Entre dos embates contra la orilla, las olas se caracterizan en general por un movimiento de retirada: la resaca. Desgraciadamente no fue lo que sucedió en lo que respecta al clima de este verano europeo. Las oleadas de calor continuas se parecieron más bien a una inundación. Con temperaturas superiores a los 40°C en territorios que, en algunos momentos, abarcaban hasta el 40% de la superficie de Francia, el país se convirtió en un horno. A veces, literalmente: hubo megaincendios capaces de generar su propio sistema climático y que devoraron cerca de cien mil hectáreas. Algo nunca visto. En España, la superficie quemada casi duplicó esa cifra. Toda Europa occidental se vio afectada.
“¡Por suerte se acerca el otoño!”, nos tranquilizan los pronósticos meteorológicos, mientras los canales de noticias se alegran por el descenso de la temperatura. Lo peor ya habría quedado atrás y por fin se abriría un periodo de respiro. Pero por desgracia, ese análisis equivale a confundir los tres golpes que anuncian en el teatro la apertura del telón con la obra misma… Porque probablemente esto apenas haya sido el comienzo. Además de los diluvios que suelen seguir a los episodios de calor extremo, la sequía y los incendios activaron una bomba de tiempo cuya mecha se acortó con la guerra desencadenada por Washington y Tel Aviv contra Teherán, al provocar el cierre del estrecho de Ormuz.
Hay un signo inequívoco. A medida que baja el nivel de los ríos, vuelven a aparecer rocas en la superficie del Elba, del Danubio o incluso del Rin. A veces revelan fechas grabadas durante anteriores sequías severas: 1616, 1746, 1842… Fueron episodios caracterizados por cosechas catastróficas, un alza vertiginosa de los precios y escasez. De ahí el nombre de estas formaciones que afloran hoy de forma amenazante: “las rocas del hambre” (1). El Rin, el Támesis y el Po registraron los caudales más bajos “para un mes de julio en treinta y cuatro años de mediciones”, según el observatorio europeo del cambio climático Copernicus (2). En Francia, un Sena “conectado a un goteo” debe ahora “la mitad de su caudal” a los embalses situados río arriba y a sus afluentes, en Champaña y Borgoña (3). El 40% de los pequeños cursos de agua controlados sufre cortes del flujo y 92 departamentos promulgaron restricciones al uso del oro azul. Su ciclo se ve alterado por la artificialización de los suelos y por las prácticas agrícolas que favorecen el escurrimiento del agua y dificultan el llenado de las capas freáticas.
Probable escasez
A esta altura, el impacto en los cultivos ya resulta dramático. El servicio de estadísticas del ministerio de agricultura francés calcula que la cosecha de maíz disminuirá un 35% en 2026, lo que será el volumen más bajo registrado desde 1980 (4). “Existe el riesgo de que haya escasez en las góndolas de ciertas variedades”, explica Cyril Pogu, copresidente de la federación Legumbres de Francia. “Tenemos pérdidas muy importantes, que llegan al 100%, en verduras de hoja, brócoli, puerros, repollos y rabanitos…” (5). En Bélgica, “se habla fácilmente de una caída del rendimiento de entre el 10% y el 30%” en los cereales, estima Guillaume Van Binst, secretario general de la Federación de Jóvenes Agricultores (6). Lo mismo se constata entre los agricultores británicos.
En materia de abastecimiento alimentario mundial, este panorama viene a oscurecer un horizonte ya de por sí ensombrecido por el conflicto ruso-ucraniano (7), así como por la guerra israelí-estadounidense contra Irán. Tal y como subrayaba un informe del Parlamento Europeo de 2022 (8), antes de la guerra Ucrania proveía casi la mitad de los cereales y una cuarta parte de las aves de corral importadas por Europa. En conjunto, Rusia y Ucrania representaban el 30% de las exportaciones de trigo y aproximadamente el mismo porcentaje de las exportaciones de cebada. Ahora bien, Moscú ataca los buques ucranianos e impone un bloqueo a sus puertos del mar Negro, por donde transitaba el 90% de sus exportaciones agrícolas. Y Kiev no se quedó atrás, atacando los puertos rusos y sus silos de granos (9). El tráfico de cereales se vio severamente afectado.
El impacto de la guerra
Lo mismo ocurre en el golfo Pérsico con el transporte de materias primas esenciales para la fabricación de fertilizantes. Después de los (…)
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