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Entre el desánimo y el consenso patriótico

Retrato de una Rusia dividida por la guerra

Al principio parecía ser una pelea común y corriente, de esas que separan familias en todo el mundo. Como suele pasar, se pensó que, con un pequeño empujón amistoso, una simple charla las cosas se acomodarían. Pero detrás del enojo había una fractura. No la de una familia, sino la de un país.

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Wladymir Bernechea, Los abrazos rotos (Óleo sobre tela), 2021 (Gentileza Isabel Croxatto Galería) (www.wladymirbernechea.com - Insta: @wladymir_b)

ladimir y Nikolái eran dos primos muy unidos. Aunque sus respectivas carreras los hicieron tomar distintos rumbos, su vínculo no había cambiado en mucho tiempo. El primero se había mudado a Moscú para convertirse en consultor de grandes empresas extranjeras; el otro se había quedado en su ciudad natal, Volgogrado, que antes se llamaba Stalingrado. Dirigía una pequeña empresa que suministraba repuestos a las industrias locales.

Hace veinte años los habíamos acompañado en busca del pueblo natal de su abuela, en las afueras de Saratov. Encaramado en una colina, el antiguo koljós, donde sobrevivían una decena de habitantes –de los tres mil que había tenido la localidad en la década de 1980–, se ocultaba entre la vegetación. Todavía había un alcalde que cada mañana barría el “rincón rojo”, un antiguo salón de fiestas con piso de parqué y un escenario donde los campesinos solían hacer teatro. Una vez cada quince días, la camioneta del cartero subía la colina por el camino de tierra para entregar el correo y algunos productos de primera necesidad. Los primos habían evocado su infancia soviética, como quien habla de un país perdido. Esa noche habían bebido y se reían mucho. Su vínculo parecía inquebrantable.

En la primavera de 2026, sin embargo, nos damos cuenta de que una pelea los ha distanciado, algo que nuestras conversaciones telefónicas no lograban aclarar. Convencidos de que a veces basta con la intervención de un ser querido para calmar los ánimos, decidimos visitarlos. Así es como llegamos a Moscú, a pesar de la amenaza de los misiles y drones ucranianos.

La renovación de Moscú

La ciudad no parece la capital de un país arrodillado por las sanciones occidentales. Mientras que antes se la atravesaba con la cabeza gacha y armados de valor, ahora el paseante puede detenerse en las aceras ensanchadas sin obstaculizar el paso, levantar la cabeza y admirar la fachada art nouveau de un edificio como quien observa realmente por primera vez algo que siempre estuvo allí. Entre 2015 y 2023, el municipio renovó 14.000 edificios residenciales y 380 edificios históricos (1). Desde 2022, las riberas acondicionadas del río Moskova forman parte de un recorrido peatonal de 15 kilómetros que conecta el distrito financiero Moscow-City con el Kremlin y, luego, con el parque Sokolniki, al noreste de la ciudad.

La resignación de los críticos

Unas semanas más tarde, a mediados de junio, un ataque con drones ucranianos hizo estallar la refinería de Kapotnia, a unos treinta kilómetros del centro de la capital; luego, los ataques a gran escala contra los almacenes y las infraestructuras petroleras del país provocaron escasez local de combustibles y perturbaciones en el transporte de mercancías en casi todas las regiones a partir del mes de julio. Pero, en este día de primavera, el ritmo de la ciudad es más tranquilo de lo que recordábamos. Obras de remodelación, desarrollo del subte… Esta calma también se debe al colapso del turismo. Menos de 630.000 visitantes extranjeros viajaron a Rusia en el primer semestre de 2025, es decir, la tercera parte de los que llegaron en 2019. El número de alemanes, italianos y franceses se redujo a una séptima, doceava y una veintidosava parte, respectivamente. Alrededor del Kremlin, los potentes autos chinos Haval, Chery o Tank han reemplazado a las marcas occidentales. Pero en la Plaza Roja, solo se oye hablar en ruso, incluso aguzando bien el oído.

Vladimir nos espera en un parque de la capital, es la hora de pasear a su perro. Tras los abrazos, evitamos al principio meternos de lleno en el tema de la disputa, que intuimos que es profunda. “¿Y bien, cómo estás?” De inmediato, la guerra, cuyo estruendo podríamos haber olvidado desde nuestra llegada, vuelve a aparecer. Desde la anexión de Crimea en 2014, el número de contratos de Vladimir con empresas extranjeras disminuyó, hasta desaparecer por completo en 2022. Su papel como puente entre Rusia y Occidente le proporcionaba ingresos holgados y un estatus social envidiable. Los estudios de mercado que ahora realiza para empresas rusas no compensan la pérdida de ingresos.

Desánimo en la sociedad

“Cuando comenzó la invasión, pasé unas horas en estado de shock, literalmente. Me quedé consternado ante la idea de que se pudiera cometer una locura semejante”. Han pasado varios años, pero Vladimir sigue marcado por ello. Mientras su perro observa a los patos chapotear, continúa: “¿Te acuerdas de que tenemos una tía en Ucrania? La llamé de inmediato. Estaba devastado… Ella también, obviamente”. Se (…)

Artículo completo: 2 592 palabras.

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Hélène Richard

De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

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