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50 años: duelo imposible y un país de Antígonas. Por Javier Agüero Águila

En Memorias para Paul de Man Jacques Derrida escribe: “el que está muerto no vive en sí mismo, sino que vive en nosotros, pero de un modo completamente distinto a cómo viviría en sí mismo” (49). Entonces ¿cómo hacer memoria de lo que está terminado?, ¿de qué forma damos vida al muerto/a o al desaparecido/a en nosotros? Se piensa que la memoria tendría una posibilidad en la órbita imposible del duelo jamás terminado. Y es aquí donde la deconstrucción y la justicia encuentran un espacio. El duelo imposible hace posible el duelo mismo y nos transforma en emisarios, en los recaderos de una herencia que no podemos evitar en el transcurso de una vida histórica. La aporía, entonces, es que no hay duelo posible sino ahí donde éste es imposible, y “Lo imposible aquí es el otro, tal como nos llega […]” (52).

¿Cómo pensar este duelo imposible sin pensar en los millones de muertos y desaparecidos del siglo XX, en todo el mundo, que han sido objeto de la enajenada violencia de criminales? Pensar en aquellos, las y los deudos, que no han tenido la posibilidad de erigir una sepultura y que entonces no han podido posicionar sus recuerdos sobre la tumba; una tumba sin nombre, que no ha sido aún construida, ni pensada, cuya madera aún no es tallada y que, en definitiva, no existe para esos muertos desaparecidos. Los familiares que han perdido un ser querido no tienen la posibilidad siquiera de pensar en un “trabajo de duelo”. Por eso, contradictoriamente, lo que se pidió en Chile después de la dictadura fue información más que justicia, paraderos más que procesos judiciales. Por cierto, que todo esto es más allá de las instituciones que pretenderían restituir de alguna forma, a veces hasta materialmente, el duelo que no pudo desplegarse.

En este sentido es que “La ‘norma’ no es sino la buena conciencia de una amnesia” (Derrida, Béliers. El diálogo ininterrumpido, 2003, 74). No puede haber instituciones políticas del duelo. El duelo es un “motivo” de lo imposible y es “justamente” lo imposible lo que está en juego. ¿Qué hay de Antígona o qué tendría que ver ella con los muertos/ o desaparecidos/a por la violencia política y el duelo?

Sabemos que la tragedia de Antígona ha sido motivo de innumerables análisis y reflexiones a lo largo de la historia que (por graficar solo un período que partiría en la modernidad) van desde Hegel hasta Judith Butler, pasando por Martin Heidegger, George Steiner, Jacques Lacan, etc. Sin embargo, volver a leerla, aunque sea para escribir una columna tan breve como ésta, permite insistir una y otra vez en la tragedia chilena a 50 años de la enajenación.

Muy sucintamente, en el relato de Sófocles, muerto Edipo sus hijas Ismene y Antígona se lamentaban no sólo de saber que no verán más a su padre, sino que, y, sobre todo, el lamento es porque éste ha muerto en tierras lejanas y extranjeras, sin recibir los ritos fúnebres y sin una tumba que albergue su cuerpo, expuesto, por tanto, a la expropiación y a la violación. El cadáver de Edipo reside entonces escondido, en secreto absoluto, sin domicilio para llevar adelante el duelo, en tierras extrañas y desde entonces sólo como fantasma en la memoria de sus hijas. El duelo es, de esta forma, negado y prohibido o, en otras palabras, hablamos de un duelo sin lugar para llevar adelante al duelo mismo; un duelo interminable que queda irreductible para siempre a la hospitalidad y seguridad de una tumba. No hay forma que lo contenga ni estructura material que le sirva de bóveda. No obstante, este duelo imposible es el único posible.

Pensando, igualmente, en su hermano Polinices y amigos muertos Antígona exclama: “También a vosotros, con todo, os tomo como testigos de cómo muero sin que me acompañe el duelo de mis amigos, de por qué leyes voy a un túmulo de piedras que me encierre, tumba hasta hoy nunca vista.” (Sófocles, Antígona, 2017, 44). Más adelante: “Querré enterrar a Polinices siempre. Aunque nazca 1000 veces, y aunque él muera 1000 veces” (217).

Preguntamos ¿no es esta queja de Antígona la misma de millones de hijas/os, padres, madres, hermanos, hermanas, en fin, a los que le han muerto o desaparecido un ser querido?, ¿no es, acaso, el llanto de Antígona el de todos los duelos inconclusos que se ahogan en la esperanza de que ese muerto reaparecerá desde la muerte –muerto– para ocupar la tumba que le espera y, así, poder comenzar el necesario duelo?, ¿es el Chile de Pinochet y post Pinochet un país de Antígonas? ¿De aquellas/os que lloran su imposibilidad de duelo y así el único duelo posible?

El duelo ha sido concebido en nuestra cultura como la urgencia de ontologizar los restos. Esto precisa domiciliarlos, hacerlos ubicables, es decir, evidenciar su lugar: “[…] es preciso saber quién está enterrado y dónde -y es preciso (saber..., asegurarse de) que, en lo que queda de él, él queda ahí. ¡Que se quede ahí y ya no se mueva más!” (Derrida Espectros de Marx, 1993, 30). Si sabemos dónde residen los restos, entonces sabremos de dónde vendría el fantasma, si es que viene realmente. Pero ¿no es acaso la imposible venida del espectro su única posibilidad de venir, de manifestarse y asediar al mundo de los vivos? La venida del espectro es su siempre estar viniendo: “En el fondo, el espectro es el porvenir […] sólo se presenta como lo que podría venir o (re)aparecer: en el porvenir” (71).

Son preguntas probablemente crípticas pero que, a nuestro juicio y entendiendo al ejercicio filosófico como una práctica que también se deriva de los dolores de un mundo, deben emerger y reemerger con insistencia sin límites, toda vez que a 50 años de la mutilación de un pueblo lo que vemos es la irrupción de un contrarelato que trae consigo nuevos fantasmas, nuevos reaparecidos, esta vez criminales y representados por discursos ultrones y neofascistas y a los cuales ha sido, sino imposible al menos “casi” imposible, exiliar de nuestra historia.

Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía.
Académico de la Universidad Católica del Maule

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