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Una política exterior en punto muerto

Tibios halcones demócratas

Pese a la impopularidad de la guerra en Gaza entre sus votantes, el Partido Demócrata se encuentra tironeado entre sus bases, sus donantes y la inercia del aparato y no se muestra firme para impedirla. En vez de encarar una renovación estratégica de su política exterior, reconduce el debate hacia ejes menos hostiles, como el costo de vida o la vivienda.

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Victor Castillo, I am trying to be a good boy (Tinta acrílica y gouache sobre papel), 2022
(Gentileza Isabel Croxatto Galería)

Tras meses de idas y vueltas, el tradicional informe de “autopsia” que encargó el Comité Nacional Demócrata (CND) para identificar el porqué de la derrota de Kamala Harris en las elecciones presidenciales finalmente salió a la luz. El documento desató la bronca de una parte de la cúpula del partido, que le sigue recriminando haber esquivado los temas más sensibles, entre ellos, el impacto electoral del respaldo de la administración Biden-Harris a la guerra israelí contra Gaza.

Esta omisión llamó particularmente la atención dado que los trabajos preparatorios del CND ya habían puesto en evidencia el costo político del apoyo de Joseph Biden al gobierno de Benjamin Netanyahu. Sin embargo, en la versión final del documento –de casi doscientas páginas– no se menciona ni a Gaza ni a Israel, ni a los palestinos. No obstante, la propia Kamala Harris había admitido a fines de febrero que la administración de la cual había sido vicepresidenta debería haber tomado distancia de Netanyahu. De hecho, un sondeo realizado en varios Estados clave antes de los comicios advirtió que por cada votante propenso a castigar un embargo de armas a Israel, otros cinco estaban a favor. En la actualidad, casi dos tercios de los simpatizantes demócratas dicen inclinarse más por los palestinos que por los israelíes, es decir, el triple que en 2013 (1).

Relaciones privilegiadas

Pese a ello, en una reciente reunión, el CND rechazó varias resoluciones que proponían supeditar la ayuda militar estadounidense al cumplimiento del derecho internacional. La línea oficial sigue siendo, más o menos, la de la era Biden: críticas –por momentos tajantes– hacia el gobierno de Netanyahu, pero una férrea negativa a poner en duda los pilares de la alianza estratégica entre Washington y Tel Aviv.

Esta constancia encuentra una doble explicación. Por un lado, está en juego el peso de la costumbre en una clase política moldeada por décadas de relaciones bilaterales privilegiadas con Israel. Por el otro, el hecho de que, a partir del 7 de octubre de 2023, la principal organización del lobby proisraelí, el Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí (AIPAC, por sus siglas en inglés), empezó a incrementar de manera considerable sus gastos electorales e invirtió sumas récord con el objetivo de derrotar a los candidatos demócratas más críticos de Netanyahu.

No obstante, las primarias organizadas con vistas a las elecciones legislativas de mitad de mandato –que se celebrarán en noviembre– demostraron que el lobby tomó nota del giro en la opinión pública. Su influencia recurrió entonces a vías más indirectas. Los fondos que despliega suelen camuflar la verdadera causa a la que sirven y se canalizan a través de estructuras con nombres inofensivos como, por ejemplo en Illinois, “Elegir a las mujeres de Chicago” o “Un Chicago accesible para todos”. Si bien varios candidatos respaldados por estas redes fueron derrotados en ese Estado, la favorita del lobby se quedó con la primaria para el cargo de senadora.

Terreno de alto riesgo

En este contexto, la joven guardia del partido debe lidiar simultáneamente con la presión de las bases, el peso de los donantes y la inercia del aparato. Una de sus máximas referentes es Alexandria Ocasio-Cortez, cercana a Bernie Sanders –diputada de Nueva York–, quien mantiene un discurso sobre Gaza que contrasta con la cautela del establishment: acusa a Israel de haber cometido un genocidio y denuncia la responsabilidad de Washington en la continuidad de la guerra. Sin embargo, sus ambiciones de llegar al Senado –tal vez para disputarle la banca a Charles (“Chuck”) Schumer, el jefe demócrata en la Cámara Alta y ferviente defensor de Israel– le imponen una inevitable cuota de pragmatismo que la llevó a votar regularmente a favor del financiamiento del “Domo de Hierro” israelí.

Como la política exterior se ha convertido en un terreno de alto riesgo para los demócratas, tras su derrota en 2024, el partido se esforzó por reconducir el debate hacia dos ejes considerados menos divisorios: el costo de vida y la vivienda, y los abusos cometidos por los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE, por su sigla en inglés). Además, cuando los dirigentes demócratas tuvieron que reaccionar ante las operaciones militares en Venezuela e Irán, sus cuestionamientos fueron moderados: criticaron las formas, pero mantuvieron silencio sobre la cuestión de fondo.

Durante el episodio del raid en Caracas, Hakeem Jeffries, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, se limitó a emitir un comunicado lacónico. En él, al mismo tiempo que celebró el secuestro del “criminal y dictador autoritario” Nicolás Maduro, señaló que la Casa Blanca no había “informado debidamente al Congreso con antelación” y recordó que el presidente tenía “la responsabilidad constitucional de respetar la ley y de proteger las normas democráticas” (2).

La guerra israelí-estadounidense contra Irán, que representa el regreso a un enfrentamiento directo entre Estados Unidos y un adversario capaz de hacerle frente, puso al partido en una posición todavía más delicada. Resulta difícil limitarse a una crítica de pura forma cuando nueve de cada diez (…)

Artículo completo: 2 837 palabras.

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Martin Barnay

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