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8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, quitémonos las caretas. Por Gustavo Gac-Artigas

Cada año, al acercarse el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, me entristezco y siento vergüenza.

Celebremos, se dice, y se olvida a aquellas a las que durante tantos años se les asignó un espacio cuyos humos asfixian, la cocina. Espacio, espacio que hay que reivindicar como espacio abierto, como espacio colectivo, espacio en el que nunca se debió escuchar un paternalista "¿cómo te ayudo?", espacio de aprendizaje en una nueva relación de pareja.

Celebremos, se dice a las que consuelan y cuidan a nuestros hijos, y se les asigna un rol y espacio cárcel, la mujer a cuidar la casa y a servir en la cama.

La casa y la cama, que debemos transformar en espacios de liberación, espacios que abran las puertas a nuevas fronteras, a los sueños, al placer compartido, espacios que deben ser un nido y no una cárcel.

La casa cerrada, espacio que durante tantos años ha ocultado la violencia, que oculta golpes y humillaciones, que esconde palabras que duelen más aún que los golpes.

La cama, instrumento de dominación al servicio del hombre, de placer no compartido, o de ser compartido, de arrojar sombras de celos y condena sobre la honestidad de la mujer tal como está implícito en la distribución de roles en nuestra sociedad: hay mujeres, y mujeres.

Derribemos los muros que esconden los crímenes cometidos en contra de la mujer, que se abran las puertas de salida, que se condene al agresor y se devuelva a las agredidas el derecho a la vida, a determinar su propia vida, a fijar sus metas más allá de las limitadas metas que una sociedad machista acuerda a la mujer, que se ayude a borrar de la memoria fragmentada una culpa que no es culpa, una vergüenza que es vergüenza ajena.

Derribemos el analfabetismo y ceguera de una sociedad que niega el derecho a educarse a la mujer para mantenerla bajo su férula. Combatamos ese tipo de sociedad.

Derribemos las barreras de un lenguaje que cierra los ojos a la discriminación y por el contrario reafirma esa discriminación: "ellas, que existen en lo masculino", "ellas, apéndice del hombre", hagamos del lenguaje un lenguaje inclusivo.

Derribemos la discriminación en el trabajo, los cánones de belleza que discriminan, deforman, que buscan perpetuar el dudoso gusto dominante y destruyen desde la niñez.

Borremos del calendario un día que nos avergüenza, y creemos un nuevo calendario, un calendario de derechos, de deberes compartidos, donde tanto al paternalismo como al paternalista se les envíe al tarro de la basura.

El 8 de marzo me entristece y me avergüenza cuando me pregunto si levanté con suficiente fuerza mi voz cuando era necesario, si no dejé claro en mis versos que ese necesario es siempre necesario.

Pero el 8 de marzo también me llena de orgullo cuando veo a mi esposa, a mi hija, a mi nuera y a mis nietas marchando por las calles, abriendo camino en las calles, en las mentes, reclamando puestos de poder, su lugar en la sociedad.

Quitémonos las caretas y nunca más repitamos:

Las rosas son rojas
las violetas azules
la miel es dulce
pero no tan dulce como tú

como nos enseñaron desde la infancia para perpetuar una sociedad machista e intentar ocultar nuestra responsabilidad tras una rosa que llevaremos a la cocina, diciendo con falsa dulzura: ¡feliz día de la mujer, mi amor!

¡Ah!, lo olvidaba. La cocina estaba vacía, la taza de café vacía, mientras, orgullo y alegría, por la ventana vi a mi esposa, mi hija, mi nuera y mis nietas caminando sonrientes hacia el punto de partida de la marcha por los derechos de la mujer.

Dando vuelta sus cabezas, me miraron y a coro dijeron: ven, te invitamos a marchar con los nuevos tiempos.

Gustavo Gac-Artigas es escritor, poeta, dramaturgo y director de teatro chileno, miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. Reside en los EE. UU.

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