La hipocresía del Estado, la ceguera de la sociedad y el rol de los medios de comunicación en la protección de las arcas empresariales.
Hay una inquietante comodidad en la forma en que el país observa el deterioro de la educación pública. Se han acostumbrado a presenciar el declive de los liceos emblemáticos desde la distancia, convencidos por una narrativa superficial que atribuye la crisis únicamente a la violencia estudiantil o al adoctrinamiento político. Sin embargo, reducir el problema a tales elementos es caer en la trampa del boicot neoliberalista y exime totalmente de responsabilidad al Estado, así como al gobierno que considera un liceo como un centro de adoctrinamiento, a una prensa que diariamente se beneficia del morbo de encapuchados y actos incendiarios, y a una sociedad que evoluciona de manera acrítica y reproduce a un político de turno sin darse cuenta de que la educación pública va más allá de enseñar y preparar; actúa como un espejo social.
Desentendimiento
Los liceos emblemáticos no fueron establecidos con propósitos políticos. Surgieron de la necesidad y la visión para desarrollar una sociedad educada y con un futuro próspero en un país “en vías de desarrollo”; una política de Estado que se entendió perfectamente hacia la década de 1930 bajo la premisa de que “gobernar es educar”, y nuestro país encontró finalmente un surgimiento intelectual dentro de la población. Esta educación representaba el espacio donde la movilidad social y el mérito intelectual podían confrontarse con el clasismo estructural de la clase alta en un país históricamente desigual. Por ello, las gestiones contemporáneas de la educación pública, comparadas con las de gobiernos que entendieron su valor fundacional, revelan una degradación ética y una hipocresía subordinada ante el populismo y la demagogia de nuestros actuales políticos.
El Estado, en particular el Ejecutivo, se enreda en sus explicaciones sobre medidas (…)
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