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El modelo israelí de ultraderecha

Fascistización francesa, el gran malentendido

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Elvira Valenzuela, Pálpito II (Acero), 2025
(Exposición en Galería Patricia Ready hasta el 19 de agosto)

En el gran juego de los pronósticos sobre el futuro político de Francia, hay uno que aplasta a la competencia en los debates de izquierda desde hace dos décadas: “¡El fascismo!” –entiéndase: vamos derecho hacia él–. Con su culto a la policía, su obsesión securitaria y su foco puesto en los jóvenes de origen inmigrante, esas “chusmas” a pasar “por la máquina hidrolavadora”, el ex presidente Nicolas Sarkozy había suscitado a fines de los años 2000 numerosas críticas sobre este tema. Entre los años 2015-2016, los atentados islamistas, la psicosis de los “jóvenes radicalizados” y la ola de refugiados de Medio Oriente arraigaron profundamente en una parte de la población la idea de un “enemigo interior” dispuesto a golpear a la República con la complicidad de cierta parte de la izquierda. Se dio un paso más con el proyecto del presidente François Hollande de despojar de la nacionalidad a los ciudadanos con doble nacionalidad nacidos en Francia que hubieran sido condenados por un “crimen que constituya un atentado grave contra la vida de la nación”. Con la represión de los movimientos sociales, la banalización mediática de temas antes limitados al conservadurismo más extremo, el avance casi constante de Agrupación Nacional (RN) durante los dos mandatos de Emmanuel Macron y la actitud benevolente de la patronal hacia este partido, la hipótesis se vuelve certeza: el fascismo gana terreno en Francia (1).

Apartheid 2.0

La referencia al régimen mussoliniano y al período de entreguerras presenta la indiscutible ventaja de impactar los espíritus. Supone la idea de un vuelco autoritario una vez que la extrema derecha llegue al poder gracias a la capitulación de los partidos tradicionales, que le concedieron al adversario el marco del debate. Se trata, entonces, de movilizarse mientras todavía haya tiempo, apoyándose en el ejemplo de luchas antifascistas famosas, aunque no siempre victoriosas. Pero ¿no oculta acaso el espectro del fascismo un peligro menos espectacular y mucho más concreto? El de un deslizamiento imperceptible hacia un régimen de segregación jurídica en el que, al igual que en Israel, una parte de la población considerada foránea sería sometida y relegada a una posición subordinada mediante la aplicación de una legislación específica. Un giro fascista implicaría una ruptura coercitiva costosa, así como un guía providencial, a los cuales se opondrían las instituciones todavía poderosas de la burguesía liberal; el apartheid 2.0 se contentaría con poner en práctica la “preferencia nacional”, política estrella del RN legitimada por el sufragio, que separaría jurídicamente a las poblaciones conformes a la “identidad francesa” del resto. Y ofrecería una solución a la ecuación que enfrentan numerosos países europeos.

Reducida a su expresión más simple, la cuestión de la inmigración, en torno a la cual se dibujan las divisiones ideológicas, comporta en efecto dos términos, uno demográfico y otro político. Golpeadas por un envejecimiento acelerado y un derrumbe de la tasa de fecundidad, las poblaciones del Viejo Continente –que nunca llevó tan bien su nombre– se encuentran en la incapacidad de hacer funcionar la máquina económica sin recurrir a la inmigración. Este dato, ampliamente documentado (2), favorece y perjudica simultáneamente a los partidos de extrema derecha. El derrumbe de la natalidad y la proporción creciente de personas mayores ofrecen un buen terreno para los discursos securitarios, las profecías “declinistas” y el miedo al “gran reemplazo”. Pero les plantean un problema a las élites económicas, sin las cuales la extrema derecha no puede gobernar. En Italia, Giorgia Meloni, elegida gracias a una línea política contraria a la inmigración, firmó en 2025 un segundo decreto trienal que autoriza la importación de 500.000 trabajadores extranjeros para satisfacer a las patronales de la agricultura, la construcción y el turismo. Al mismo tiempo que describía en octubre de ese mismo año la presencia de migrantes como “un problema en el paisaje urbano”, el Canciller alemán Friedrich Merz respondía a los reclamos de los empleadores por la escasez de mano de obra creando una agencia digital de reclutamiento de extranjeros calificados bautizada Work-and-Stay. “No son los patrones los que piden masivamente inmigración, es la economía”, explicaba en Radio Classique (19 de diciembre de 2023) Patrick Martin, presidente del Movimiento de las Empresas de Francia (Medef ).

Pese a los prodigios de la automatización, los ingenieros de Silicon Valley no contemplan a corto plazo una inteligencia artificial que bañe a las personas que necesitan cuidados, aunque el ex candidato de ultraderecha Éric Zemmour prometa que “los robots reemplazarán a los inmigrantes” (Europe 1, 23 de junio de 2026). Esta transformación en el orden de las edades –la pirámide se convierte en hongo– va acompañada de otra en el orden de los géneros: mientras las mujeres superan a los hombres en los estudios superiores, con excepción de las carreras más valoradas, los jóvenes varones con poca o ninguna formación perciben la inmigración como una amenaza tanto mayor cuanto más se fragiliza su posición social y matrimonial. Ahora bien, precisamente, los movimientos migratorios en el mundo se aceleran desde hace un cuarto de siglo: se contabilizaban 304 millones de migrantes internacionales en 2024, contra 174 millones en 2000, es decir, una proporción de la población mundial que pasó del 2,8% al 3,7%. En Europa, esa cifra alcanzaba los 94 millones en 2024, contra 56 millones en 2000, con una población prácticamente constante (3).

Ascenso de la derecha

El segundo término de la ecuación es político: el ascenso de formaciones de extrema derecha impulsadas por un discurso contra la inmigración musulmana proveniente de África, el Magreb o Medio Oriente. En Francia, las listas del Frente/ Agrupación Nacional pasaron de un 11,3% y ningún diputado en las (…)

Artículo completo: 2 978 palabras.

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Benoît Bréville

Director de Le Monde diplomatique

Pierre Rimbert

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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