Declarada Patrimonio de la Humanidad en 1980 y devastada por el Estado Islámico en 2015, Palmira enfrenta hoy una nueva amenaza: la reconstrucción al servicio del turismo y los intereses de las monarquías del Golfo.
Es un oasis en el desierto de Siria. Una ciudad antigua, cuyos vestigios conforman uno de los sitios arqueológicos más impresionantes de Medio Oriente. Antaño fue un punto de encuentro entre el mundo romano y persa, y una parada económica clave en la ruta de las caravanas. Se trata de Palmira, si la llamamos por su nombre griego, o Tadmur, en una variante de arameo. Una maravilla que conoció muchas destrucciones a lo largo de los siglos, incluso recientemente durante la guerra civil siria.
En 1980, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró Palmira como Patrimonio de la Humanidad. Pero la ciudad ha sido objeto de investigación ya desde el siglo XVIII y fue uno de los primeros sitios arqueológicos estudiados en la región. Estos trabajos determinaron que Palmira se incorporó al Imperio romano poco antes del primer siglo de nuestra era, pero también que recibió muchas influencias de Medio Oriente. Pascal Butterlin, profesor de Arqueología Oriental en la Universidad Paris 1 Panthéon- Sorbonne, recuerda que el sitio “forma parte del relato nacional sirio, las ruinas de Palmira incluso figuran en los billetes sirios porque simbolizan la unidad del país, erigida en torno a la figura de la reina Zenobia”, la reina que desafió al emperador Aureliano en el siglo III. A lo largo de la Gran Columnata, un paseo de más de un kilómetro, se suceden el teatro, el ágora o incluso las termas. En 2015, el Estado Islámico destruyó una gran parte de los monumentos. Dinamitó los templos dedicados a las divinidades principales de Palmira –Bel y Baalshamin– y ejecutó al director de antigüedades del museo. “Hasta entonces víctima de daños colaterales, el patrimonio pasó a ser un blanco directo”, resume Pascal Butterlin. Cuando el ejército ruso recuperó el control de Palmira en 2016, la orquesta del Teatro Mariinski de San Petersburgo dio un concierto en el teatro antiguo.
Las ruinas como negocio
Diez años más tarde, el sitio sigue en un estado crítico. “Las columnas están frágiles y hay riesgo de que se caigan, la pasarela que dirige a la ciudadela está gravemente dañada y por tanto inutilizable… Desde que cayó el régimen, nada avanza”, se impacienta Mariam Slimoun, investigadora asociada al laboratorio HiSoMA (Historia y Fuentes del Mundo Antiguo, por sus siglas en francés) del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS). Pero dentro de poco la situación podría cambiar. La Dirección General de Antigüedades y Museos de Siria acaba de establecer un plan de acción. Pascal Butterlin advierte: “Si la guerra es un problema para el patrimonio, la reconstrucción también”. En efecto, ¿hay que reconstruir los monumentos o dejarlos tal como están? Las herramientas digitales, sobre todo el modelado 3D, permiten reconstrucciones cada vez más precisas. En 2023, un proyecto ruso-sirio planeaba reconstruir el Arco de Triunfo. “En la UNESCO, habíamos aprobado el expediente, pero no se concretó debido al cambio político”, explica Youmna Tabet, del Centro del Patrimonio Mundial.
La opinión de los investigadores respecto de la reconstrucción no es unánime. “Hay que conservar las ruinas y explicar la historia, es mucho más honesto”, sostiene Mariam Slimoun, por ejemplo. Según el arqueólogo Mohamad Taha, representante y coordinador de la asociación Tadmurna (“Nuestra Palmira”) en Francia, “los monumentos de Palmira son testimonio de las convulsiones que atravesó el sitio, ya sea el (…)
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