Con desazón veo en RRSS la actividad que se realizó en el congreso por el Día Nacional del Vino al apreciar en un sin número de publicaciones, imágenes con la foto de un viticultor vistiendo su chupalla, con un azadón al hombro, inmerso en un viñedo en cabeza de secano seguramente de cepa País, comunicando en colores a los asistentes la tradición y patrimonio vitivinícola propio de nuestro Chile. A su vez, veo poco o incluso a nadie quien realmente represente esa imagen; alguien que forme parte de una agricultura familiar campesina de arraigo cultural, donde éste pasa a ser más que una tradición, es un estilo de vida. Sin embargo, a quién sí veo es a la gran industria vitícola de nuestro país, la cual sin lugar a dudas ha impulsado nuestro amado vino a los mercados internacionales donde hoy es reconocido a nivel global, siendo galardonado en competencias con vinos europeos y de otras latitudes del mundo.
Como todos sabemos, se celebra el Día Nacional del Vino atendiendo a la carta enviada por Pedro de Valdivia al rey Carlos V fechada el 4 de septiembre de 1545, solicitando vides y vino para el reino de Chile. Desde entonces hasta ahora se ha construido nuestro patrimonio vitivinícola, entre parras en cabeza de secano, con una agricultura de tradiciones que ha ido pasando de generación en generación y que además ha podido mantenerse frente a un mundo globalizado e industrializado.
Con esto no quiero renegar de la importancia de la gran industria. Como lo mencioné previamente son los verdaderos responsables de que Chile sea conocido por la calidad de sus vinos y que tengamos la posibilidad de tener presencia en los mercados más exigentes. Pero aquí me nacen las interrogantes: ¿qué celebramos realmente este 4 de septiembre? ¿Por qué aparece esa foto de un viñedo en cabeza y no una foto de los viñedos del valle central? Por ejemplo, viñedos ordenados en espaldera o mediante otro sistema de conducción con alambres y postes, con obras de riego que en gran número cuentan con subsidio de la ley N.º 18.450, cepas como Cabernet Sauvignon, Merlot, entre otras. O por qué no de Carménère, cepa a la que se le ha otorgado el título de ser nuestra mejor representante, al haber sido redescubierta en nuestro país a comienzo de los años 90, por el ampelógrafo francés Jean-Michel Boursiquot.
Espero que esta celebración del día del vino y la nueva bancada de diputados del vino, le dé la importancia que se merece a nuestro patrimonio y no sea solo por lo bonito del paisaje y lo emotiva de la foto. Que no sea únicamente el 4 de septiembre de cada año cuando se exhiba públicamente una foto del patrimonio vitivinícola de nuestro país, mientras que el resto del año nos olvidemos realmente cómo nació la historia del vino y dónde se ha mantenido viva por casi 500 años. Por el contrario, que un auténtico reconocimiento se haga realidad y sepamos resguardar esta historia viva en las parras viejas, pero sobre todo en el acervo cultural de los agricultores- viticultores-viñateros del secano, que día a día protegen y mantienen ese tesoro del que hoy hablamos pero que mañana olvidamos. Que el 4 de septiembre no sea solo un brindis acompañado de fotos vintage, sino un llamado a políticas que honren la tierra y las valiosas manos que la trabajan. El patrimonio no son solo esas parras viejas, es toda la cultura que las mantiene vivas. Si no la defendemos hoy, el próximo Día del Vino podría ser solo un homenaje a un paisaje que ya no existe.
Dr. Guillermo Pascual Aburto.
Ing. Agrónomo Mg. Cs.
Enólogo N.º 958.
Docente Facultad de Agronomía.
Universidad de Concepción.
