Este 25 de noviembre, conmemoramos el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, una fecha que surge de la memoria viva y combativa de tres mujeres que se negaron a aceptar el terror patriarcal. Recordamos a Patria, Minerva y María Teresa Mirabal, asesinadas en 1960 bajo la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicanas, quienes se convirtieron en símbolo de dignidad y resistencia. Su hermana Bélgica Adela “Dedé” Mirabal, guardiana de la memoria, dedicó su vida a reconstruir la historia de Las Mariposas, como eran conocidas, y a levantar un museo que hoy recuerda su legado insurrecto.
Recordarlas hoy es traer al presente una verdad desagradable, la violencia contra las mujeres no terminó con la caída de los dictadores, puesto que las formas de dominación se reconfiguran, se actualizan y se naturalizan. Cambian los métodos, sin embargo, se mantiene intacta la matriz patriarcal que opera en silencio y en lo cotidiano. Nos referimos a las violencias sistemáticas, a las violencias que se deslizan solapadas entre chistes, jerarquías laborales, instituciones cómplices y discursos políticos que relativizan derechos que las mujeres hemos conquistado con décadas de lucha. Se trata de un sistema de opresiones que opera simultáneamente en la vida laboral, familiar, comunitaria, en el espacio público, las relaciones afectivas y cada vez más, en los entornos digitales.
La consecuencia de esta violencia estructural es conocida, está incrustada en nuestras vidas, opera como menoscabo, discriminación, misoginia, criminalización de la autonomía de las mujeres, impunidad y femicidio. Todo lo anterior, constituye una negación abierta del derecho a vivir en ambientes seguros, libres de violencia, libres de miedo. Constituye también un retroceso civilizatorio que amenaza las libertades conquistadas desde las luchas feministas de los últimos siglos.
Hoy, cuando exigimos libertad, respeto e igualdad en todos los espacios donde existimos, debemos reconocer un riesgo inminente, los avances de proyectos políticos conservadores y de ultraderecha en distintos países de la región que buscan explícitamente revertir las conquistas de las mujeres, reinstalar roles tradicionales, negar las violencias de género y restringir las políticas públicas con enfoque feminista. Estas fuerzas movilizan discursos de odio, apelan a la ideología de género como amenaza, y alimentan un clima social que habilita nuevas violencias, especialmente en los entornos digitales.
Es urgente explicitar que la violencia digital es la expresión contemporánea del patriarcado, no se trata de un efecto colateral de las tecnologías, ni de un fenómeno reciente asociado a la masificación de las redes, más bien, la actualización de un sistema de dominación que se introduce en todos los intersticios de la vida social. Entonces, la violencia digital no puede entenderse como un problema tecnológico, como si bastara modificar algoritmos o reforzar protocolos, porque su raíz es estructural, responde a una racionalidad patriarcal que se adapta, se reconfigura. Es un terreno fértil para multiplicarse, sofisticarse, buscando nuevos territorios para perpetuar el control, el silenciamiento y la subordinación de las mujeres.
Es decir, la tecnología no crea la violencia, amplifica las lógicas de poder que ya sostienen el orden social. Podríamos señalar que lo digital opera como un escenario donde se materializan viejas violencias, revestidas de anonimato, velocidad y masividad, pero estructuradas desde la misma matriz que históricamente ha regulado quién puede hablar, quién puede ocupar el espacio público y quién puede ejercer poder. Por eso, la violencia digital no es una distorsión del entorno virtual, es el patriarcado desplegado en su versión más sofisticada y global. Cambia la plataforma, se mantiene la racionalidad, puesto que donde antes operaban el rumor, el castigo moral o el escarnio público, hoy operan el doxing, los ataques coordinados, la vigilancia digital, la difusión no consentida de imágenes, la manipulación de datos y el silenciamiento sistemático mediante acoso.
Esta amenaza se agrava en nuestra región, donde el machismo estructural se combina con desigualdades históricas, brechas educativas, racismo, precarización laboral y creciente polarización política. En ese contexto, las mujeres, y particularmente las defensoras de derechos humanos, académicas, activistas feministas, mujeres indígenas, afrodescendientes y disidencias sexuales, son blanco prioritario de ataques digitales que buscan disciplinar, intimidar y expulsar del debate público.
Por estas razones las Naciones Unidas, este año levanta la campaña en la violencia digital, reconociendo que “la violencia contra la mujer en las plataformas en línea es, hoy en día, una seria y rápida amenaza que pretende silenciar las voces de muchas mujeres, especialmente aquellas con una alta presencia pública y digital en ciertos ámbitos como la política, el activismo o el periodismo” (ONU, 2025, s/p).
Además, “cada año, el Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer marca el inicio de los 16 días de activismo (25 de noviembre al 10 de diciembre), como parte de la campaña ÚNETE de Naciones Unidas. El lema de este 2025 es ‘ÚNETE para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y las niñas’ (ONU, 2025, s/p).
En este 25 de noviembre, día de memoria, de lucha y de futuro, recordamos a las hermanas Mirabal, también recordamos a todas las mujeres que han sido silenciadas, y afirmamos que nuestras voces no serán borradas ni por la violencia física, ni por el odio político, ni por la violencia digital.
Queda mucho por hacer, lo primero es tolerancia cero a perpetradores y cómplices…
Seguimos de pie.
Seguimos juntas.
Seguimos diciendo lo que muchos prefieren callar. Y lo seguiremos haciendo, en todos los territorios que habitamos, incluidos los digitales.
Dra. Sonia Brito Rodríguez
Académica Universidad Alberto Hurtado
Departamento de Trabajo Social
Dra. © Andrea Comelin Fornes
Académica Universidad de Tarapacá, sede Iquique.
Carrera de Trabajo Social
