Torturado por la Gestapo y fusilado en 1944, Marc Bloch fue reclamado después de su muerte por casi todos los campos políticos franceses. De Sarkozy a Bardella, su figura circula como moneda sin respaldo. El problema no es quién lo reivindica, sino lo que cada reivindicación tergiversa de su trayectoria política real.
Sin duda alguna, ningún historiador del siglo XX es objeto de un culto tan unánime. Y esto incluyendo todos los campos intelectuales y políticos. El origen de este entusiasmo parece evidente: como escribió su colega más cercano y amigo, Lucien Febvre, Marc Bloch “no murió tranquilamente en su cama, con su trabajo terminado, en el apacible atardecer de una vida consagrada a la investigación”. Él, que ya había combatido durante la Gran Guerra, pero que rara vez hablaba de eso y no le gustaba el espíritu veterano, puso su vida en juego porque no soportaba la barbarie del nazismo. Habría podido emigrar a Nueva York –la New School of Social Research le había ofrecido un puesto en julio de 1940–, pero prefirió unirse a lo que muy pronto se llamaría la Resistencia. A pesar de padecer reumatismo y poliartritis (probablemente secuelas de las trincheras), y de necesitar en muchos casos usar un bastón, se unió a las dos docenas de jóvenes militantes del movimiento clandestino Franc-Tireur y luchó por la liberación de su país.
El 8 de marzo de 1944, la Gestapo arrestó a Bloch en Lyon. Lo interrogó y lo torturó. Terminó firmando unas supuestas “confesiones”; de hecho, y porque había seguido las instrucciones de la Resistencia, era información que no suponía ningún peligro ni para sus compañeros, ni para su familia. ¿Por qué la Gestapo, después de semanas de interrogatorios “logrados”, no deportó a este prisionero “judío” a un campo de concentración, como era habitual hacerlo? Convencida de tener entre manos a un importante dirigente “comunista”, sin duda optó por conservarlo como moneda de cambio en caso de una sublevación popular. Fue recién poco antes de la retirada definitiva de la Wehrmacht cuando la Sicherheitspolizei vació las cárceles, que Marc Bloch fue fusilado junto con 29 compañeros al borde de la ruta que va desde Trévoux hasta Saint-Didier-de-Formans.
Aproximadamente un año después de esta masacre, el 26 de junio de 1945, se celebró una ceremonia conmemorativa en la Sorbona. La rápida canonización de Bloch es reveladora. Inclasificable respecto de los bloques por entonces dominantes (gaullistas, comunistas, etc.), se expresó poco en el plano político. Por lo tanto, todo el mundo podía referirse al historiador. Pero ninguno de los bandos políticos lo veía entonces como un héroe que les perteneciera en particular. Esto recién cambió hacia fines del siglo XX, cuando su reserva política se convirtió en una clara ventaja: he aquí un héroe al que no es necesario proteger de las aberraciones de su tiempo. Cada uno puede especular libremente sobre su “deontología del historiador”.
Constituido en ícono, Bloch pudo ser reivindicado fácilmente por posiciones opuestas, convirtiéndose en una simple superficie de proyección sobre la cual inscribir las propias preferencias científicas o políticas. Así, a lo largo de los años, su nombre quedó asociado con casi todas las tendencias intelectuales en boga. Establecidas y repetidas por un autor o por una publicación importante, estas asociaciones terminaron convirtiéndose en evidencias casi irrefutables. La mezcla permanente de atribuciones y apropiaciones permitió, a largo plazo, todo tipo de amalgamas. Se observaron múltiples tentativas de apropiarse del famoso historiador y miembro de la Resistencia, ferviente defensor de la democracia y del entendimiento entre los pueblos, para legitimar programas nacionalistas e identitarios, desde Nicolas Sarkozy hasta Jordan Bardella. Por supuesto, la familia de Bloch protestó contra estos abusos. Pero no se puede proteger el nombre de un personaje histórico.
Dos categorías de franceses
De entrada, no parece fácil ubicar a Bloch en el panorama político. Su hijo mayor, Étienne, repitió muchas veces: “No sé cuáles eran las ideas políticas de mi padre. Creo poder decir que era un hombre de izquierda, pero también un hombre de orden”. Bloch, en efecto, era bastante discreto al respecto. Sin embargo, hubo muchos intentos de asociarlo con una perspectiva claramente conservadora. Además de su compromiso militar durante las dos guerras y la Ocupación, se evoca sobre todo la cita de uno de sus textos: “Hay dos categorías de franceses que nunca entenderán la historia de Francia: los que se niegan a vibrar ante el recuerdo de la coronación de Reims; los que leen sin emoción el relato de la Fiesta de la Federación”.
Desde la campaña (…)
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