Cuanto más transgrede Estados Unidos el derecho internacional, más se intensifica la narrativa que acusa a China de representar una amenaza. Esa lectura invertida también ocurre con el conflicto en Irán: provocado por Washington y Tel Aviv, es presentado como si fuera Pekín quien “mueve los hilos” y da libre curso a sus ansias imperiales.
Algunos análisis parecen autorretratos: al revelar los presupuestos que los sustentan, se deja al descubierto la postura de quienes los formulan. Así ocurre con gran parte de las explicaciones occidentales sobre las ambiciones chinas en el contexto de la guerra entre Estados Unidos e Irán. [Pekín] “pretende aprovechar el conflicto para debilitar el poder de Estados Unidos [...] y torpedear el orden internacional bajo dominio estadounidense”, aseguran dos expertos en Foreign Affairs (1). “¿China se prepara para dar el golpe de gracia?” se pregunta, por su parte, el académico Phillips O’Brien, mientras que, en Le Parisien, el periodista François Lenglet detalla las razones por las que “Pekín va a ganar la guerra de Irán” (2).
Asimismo, a diferencia de lo que con tanta frecuencia se afirma, nada indica que el Partido Comunista Chino (PCC) esté obnubilado por la ambición de destronar al hegemón estadounidense. A pesar del discurso alarmista sobre el “gran vuelco” geopolítico, todo indica que Pekín, más que propiciar el debilitamiento del “orden internacional liderado por Estados Unidos” –del que tanto se ha beneficiado–, padece sus consecuencias. Existiría, por lo tanto, una forma de “imperialismo chino”, aunque menos intuitiva que la que alarma a los medios y líderes occidentales. No la voluntad de que China prevalezca, sino la convicción de que la supremacía estadounidense es preferible al caos. Una disposición geopolítica singular –y temporal– que conduciría a Pekín a desear que Estados Unidos conserve su posición dominante, siempre y cuando no altere demasiado los equilibrios globales de los que ha sido garante durante mucho tiempo y no entorpezca el desarrollo del Imperio del Medio.
Es muy probable que China encuentre cierto regocijo en la incapacidad de Estados Unidos para lograr esa victoria relámpago tan anunciada en el conflicto con Irán. El 20 de enero de 2026, incluso antes del estallido de la guerra, un grupo de académicos nacionalistas publicó un documento en tono burlón: “Gracias, Sr. Trump”. “Gracias” por los aranceles, “una trampa que terminó atrapando a Estados Unidos” y que “obligó a China a la autonomía tecnológica”. “Gracias” por la “política hegemónica de ‘Estados Unidos primero’ que reveló el verdadero rostro del ‘orden basado en reglas’”. “Gracias” por “gobernar a través de tweets” y por “sus teorías descabelladas” que “socavaron la credibilidad” de Washington. Y, finalmente, “gracias” por actuar “como un acelerador del declive de la política estadounidense” (3). Nadie duda de que, si el texto hubiese sido publicado un mes más tarde, los autores también habrían agradecido a Trump por su incursión iraní.
Un modelo inspirador
Según el senador neoconservador Lindsay Graham (ya fallecido), una de las motivaciones para desencadenar el conflicto habría sido debilitar al principal rival de Estados Unidos. El 8 de marzo de 2026, en Fox News, se mostró orgulloso por el bombardeo a la República Islámica, tras el secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro. “Venezuela e Irán poseen el 31% de las reservas mundiales de petróleo”. Una vez que caiga el poder iraní, “tendremos alianzas que abarcarán el 31% de todas las reservas conocidas; es la pesadilla de China”. Así, el verdadero blanco detrás de Caracas y Teherán es en realidad Pekín, cuya dependencia de las importaciones de hidrocarburos sería su talón de Aquiles.
Error. Seis meses después del inicio de las hostilidades, The Economist constató que sus colosales reservas estratégicas llevaron a China al rango de “principal potencia petrolera mundial” (9 de agosto de 2026). “La guerra en Irán provocó el mayor shock de oferta en la historia de la explotación petrolera. No obstante, incluso en el momento más álgido de los combates, la cotización del petróleo nunca llegó a alcanzar los 150 dólares por barril que muchos analistas habían pronosticado al comienzo del conflicto”. Si, por entonces, los precios no se dispararon, fue en gran parte porque Pekín decidió que no fuera así: “Entre febrero y junio, China redujo a la mitad sus importaciones de crudo, es decir, 5,5 millones de barriles diarios. Una disminución suficiente, según los expertos, para hacer reducir en 30 dólares o más el costo del Brent, la referencia mundial”. La guerra, que debía debilitar a Pekín, terminó por “demostrar que, en la práctica, China es capaz, por sí sola, de estabilizar el mercado mundial del petróleo durante varios meses”.
De este modo, el Imperio del Medio exhibe su inmunidad frente a las estrategias de estrangulamiento de sus suministros de hidrocarburos y, al mismo tiempo, saca provecho de las inquietudes planteadas por la perspectiva de una escalada incontrolada de los precios del oro negro. En mayo de 2026, sus exportaciones de vehículos eléctricos y paneles solares –dos sectores que domina ampliamente– se dispararon en volumen un 110% y un 60% en comparación con el año anterior (The Guardian, 30 de junio de 2026). Que una nación dirigida por un partido que proclama inspirarse en Marx y Lenin represente ahora casi un tercio de la producción manufacturera mundial hace que hasta la sacrosanta “ciencia económica” se vea refutada. “Si Estados Unidos quiere conseguir resultados similares a los de China –sostienen los investigadores Damien Ma y Lizzi C. Lee en una revista conservadora estadounidense– tendrá que inspirarse más en el modelo chino” (4). Como ya ocurriría según el investigador Nathan Sperber, quien señala: “Existe una imitación parcial, desequilibrada y en gran medida desconocida, por parte de Estados Unidos, de ciertos aspectos de la planificación del desarrollo chino en sus propias iniciativas de política industrial bajo las presidencias de Biden y Trump. Un ejemplo de ello es la Ley de Reducción de la Inflación destinada a acelerar el desarrollo de las energías renovables y las tecnologías verdes que nunca se habría concretado de ese modo sin el antecedente del Estado chino” (5).
Esto explica, tal vez, por qué Trump estimó en julio pasado que una de las virtudes de la Operación “Furia Épica” en Irán era recordar a todos que el pilar del poder estadounidense permanecía intacto: “Tenemos el Ejército más poderoso del mundo” (6). Una demostración de fuerza con la que supuestamente se pretendía “dar a nuestros enemigos, empezando por la China roja, Rusia y Corea del Norte, una lección para reflexionar”, según el jefe de redacción del sitio Conservative HQ (“Cuartel General Conservador”) (7).
A favor del statu quo
Otro error. La importancia adquirida por los drones vuelve a barajar las cartas estratégicas: disponer de un tejido industrial capaz de producir aparatos rudimentarios pero eficaces pronto podría imponerse por sobre la capacidad de desarrollar maravillas tecnológicas a precios exorbitantes. Dos semanas después del inicio del conflicto, Estados Unidos probablemente ya había utilizado más de 1.000 misiles Patriot –de los cuales sólo había fabricado 600 ejemplares en 2025–. El rápido agotamiento de su arsenal lo llevó a repatriar hacia Medio Oriente las baterías Thaad (Terminal High Altitude Area Defense) –utilizadas para destruir misiles balísticos de alcance medio o intermedio– desplegadas en Corea del Sur (8). En agosto, el portaaviones USS George Washington abandonó el Pacífico Occidental –cuya seguridad se suponía debía garantizar– para navegar hacia el teatro de operaciones iraní. Si hasta hace poco era capaz de asentar su dominación militar en cualquier punto del planeta, Estados Unidos parece ahora incapaz de cumplir algunos de sus compromisos estratégicos con sus aliados, empezando por las entregas de armas. Un fenómeno que, como señala el editorialista estadounidense Fareed Zakaria, aumenta la “imprevisibilidad” estadounidense: “Cuando los aliados no tienen forma de saber si las tropas (…)
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