Un gobierno que ha resuelto reducir el gasto en salud por decreto, que empuja una reforma tributaria cuyo costo fiscal comprometido supera los trece mil millones de dólares en cuatro años y que administra un Estado en repliegue debería enfrentar una impopularidad severa. No la enfrenta. Se suele explicar esto por el miedo, por la delincuencia o por la fatiga con la política. Son respuestas ciertas y no alcanzan, porque describen el contenido de la adhesión y no su forma. El bloque gobernante le habla al país en el idioma de la escena, no en el de la administración.
Ese idioma tiene nombre histórico. Es barroco, y no en la acepción corriente de recargado, sino en la literal: el repertorio de la contrarreforma. Imagen antes que argumento, temor como pedagogía. Trento entendió antes que nadie que a una población que no lee se la convence con un retablo, y que el retablo eficaz es el del mártir y el suplicio. Cuatro siglos después: el operativo televisado al amanecer, el detenido exhibido de torso desnudo, la fila de cuerpos tatuados iluminada en claroscuro. La composición es la misma y funciona por las mismas razones.
Carl Schmitt lo formuló al leer el siglo XVII: el milagro es a la teología lo que el estado de excepción es al derecho. Un gobierno que gobierna en clave barroca no necesita demostrar que su política reduce el delito. Le basta con producir el instante en que la excepción se hace visible y alguien decide. La estadística vendrá después, o no vendrá.
Una planilla en una procesión
La oposición ha respondido en el registro contrario. Informes de la Dirección de Presupuestos, advertencias del Consejo Fiscal Autónomo, proyecciones de deuda al 2031, requerimientos ante el Tribunal Constitucional. Todo eso es correcto y necesario, y todo eso pierde. Los datos no son débiles; el problema es que llegan en un idioma que la escena no admite.
Bolívar Echeverría distinguió cuatro modos de convivir con la modernidad capitalista y llamó realista al que confía en que el mundo puede ordenarse mediante cálculo transparente. La izquierda chilena de las últimas décadas ha sido realista en ese sentido. Su virtud fue la competencia técnica. Su costo, haber cedido el terreno de la significación: mientras se discutía la sostenibilidad de una glosa presupuestaria, el adversario construía relato, liturgia y enemigo.
Porque eso hace el barroco reaccionario, y lo hace bien: fusiona. Fabrica un cuerpo místico donde el líder es el pueblo y el enemigo es el mal. Walter Benjamin llamaba símbolo a esa clase de imagen, aquella en que sentido y figura coinciden sin brecha y sin discusión posible. Y toda imagen de ese tipo necesita una víctima. El migrante, el joven de la periferia, la funcionaria pública, el profesor que enseña lo indebido. La energía se descarga hacia afuera y hacia abajo, y la contradicción de fondo -un país empobrecido gobernado por quienes lo empobrecen- se resuelve en el patíbulo simbólico.
El barroco no le pertenece
El (…)
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