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Estimulantes, fronteras y mano de obra en la Europa poscomunista

Breaking Bad en el corazón de Europa

De las cadenas de montaje de Škoda a las cocinas clandestinas de los Cárpatos, la metanfetamina se volvió la droga nacional de media Europa central y sostiene el ritmo de un capitalismo poscomunista agotado que el propio mercado único europeo vuelve imposible de frenar.

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Luis Beto Martínez, Pobres corazones (detalle), 2020
(Gentileza Galería Bahía Utópica)

Son las cinco de la mañana cuando las luces giratorias atraviesan la oscuridad en una zona industrial en las afueras de Ostrava, la capital de la República Checa. Hombres armados derriban una puerta metálica. Adentro, bidones de insumos químicos apilados hasta el techo, tuberías de destilación, el olor acre de la efedrina en cocción. Un laboratorio clandestino desmantelado más.

Este operativo policial ilustra la guerra sin fin que libra la República Checa contra su droga nacional. Aquí no se habla de metanfetamina cristalina sino de pervitina, en referencia al estimulante distribuido masivamente entre los soldados de la Wehrmacht durante la Segunda Guerra Mundial. Ochenta años después, la molécula sigue circulando ampliamente en los márgenes industriales de Europa Central. Se la llama la “cocaína del pobre”: un gramo de cocaína cuesta cerca de 150 euros en la región; un gramo de metanfetamina, 30.

“Cocina” por encargo

De los patios escolares de Bohemia a la estación central de Praga, la pervitina está en todas partes. La ciudad de Světlá nad Sázavou alberga la cárcel de mujeres más grande del país, instalada en una antigua colonia de vacaciones de la era comunista, rodeada de campos y explotaciones agrícolas. De las 950 detenidas, el 60% fue condenada por delitos vinculados con las drogas; más de la mitad presenta problemas de adicción a la metanfetamina. Gabriela (1), de 33 años, viste el uniforme de la prisión, un buzo gris. Empezó a consumir “meta” a los dieciséis años, en el patio del colegio secundario. Al poco tiempo dejó la escuela, quedó embarazada de su dealer y consiguió trabajo como auxiliar de enfermería en un geriátrico. Los fines de semana, sus dos hijas se iban con sus abuelos y ella seguía inyectándose droga. “Es como un interruptor para apagar la luz”. La droga anula todos los problemas: la precariedad, la angustia, el tiempo. Lejos de la imagen del “cristal” fumado o esnifado, popularizada por la cultura estadounidense, la inyección sigue siendo el modo de consumo dominante en Chequia: es el caso de más de nueve de cada diez usuarios de alto riesgo (2). Cuando a Gabriela ya no le quedan venas ni dinero, alguien le propone “cocinar”: sintetizar metanfetamina de manera artesanal. “Acá todo el mundo conoce la receta de la ‘czecho’”, dice. Gana 25.000 coronas por mes (unos 1.000 euros) en el geriátrico. Por cocinar le ofrecen diez veces más. Al principio cocina por encargo en una casa abandonada en el bosque, cerca de la frontera con Polonia. Los pedidos aumentan rápidamente, los ciclos de cocción se alargan: las horas pasadas en esos bosques aislados de los montes Cárpatos se convierten en días. Descubre la magnitud de la red, escucha hablar inglés, español, y termina supervisando el abastecimiento de cincuenta cocineros repartidos por el norte del país antes de ser detenida. “La cárcel fue la única desintoxicación posible”.

Redes criminales

La metanfetamina cristalina, las anfetaminas y, más en general, los estimulantes sintéticos como las catinonas, conforman hoy la categoría de droga cuya disponibilidad crece más rápido en Europa. Las incautaciones de catinonas sintéticas pasaron de 4,5 toneladas en 2021 a 37 toneladas en 2023: se multiplicaron por ocho en dos años (3). En una discreta residencia del barrio de las embajadas, en Praga, Jakub Frydrych, director de la unidad antidrogas checa, describe una mutación profunda de la producción y el tráfico. Antes de 1990, el “telón de acero” impedía cualquier afluencia de drogas tradicionales –las exportaciones de cannabis o cocaína– hacia el bloque del Este. Allí las drogas eran tabú y el consumo era castigado drásticamente por la ley. Como en Polonia y Hungría, hasta la caída del Muro, las drogas locales –la pervitina o la “Brown”, un equivalente local de la heroína– se producían y consumían puertas adentro. La situación se mantuvo por un tiempo: “En los años noventa, la síntesis seguía siendo esencialmente artesanal y local; el mercado checo del cristal era autosuficiente”. Hoy, Frydrych y sus 240 agentes enfrentan “la irrupción de redes criminales extranjeras que producen a gran escala y utilizan las nuevas tecnologías: mensajería cifrada, darknet, pago en criptomonedas”.

La producción se industrializa desde la pandemia de Covid-19. Ya en 2017, Chequia concentraba la gran mayoría de los laboratorios de metanfetaminas desmantelados en la Unión Europea. La guerra en Ucrania favoreció la llegada de redes criminales, muchas veces ucranianas, que, tras intensificar su producción en el propio territorio, buscan ahora colocar sus catinonas sintéticas hacia el Oeste. Algunas se instalan directamente en Chequia o Eslovaquia para vender a través de Telegram y la darknet (o red oscura) (4). En 2023, de los 250 laboratorios desmantelados en la Unión Europea, 189 seguían estando en la República Checa. Los pequeños laboratorios caseros, a menudo móviles, ceden terreno lentamente frente a los kombilabs, laboratorios que combinan la producción masiva de anfetaminas, metanfetaminas y catinonas.

Capitalismo sin aliento

Casi una de cada tres personas que inicia un tratamiento en alguna de las 250 a 300 estructuras de atención a las adicciones –programas especiales en hospitales, servicios ambulatorios, centros especializados– declara la metanfetamina como droga principal. Sobre una población de diez millones de habitantes, se estima en 38.200 el número de consumidores de alto riesgo de “cristal” (5). La disponibilidad de los estimulantes sintéticos, cada vez más puros, potentes y baratos, alcanza un nivel sin precedentes. De las raves a la escena chemsex (6), estas sustancias llegan a un público cada vez más joven, y se observa un consumo creciente ligado al trabajo intensivo o a la precariedad social.

Todos los días al mediodía suena la sirena en toda Mladá Boleslav. En el predio de 2,2 kilómetros cuadrados de las fábricas Škoda, orgullo de la industria checa, las líneas de montaje escupen cada semana miles de vehículos y baterías para automóviles. Frente a las naves flamantes se extienden viviendas obreras de fachadas gastadas. En la planta baja de una de esas casas adosadas trabaja Tereza Müllerová: el Adicentrum, una ONG local de prevención de las adicciones. Allí se ofrecen gratis jeringas, pipas y material estéril; se brindan consejos y una escucha discreta. Müllerová y sus colegas no tienen permitido repartir sus folletos en los portones de salida de la fábrica. “Es malo para la imagen de la ciudad”, resume. Sin embargo, buena parte de los 300 clientes del Adicentrum trabaja, o trabajó, para la industria automotriz, como Tomáš, de 34 años.

Durante tres años hizo turnos rotativos de ocho horas en las líneas de montaje. Gestos repetitivos, ritmos cronometrados. Con regularidad se inyectaba metanfetamina cristalina en los baños de su lugar de trabajo. “Estaba prohibido por el reglamento, (…)

Artículo completo: 3 659 palabras.

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Prune Antoine

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