguirán siéndolo en los años venideros. Según el Energy Institute, con base en Londres, seis de ellos (Irán, Irak, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos) garantizaban aproximadamente el 35% de las exportaciones mundiales de petróleo en 2024 (fecha de los datos más recientes). En cuanto a Qatar, representa por sí solo un quinto de los cargamentos mundiales de GNL (2). El Golfo provee además muchos derivados de esos dos hidrocarburos. De ser ciertas algunas estimaciones, hoy le debemos un tercio de la producción mundial de urea –el más común de los fertilizantes nitrogenados– y un cuarto de la producción mundial de amoníaco –proveniente del gas natural y también utilizado en la fabricación de productos fertilizantes–. Millones de agricultores a lo largo del planeta se volvieron dependientes de ese abastecimiento, sobre todo desde que las entregas provenientes de Rusia y de Ucrania –otros productores importantes– se interrumpieron a raíz del conflicto que enfrenta a los dos países.
La fuente geológica del Golfo tiene no obstante una maldición geográfica que no deja de entorpecer las capacidades de exportación de la región: el estrechamiento de su unión con el océano Índico, creando un cuello de botella marítimo –el estrecho de Ormuz– fácil de bloquear en tiempos de guerra. Ese lugar de paso es aún más estratégico (…)
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