La primera ministra ultraderechista Sanae Takaishi amenaza con intervenir militarmente en Taiwán, provocando la ira de China. Sus declaraciones reviven el militarismo japonés que Estados Unidos rehabilitó tras 1945 por anticomunismo. Mientras Washington viola el derecho internacional en Venezuela, China aprovecha para cuestionar el “desorden” impuesto por Estados Unidos en la región desde la posguerra.
¿Después de Venezuela, Taiwán? Para parte de la prensa occidental, el acto de piratería estadounidense en el Caribe habría abierto la vía a una operación similar de China contra Taiwán. ¿La prueba? Los días 29 y 30 de diciembre pasados, el ejército chino cercó la isla durante un ejercicio que numerosos observadores presentaron como el preludio de una invasión. Según ellos, no hay duda de que los presidentes estadounidense y chino comparten el mismo deseo: acabar con las “pantomimas” del orden internacional surgido de la posguerra para promover otro “gobernado por la potencia, la fuerza, el poder”, como explica el asesor de defensa estadounidense Stephen Miller (1).
Si bien en Asia se rumorea una amenaza de conflicto que involucra a China, esta afecta menos a Taiwán que a Japón, destinatario de la maniobra espectacular frente a las costas de Taipéi. Declaraciones virulentas, vuelos de patrullas estratégicas, amenazas de sanciones económicas… Las relaciones entre los dos gigantes del este asiático atraviesan una convulsión de rara gravedad. Pero se trata de tensiones cuyo origen se encuentra al otro lado del mundo y que sugieren que, a pesar de los discursos sobre la “ruptura Trump”, la displicencia estadounidense respecto al orden internacional no es nueva.
La nueva era Takaishi
El 7 de noviembre pasado, la primera ministra japonesa Sanae Takaishi declaró que una intervención de China en Taiwán, o contra las fuerzas estadounidenses que intentaran romper un bloqueo chino alrededor de la isla, constituiría “una amenaza existencial para Japón”: el tipo mismo de situación que, desde 2015 y la reforma del derecho japonés impulsada por el mentor de Takaishi, Shinzo Abe, autoriza a las Fuerzas de Autodefensa del país a intervenir en el extranjero. Una declaración poco sorprendente dado el pedigrí de la primera ministra.
Crítica de la Declaración de Kono (1993) –que reconoce la práctica de la esclavitud sexual por parte del ejército japonés– y de la de Murayama (1995) –que presenta las disculpas oficiales de Japón por “los inmensos daños y sufrimientos causados a las poblaciones de numerosos países, especialmente asiáticos” durante “su dominación colonial” (2)–, la primera ministra es una asidua visitante del santuario de Yasukuni. Este alberga los restos de catorce criminales de guerra de clase A responsables de las guerras de agresión japonesas de los años 1930 y 1940. Recibió la visita de Takaishi en 2025, año del octogésimo aniversario de la capitulación de Japón. La dirigente execra además el artículo 9 de la Constitución japonesa, mediante el cual Japón “renuncia para siempre a la guerra”, y acaba de hacer aprobar el presupuesto militar más importante de la historia del país desde la última guerra.
Sin embargo, esta fue la primera vez que un primer ministro japonés se aventura a evocar la posibilidad de una intervención militar contra China. Para, el episodio demuestra el resurgimiento de una extrema derecha militarista, nostálgica del Japón imperial: una de las “fuerzas salvajes y brutales” contra las cuales los Aliados se habían declarado “comprometidos en una lucha común” (3). Si esta fuerza renace hoy de sus cenizas es porque Estados Unidos se tomó algunas libertades con el orden internacional que, sin embargo, había contribuido a promover. Y esto, desde el fin de la guerra.
La ocupación unilateral
El 26 de julio de 1945, la declaración de Potsdam, redactada por Estados Unidos, Reino Unido y China, dicta a Japón los términos de su capitulación, que sobreviene menos de un mes después. Estimando que un “nuevo (…)
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