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50 años de estancamiento: freno a una sociedad justa. Por Luis Osorio Olivares

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En una intervención del presidente Boric a fines del mes de mayo, decía no hay que hacer la “vista gorda”. Era un contexto diferente al análisis de esta columna y haciendo referencia a otro país, que no obstante aplica de manera indiscutible a Chile.

Es inevitable, al estar en el año en que se cumplen 50 años del golpe de Estado, que es un tema ineludible a lo menos hasta el día 11 de septiembre, o tal vez por todo el resto del año y con proyecciones a medio siglo más de la historia.

Con una visión de tipo sistémica de la sociedad en que estamos insertos, la imposición de ésta se inició hace más de 50 años en que la derecha con el patrocinio de los Estados Unidos y del poder económico, junto a personajes siniestros, planifican todo lo que vendría desde el golpe de estado en adelante, incluyendo la ambientación previa catalizadora de ese momento. Era un trazado no temporal, sino de largo plazo y envolvente para toda la nación.

En un ambiente represivo a ultranza, donde progresivamente van creciendo las protestas contra la dictadura en condiciones de riesgos y amenazas, en diferentes ámbitos siempre se imaginaba lo distinto que sería el país en una soñada democracia, considerando su esencia como el opuesto a dictadura y no sólo eso, sino que el fondo mayor del quiebre de las situaciones de violencia, de una imposición ideológica, doctrinaria y estructural, que favorecían a unos pocos. Se entiende así la democracia como la antítesis dictadura, en que desde el día uno, al término del gobierno militar, debería haber propiciado un gran cambio que nunca existió.

Se trataba de un cambio que debía concebirse bajo el concepto de un sistema que le diera cabida a las transformaciones urgentes y profundas, no fáciles, y con los requisitos de poner énfasis en el pensar la sociedad diferente, desde una mirada opuesta al tiempo en que se iba estructurando el sistema de salud, previsional, educacional y otros derivados de algo más de diez y seis años, que modelaron la forma de vida, en que unos pocos eran los merecedores de las grandes fortunas y los más han sido parte permanente de las consecuencias de una gran desigualdad, las oportunidades entre seres humanos, se concibieron como diametralmente opuestas.

La demanda en la lucha contra la dictadura, no se trataba del simple acto de pensar sin un sentido claro, sino estructurar un gran proyecto en el que confluyera la participación ciudadana, el beneficio de mayorías y así llegar a establecer una forma unitaria de país con la esencia de un estado democrático, y no de aquel que se propago hasta la fecha, como un estado que sufrió un duro golpe, y lo esencial no cambia o se agudiza. Estamos en presencia del modelo dictatorial instaurado e inalterable.

Se exacerba mucho la frase de “debemos defender nuestra democracia”, aunque no haber intencionado a tiempo estructuras de modelo diferentes, nos hacen estar en la rueda giratoria de las elecciones que no constituye democracia, el paso del tiempo ha sido bastante extenso y quienes formaron gobiernos desde los años 90 en adelante, se fueron asimilando al modelo y estableciendo fuertes vínculos de participación con el poder económico de la clase dominante.

Se llega así a una situación de inestabilidad social, que se ve afectada por temas internacionales y en que las corrientes de globalización, pueden ser gravitantes en las intencionalidades respecto a la irrupción del narcotráfico y del crimen organizado, llegando a imponer de manera generalizada los temas de seguridad, que son de agrado de los gobiernos de derecha, pues les permite la institucionalización de formas represivas de resguardo y otorgan herramientas para la contención de la protesta por demandas que han sido ampliamente postergadas.

No se puede dejar de mencionar que al llegar el primer gobierno de la concertación los índices de pobreza eran muy altos, pero ello no es justificación para no haber partido con la elaboración de un gran proyecto transformador, aún pendiente, la aspiración de una sociedad con marcada tendencia de justicia y que cualquiera sea la justificación o argumento que se esgrima, nunca se hizo caso a las luchas del período dictatorial, que avizoraban hacia donde apuntaban los cambios estructurales iniciados a comienzo de los años ochenta, y había depositadas confianzas en los gobernantes del futuro, que se fueron rompiendo al tiempo que tomaba fuerza el mal menor.

Lo analizado lleva a observar circunstancias asociadas que se deben tener en cuenta.

Transcurridos los tres primeros gobiernos de la concertación, el tiempo que se alcanzaba era el equivalente a los años de permanencia de Pinochet en el poder, y lo estructural seguía igual, sin a lo menos visualizar un intento de cambio y mucho menos percibir que éramos parte de algún proyecto de largo plazo. Más aún finalizado ese ciclo, llega la derecha al gobierno representado por Piñera, para tomar el control desde su posición personal privilegiada en lo económico, de un país que para sus fines había sido bien administrado.

Con su estilo de arrogancia, alguna ventaja sacaría de su paso por el poder, además de darse el gusto de encabezar el bicentenario de la independencia. Desde ya se imponía, año 2010 al 2013, una especial preocupación por el tema seguridad, que soslayan la incorporación de un ambiente con características represivas preventivas para el futuro. Además, de rodearse en pleno por representantes del poder económico, cercano al 1% más rico. El país avanzaba así, hacia un camino en que lo racional y lógico no tenía cabida.

Una gran movilización estudiantil el 2011, durante el gobierno de Piñera 1, conduce a que los líderes estudiantiles el 2014 llegaran al parlamento y con ello se esgrimían aires de esperanzas, una generación que se había expresado contra el llamado duopolio, sin embargo, desde el hoy podría dejarse ese período como un tiempo en desarrollo, a partir del cual habrá algunas conclusiones en la presente columna.

En el ambiente concertacionista, no se manifiesta lo racional de una autocrítica y aprovechar los cuatro años de Piñera 1, para entrar en reflexión y observar si realmente asumían una responsabilidad al entregar el gobierno a la derecha, a un fiel representante de quienes tienen la concentración del poder. Ello no fue así, no tienen la capacidad para generar ese gran proyecto pendiente y amplían su coalición a la Nueva Mayoría, que en suma es la concertación más el Partido Comunista, la preocupación era posicionarse en el gobierno, pero no en la transformación. Siempre acotados por el estado subsidiario.

Se suma la carencia de liderazgos, que permitiesen levantar una candidatura presidencial diferente y nuevamente hay repetición del plato con el gobierno de Bachelet 2.

Sigue la administración de lo estructural enfrentando las elecciones del 2017, con dos bloques en disputa, sin unidad elemento que en ciertas ocasiones sale a flote, pero nunca se concreta por carencia de elementos comunes, impedidos por el ego, los intereses personales y sin mirar las necesidades de la ciudadanía excluyéndolas de los procesos, aunque que desde el aparataje comunicacional se trate de mostrar algo diferente.

Así, llegamos a una alternancia en el gobierno, y nuevamente tenemos un Piñera 2 con más arrogancia y la percepción, que estratégicamente no la dejan ver, pero va por la línea de una proyección de 50 años más. Nuevamente se observa una cuestión de números, entre los gobiernos de Bachelet y Piñera, se alcanza la suma de los diez y seis años, equivalente a la duración del gobierno de Pinochet.

En paralelo, los candidatos otrora dirigentes estudiantiles crecen en número dentro del parlamento, hasta que llegan a ser gobierno.

Pero hay algunos capítulos entre medio, que son decidores. El estallido social que la historia a futuro develará el punto exacto de su partida, provocó una mirada que apuntaban a una demanda por años postergada y con identificación de responsables, aquellos que optaron por una línea de continuidad de lo estructural e insistir en una supuesta democracia que transcurre en una línea base dictatorial, es clave para esto el accionar de la concertación.

Llegan en forma apresurada al 15 de noviembre de 2019 a firmar un acuerdo por la paz, que se levanta como un salvataje a Piñera y la derecha pone elementos sustanciales para los resultados del 4 septiembre del 2022, que no se alcanzan a dimensionar.

El voto obligatorio en el plebiscito de salida, el poder de los medios de comunicación y la acción descarada de las ISAPRES y AFP, que también hacen campaña desde sus respectivos ámbitos. La derecha tiene el dinero con el cual comprar, la estrategia para direccionar al contrario y la doctrina para imponer su ideología. Los otros en su rol de administradores, han sido aniquilados porque se mueven bajo el principio de acción y reacción, sin propuesta de largo plazo, la sensación marcada de en la medida de lo posible. La obligatoriedad del voto no funciona, cuando no se ha alcanzado una democracia y se siguen realizando campañas del terror.

En materia de elecciones presidenciales, también hay elementos que se deben tener en cuenta y que se relacionan con la utilización de las herramientas electorales en forma deshonesta cuando la ocasión es propicia. Hay condiciones en que una primaria presidencial, aunque sea legal y pueda participar cualquiera bajo las reglas establecidas para ello, debería congregar a los más cercanos a los candidatos en disputa, pues conlleva un sano interés de ser partícipe en el terreno en que uno se mueve en consecuencia. Pero cuando se transforma este mecanismo en un acarreo sin mediar ningún elemento ético, el resultado es producto de un juego sucio. También lo es el llegar a golpear puertas e ir acompañado, forzando entrar a algo que no les pertenece y con la clara intención de propinar golpes por debajo.

Se produjo inevitablemente un factor denominado Kast que dio lugar a un resultado, pero el contrincante y ya en la condición de un probable ganador, cree que el gobierno se conquista con el discurso de la promesa de cambio, aunque éste no sea posible. Luego no viene una traición, ya que es una palabra muy fuerte, pero sí una deslealtad.

El elector entiende que los cambios no realizados en forma oportuna y ni siquiera alguna vez pensados, son de responsabilidad de la concertación, sin embargo, empieza a ver un desembarco en La Moneda de esas fuerzas, con una actitud impositiva. Viene un desencanto sin nada por celebrar salvo el acontecer de algunos municipios que se mueven bajo el concepto de lo social. A nivel de gobierno se observa un estilo de sumergirse en lo mismo.

No hay un actuar pensando en un caído en dictadura y el compromiso social por el cual pasó a ser desaparecido, torturado o asesinado. Los que justifican el fin alcanzado bajo cualquier medio, siguen vigentes, aunque sea en las generaciones que los reemplazan. Las condiciones históricas generadas, no dan lugar a acuerdos, ya que en estas instancias siempre hay ausencia de actores involucrados y la imposición de un sector político. El ciudadano de a pie no cuenta.

No se puede esperar una conmemoración de los 50 años como una vuelta de página, hasta que lo estructural de dictadura se mantenga y no éste en un programa radial, un diputado de la república, hablando de la industria que se hace cargo de las pensiones y no se menciona las instituciones previsionales con un carácter social.

Respecto a los 50 años también llama la atención la intervención en Isla Dawson del Comandante en Jefe de la Armada de Chile, donde promete un “nunca más” el cual tiene diferentes significados. Queda la sensación que los asistentes familiares de quienes estuvieron detenidos en ese lugar, interpretan ese “nunca más” como una continuidad a seguir siendo obstáculo para realizar cambios que signifiquen un nuevo modelo de sociedad, más aún, se soslaya una vez más las instituciones armadas como de una marcada tendencia política que nunca han abandonado.

Estamos en un tiempo complejo, en el cual los acontecimientos transcurren en un sistema no confiable que tiene la característica de ser cerrado. Desde allí proviene esa “idea” utilizada en la actualidad de poner bordes a las cosas, los límites que impiden los cambios.

Cuando un sistema no funciona y está lleno de límites, es necesario dar lugar a otro construido en fases de corto, mediano y largo plazo. Lo anterior no da para más y la actitud anti sistémica adquiere fuerza, ante el muro de contención que tiene el sistema que promueve un modelo sin variación. La política es importante, pero no forma parte de la exclusividad de los partidos como entes hegemónicos que más bien han dejado instalados ambientes de desconfianzas. Es el desarrollo del pensamiento y las ideas que deben cobrar fuerza, sin esperar de quienes no tienen las voluntades de cambios o se ven atrapados por la sociedad en que vivimos. Transitar por 50 años más, determina pensar en lo profundo aún sin condiciones para tomarse de las manos y sentirse parte de unidades ficticias. Pero sí es importante borrar la huella que nunca se ha de volver a pisar, el sendero que ha impuesto el modelo.

Un desprestigio para el país es que aún se sigan convocando comisiones para revisar temas de transparencia y probidad, cuando tantas veces se ha tratado lo mismo. El problema radica en que, así como hay dificultades de acceso a la educación para muchos, otros que han tenido oportunidades favorables, no saben de ética y practican el aprovechamiento personal, en forma individualista. No hay que hacer la vista gorda ante un país que se ha construido desde el año 90 en adelante, de una manera que no se condice con las esperanzas y sueños que se tenían, y más aún con violaciones a los derechos humanos bastante recientes, no resueltas, como también las ocurridas durante la época de Pinochet. El estado golpeado no ha sido reparado, tiene fracturas y grietas profundas.

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