En 2016, un informe de inteligencia privada sacudió la política estadounidense: afirmaba que Rusia tenía material para chantajear a Donald Trump. Era en gran parte falso. Su autor, el exespía británico Christopher Steele, lo había construido sobre rumores, fuentes no verificadas y subcontratistas que inventaban lo que no conseguían.
En 2016, Christopher Steele –exespía británico reconvertido en agente de inteligencia privada– redactó un informe que pretendía establecer vínculos entre Donald Trump, entonces candidato en las elecciones presidenciales estadounidenses, y el Kremlin. El conjunto se reveló infundado. Sin embargo, Steele defendió sus conclusiones en una obra reciente que descorre el velo respecto de una industria de lo impreciso, de lo aproximado y de la mentira: la de la inteligencia económica.
Christopher Steele pasó parte de su infancia en la base de la Royal Air Force de Akrotiri, en Chipre, donde su padre trabajaba como climatólogo. Después de estudiar Ciencias Políticas en Cambridge, fracasó en el concurso para ocupar un cargo en la función pública antes de ser reclutado por los servicios secretos. Steele se incorporó a los servicios rusos del MI6 en 1987, en el momento en que Mijail Gorbachov lideraba la Perestroika. Tres años más tarde, a los 25 años, fue asignado a Moscú como segundo secretario de la embajada británica –lo que era una fachada–. Pero, durante su siguiente misión, en París, esta fachada se vio comprometida después de la filtración de una lista de más de un centenar de agentes del MI6 en funciones en distintas embajadas a lo largo y ancho del mundo. Este episodio puso fin a su carrera como agente de campo. En 2009, fundó una consultora de inteligencia económica llamada Orbis.
Desprestigiar a Trump
Siete años más tarde, Steele recibió 168.000 dólares para investigar a Donald Trump, que competía entonces por las elecciones presidenciales. Inicialmente solicitado por un medio conservador, el Washington Free Beacon, el proyecto finalmente fue financiado por la campaña de Hillary Clinton. Steele redactó entonces una serie de informes breves en los que afirmaba la existencia de vínculos entre el equipo de Trump y Rusia. En ellos se lee, por ejemplo, que “el régimen ruso cultiva, apoya y ayuda a Trump desde hace al menos cinco años” y que “él y su entorno aceptaron un flujo regular de informaciones procedentes del Kremlin, que concernían, particularmente, a sus rivales –sobre todo demócratas”. Hubo un pasaje que causó fuerte impacto y llamó la atención: el que afirmaba que, a raíz de “actos sexuales perversos organizados por los servicios de seguridad rusos, Moscú logró chantajear a Trump”. Pero la acusación más abrumadora seguía siendo la supuesta existencia de “pruebas de una amplia conspiración entre el equipo de campaña de Trump y el Kremlin”. Pruebas que los informes no aportaban.
En mayo de 2017, al ex director del Federal Bureau of Investigation (FBI) Robert Mueller se le encargó que realizara la investigación oficial sobre la presunta injerencia de Rusia en la campaña electoral de 2016. La investigación estableció que el gobierno ruso “consideraba que podía beneficiarse con una presidencia de Trump y se esforzó para contribuir a ese resultado”. También subrayó los esfuerzos de Trump por obstaculizar las investigaciones. Sin embargo, el informe no identificó ninguna prueba concisa que demostrara que Trump y su equipo hubieran estado vinculados con Moscú, o que hubieran intentado gravitar conjuntamente en el resultado de las elecciones. Aunque Steele defendió sus acusaciones –“Nuestros informes de 2016 sobre Trump y Rusia no fueron ‘desacreditados’”, escribe en su libro (1)–, contienen tantas informaciones falsas o poco plausibles que numerosos expertos, entre ellos el ex agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) Daniel Hoffman, plantearon la idea de que Steele habría actuado en realidad… en nombre de Rusia.
“Recolectores” de datos
Pese a su pretensión de ser un experto, Steele no cuenta con ninguna formación universitaria en estudios rusos. Apenas vivió en el país de forma ininterrumpida durante tres años. Según sus (…)
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