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Bombardeos estadounidenses e israelíes, nuevas alianzas, impase político

Cómo se reestructura Medio Oriente a partir de la guerra en Irán

Mientras el desenlace del conflicto en Irán sigue siendo impredecible, el Mashrek atraviesa profundos cambios geopolíticos protagonizados por dos bloques contrarios: de un lado, la alianza entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán, y del otro, el grupo formado por Israel, India y los Emiratos Árabes Unidos. Tales transformaciones se desarrollan bajo la atenta mirada de Estados Unidos, cuya postura cautelosa busca evitar susceptibilidades en ambos bandos.

El 7 de agosto de 2026, en La Meca, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán firmaron un acuerdo de defensa mutua. En él se prevé no sólo reforzar la cooperación, el intercambio de inteligencia y los ejercicios militares conjuntos, sino también la coordinación entre responsables políticos y de seguridad frente a cualquier amenaza externa. Asimismo, se plantea la posibilidad de una colaboración más estrecha en el ámbito de la industria y la tecnología militar, así como también en el de la ciberseguridad. Presentado por sus signatarios como una alianza estrictamente defensiva que no se dirige contra ningún Estado en particular, este acuerdo refleja, sobre todo, la voluntad de estrechar lazos ante la reconfiguración de fondo del equilibrio regional tras la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán (1) y ante un contexto marcado por los proyectos expansionistas de Tel-Aviv.

Esta evolución confirma que Medio Oriente y su entorno inmediato –en la encrucijada entre África, Asia y Europa– están escribiendo un nuevo capítulo de su historia contemporánea. Una etapa que surge de la mano de las transformaciones políticas y estratégicas que iniciaron en 2023 y que rediseñan las relaciones de fuerza de un espacio modelado por las guerras y las fronteras impuestas a principios del siglo pasado.

Lo que durante el mandato de Barack Obama (2009-2017) pudo parecer una suerte de repliegue estadounidense –o al menos un leve relegamiento de Medio Oriente en la escala de prioridades en la agenda del país– contribuyó, tras el estallido de las “revoluciones árabes” en 2011, al surgimiento de nuevas configuraciones regionales y esquemas económicos inéditos.

Irán, en pleno proceso de expansión, se consolidó entonces como la principal potencia regional (2). En 2022, mediante su intervención en Siria logró salvar provisoriamente al régimen de su aliado Bashar al-Ásad. En 2003, gracias a la caída del régimen de Saddam Hussein tras la invasión angloestadounidense, logró concretar su dominio parcial sobre Irak. Además.su implantación política y militar en el Líbano a través de Hezbolá, así como su apoyo a los hutíes en el norte de Yemen, le otorgó una profundidad estratégica considerable. Más tarde, en 2015, el acuerdo nuclear que alcanzó con la administración Obama y las cancillerías europeas afianzó su liderazgo.

Sus adversarios saudíes y del Golfo reprimieron el levantamiento popular en Baréin para impedir que Teherán –que durante mucho tiempo había reclamado la soberanía sobre la isla antes de renunciar a ella, al menos formalmente, en 1970– se aprovechara de la situación. Posteriormente, en 2015, emprendieron una intervención militar a gran escala en Yemen para frenar el avance de los hutíes, pero no lograron desplazarlos del poder en Saná y eso les impidió disputar realmente el predominio iraní.

La influencia china

Los acontecimientos posteriores sugieren además que Israel –en ese momento dedicado principalmente a la expansión de la colonización en la Cisjordania ocupada y en el endurecimiento del bloqueo sobre Gaza– seguía en paralelo, con gran atención, el avance de la influencia iraní y preparaba su futura confrontación con Teherán y los actores que forman parte de sus redes, empezando por Hezbolá.

A medida que Washington se replegaba, el interés por Rusia en la región se mantuvo acotado, a pesar de su intervención en Siria en 2015 y de su implicación más incierta en Libia. En cambio, la apertura hacia China aumentó de forma sustancial, incluso entre actores regionales antagónicos. Irán, asediado por el peso de sanciones internacionales y, una vez más, bajo estrecha vigilancia tras el retiro de Washington del acuerdo nuclear en 2018, encontró en Pekín no sólo el mejor mercado para su petróleo, sino también un proveedor de bienes y tecnología.

Los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Arabia Saudita y Turquía también entablaron relaciones con China para llevar adelante grandes proyectos económicos, mientras que Abu Dabi profundizó su cooperación petrolera y comercial con India. Egipto, Sudán y el norte de África experimentaron una actividad similar: las inversiones y productos chinos aumentaron de una forma inédita, en detrimento de los actores occidentales, tanto europeos como estadounidenses. Por su parte, Israel atrajo a empresas chinas e inversores indios para desarrollar su infraestructura, sobre todo alrededor de los puertos de Eilat y Haifa.

El marcado retorno de Washington a la región mediante los Acuerdos de Abraham en 2020 –que ratificaban la normalización de las relaciones entre varios países árabes y Tel Aviv–, buscaba activar una dinámica capaz de devolverle la iniciativa frente a China y consagrar el papel central de Israel en un vasto espacio geopolítico. Este se extendía desde Marruecos y Sudán, en la vertiente africana, y se proyectaba hacia el mar Rojo hasta los Emiratos y Baréin, en la vertiente asiática, bajo una lógica de contención de Irán en el Golfo y el océano Índico. Al sumarse a Egipto y Jordania, países que habían normalizado sus relaciones con Israel desde hacía tiempo, estos Estados debían constituir, según la administración Trump, un arco estratégico de primera importancia, tanto en el plano económico como en el político y militar.

En ese contexto, los Emiratos buscaron protagonismo: sellaron su alianza con India e Israel, extendieron su control sobre el este y el sur de Yemen y establecieron una base militar en la entrada del mar Rojo, en Somalilandia. Además apoyaron a ciertas facciones armadas en Sudán (3), en especial a las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), acusadas de crímenes de lesa humanidad, tras haber respaldado previamente a las tropas afines al general Jalifa Haftar en Libia. Esta política de influencia emiratí se inscribía en una visión portuaria, militar y comercial del poder, atenta a los estrechos, las fachadas marítimas, las rutas energéticas y las plataformas logísticas.

Nueva baraja

No obstante, la vacilación de Arabia Saudita a la hora de entablar lazos diplomáticos con Tel Aviv combinada con la reconciliación entre Riad y Teherán bajo la mediación de China (4) –en un momento en que la administración de Joseph Biden parecía poco dispuesta a continuar con la política que Trump aplicó para Medio Oriente durante su primer mandato– frenó la dinámica de acuerdos de normalización. Por su parte, la guerra genocida en Gaza que se desencadenó tras los ataques de Hamás el 7 de octubre de 2023 la terminó por suspender, antes de que un conjunto de variables regionales e internacionales volviera a barajar las cartas.

Entre esas variables figura la caída del régimen sirio a finales de 2024. Su vulnerabilidad estructural ya había quedado expuesta con el debilitamiento del apoyo directo por parte de Rusia, dedicada de lleno, desde febrero de 2022, a la guerra en Ucrania. El Kremlin quería convertirla en una demostración de fuerza, pero la invasión complicó los planes y absorbió la mayor parte de sus recursos militares y económicos.

Es preciso añadir el retroceso en la región resultante de la recomposición del escenario político iraquí y de la transformación de la Siria post-Asad en un espacio hostil a Teherán. En cuanto a Hezbolá, este perdió gran parte de sus capacidades militares después de la “guerra de apoyo” a Gaza que emprendió el 8 de octubre de 2023. Respaldado por su aparato de inteligencia, su incuestionable superioridad aérea y su impunidad, Israel transformó esta campaña en una catástrofe para el partido y su base social, así como también para la mayoría de los habitantes del sur y del este del Líbano, y de las afueras del sur de Beirut. A esta dinámica se sumaron los bombardeos de Tel Aviv y Washington contra el programa nuclear iraní en junio de 2025, seguidos de una respuesta de Teherán con lanzamientos de misiles y drones que alcanzaron varios puntos del territorio, aunque sin modificar las nuevas relaciones de fuerza ni lograr una disuasión real.

En ese contexto, Israel mantuvo su plan de aniquilación de Gaza, al mismo tiempo que fomentó la violencia de sus colonos en (…)

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Ziad Majed

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