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Causas y consecuencias del bloqueo entre vecinos

Cortina de hierro entre Argelia y Marruecos

El cierre de la frontera entre Argelia y Marruecos desde 1994 genera importantes daños económicos en los dos países. Más allá de los motivos que podrían explicar un bloqueo tan antinatural entre pueblos cercanos en lo religioso, lo cultural y lo lingüístico, existe una carrera armamentística entre ambos que no se sabe hasta dónde escalará.

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Patricio Court, de la serie La esencia no se inventa, se descubre (Técnica mixta sobre cartón), 2020
(Gentileza AMS Galería)

¡Las vías del ferrocarril siguen existiendo! Medio cubiertas de tierra, a menudo ocultas detrás de matorrales con espinas. Hace treinta años que no circula ningún tren. Las bordea un sendero maltrecho, en el que nos adentramos gracias a nuestra moto todoterreno. La llanura está vacía, dejamos atrás la última granja y ya no hay ningún pastor que lleve a pastar sus ovejas. A unos cien metros, una gruesa alambrada coronada con alambre de púas corta el horizonte. ¡Es la frontera! El-Djazaïr, Argelia, está del otro lado. Detrás de la alambrada, se extiende un amplio foso que refuerza el aspecto amenazante del conjunto. De repente, emerge un hombre uniformado de detrás de un terraplén. “¿Qué están haciendo acá? ¡Está prohibido!”. Con nuestro traje de motociclistas, nos hacemos pasar por turistas perdidos y finalmente damos media vuelta, dejando que las vías sigan su camino en dirección a Maghnia (una ciudad argelina, diez kilómetros más adelante) y luego hacia Orán. Ni bien salimos del sendero, una camioneta de la Gendarmería Real nos obliga a descender de la moto. Se baja un capitán de bigote severo, escoltado por dos suboficiales. Control de documentos, llamadas por teléfono a la Dirección General de Seguridad Nacional, las verificaciones se vuelven eternas. Nos ponemos a conversar con el suboficial más joven: “¿Los argelinos son sus enemigos?”, preguntamos. “¡No, no, son nuestros hermanos! Pero ellos no nos quieren… Durante la final de la Copa Africana de Naciones [campeonato de fútbol, celebrado en enero de 2026 en Rabat], en vez de estar con nosotros, apoyaron a Senegal. No fue muy amable…” (1). Finalmente el oficial nos devuelve los documentos. “¡Bienvenidos a Marruecos!”, exclama antes de regresar a su vehículo. Desde ese momento, la policía marroquí nos vigiló durante todo lo que duró este reportaje.

Esta escena tuvo lugar a pocos kilómetros al norte de Oujda, capital de la Región Oriental, en el noreste de Marruecos. La línea de ferrocarril, inaugurada a fines del siglo XIX para preparar la penetración francesa en el antiguo sultanato –Francia se instaló allí en 1912 bajo la forma de un protectorado–, permitió que, mucho después de las independencias, la circulación fuera muy fluida entre los dos países. Sobre todo porque siempre hubo familias que vivían a ambos lados de la frontera. Pero dicha fluidez se interrumpió bruscamente en el verano de 1994, cuando Argelia decidió cerrar todos los pasos fronterizos terrestres con su vecino occidental.

Triste abandono

“Evidentemente, entonces dejamos de tomar el tren”, recuerda Fatima Baadid, una mujer argelina de 103 años que conocemos en Berkán, cerca de Oujda, rodeada de su cuantiosa descendencia. Nacida en Argelia, se casó con un marroquí y se instaló en el país de su familia política. “Después, mi marido empezó a llevarnos con los niños hasta el puesto fronterizo de Zouj Beghal; le dábamos 200 dírhams al aduanero [unos 20 euros], cruzábamos a pie y, del otro lado, mi hermano nos esperaba con su auto”. El ardid funcionó durante unos veinte años, hasta que las tensiones bilaterales volvieron a aumentar.

En 2013, Argelia empezó a cavar zanjas de diez metros de profundidad a lo largo de la frontera, entre Marsa Ben M’Hidi, al norte (frente a la ciudad marroquí de Saïdia), y Beni Ounif, al sur (frente a Figuig). Marruecos respondió instalando alambradas y alambres de púas. “El tráfico de mercancías se volvió totalmente imposible a partir de 2016”, afirma Abdellatif B. en su pequeña granja de los alrededores de Oujda, situada al extremo de un camino de tierra que conduce a la frontera. El señor B. sabe de lo que habla: él mismo fue contrabandista. Es el único “oficio” que este hombre, que hoy es abuelo, ha ejercido en su vida. Nos recibe con mucha amabilidad alrededor de un tajín [plato típico magrebí] que preparó su esposa, pero para hablar con nosotros impone la condición expresa de que no revelemos ni su nombre ni la ubicación de su granja. “¡Solamente recibirlos en mi casa ya me da miedo! En Marruecos hay informantes por todas partes, que le cuentan todo a la policía”. Sin embargo continúa: “Lo mío era sobre todo la gasolina. También un poco de sémola, un poco de harina, algunos medicamentos, porque el gobierno argelino subvenciona esos productos. Pero la parte más importante de mi negocio era la gasolina. Siempre trabajábamos de noche. Me acercaba en auto todo lo posible a Argelia, cargábamos los bidones vacíos en una carreta, caminábamos 400 metros cruzando la frontera hasta la granja de mi primo, que es argelino. Ahí intercambiábamos los bidones vacíos por bidones llenos, después hacíamos el camino inverso hasta el auto y volvíamos a casa, donde nos esperaban los vendedores minoristas. Le pagaba a mi primo 80 dírhams [8 euros] por un bidón de 30 litros, y después lo revendía a 90 dírhams. En una noche, haciendo tres viajes, podía pasar 200 bidones. Hagan la cuenta: ¡en una noche podía tener hasta 2.000 dírhams [200 euros] de ganancia! Era la buena vida…”.

Durante varias décadas, en la Región Oriental, todo el mundo manejaba con gasolina argelina. Al por menor, un bidón salía 120 dírhams, es decir, 4 dírhams por litro, frente a los 9 dírhams que costaba en los surtidores del resto del país. En las rutas entre Nador, Berkán, Saïdia, Oujda, El Aïoun, Tendrara, Bouarfa y Figuig, casi no había estaciones de servicio (pero ahora han proliferado como hongos). “La población de esta región vivía del contrabando –precisa el economista marroquí Najib Akesbi–. En los bazares de Ahfir y Beni Drar [ciudades pequeñas situadas entre Saïdia y Oujda], sólo se vendían productos argelinos”. Y menciona que “el tráfico iba en ambas direcciones, con una exportación no declarada de frutas y verduras marroquíes que se vendían en Argelia: cebollas, papas, tomates, aceitunas, mandarinas…”.

El lado moderno de Marruecos siempre se desarrolló en su costa atlántica, y la Región Oriental –2,3 millones de habitantes, es decir, cerca del 7% de la población– transmite una impresión de triste abandono a los pocos que la visitan. “Después de endurecer el cierre de la frontera, el Estado nos dio algunas subvenciones, una vaca, pollos, pero todos los proyectos fracasaron”, se lamenta Abdelmajid, el gerente del único bar de comida rápida de un pequeño pueblo perdido en mitad de la frontera, al sur de Oujda. Como la mayoría de nuestros interlocutores, este habitante de Touissite considera que fue 2016 el año que marcó realmente el cierre de la frontera: el cierre oficial de 1994 no había cambiado gran cosa en su vida cotidiana.

El poder de las remesas

Aun más al sur, en la gran ciudad de Bouarfa (30.000 habitantes en 2024), Brahim tiene una peluquería diminuta, donde cobra 20 dírhams por corte. ¿Cuántos clientes recibe por día? “Entre dos y cuatro…”. Lo acompaña su amigo Mohamed, el carnicero del barrio: “Acá, igual que al otro lado de la frontera, tenemos una raza de ovejas muy buena: las Beni Guil. Antes las íbamos a buscar a Argelia, las conseguíamos por 2.000 dírhams, cruzábamos la frontera de noche y las revendíamos… ¡al doble! Pero ahora hace diez años que estamos en la miseria…”. El municipio emplea a algunos jóvenes para barrer las calles, otros trabajan construyendo casas para los “MRE” –“Marroquíes Residentes en el Extranjero”–, una denominación que engloba tanto a los ciudadanos que emigraron como a las nuevas generaciones de personas binacionales nacidas en el extranjero. En diciembre, algunos príncipes emiratíes se instalaron para pasar el invierno en ksar (aldeas (…)

Artículo completo: 4 103 palabras.

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Pierre Daum

Periodista.

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