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A 50 años de la toma de la Catedral. Por Luis Enrique Salinas

Corría el año 1968, en los cristianos de los sectores populares, trabajadores y estudiantes cundía una inquietud frente a la Iglesia. Las reformas que ha planteado el Concilio Vaticano II van muy lentas. La Iglesia “institución” y grupos conservadores se resisten a las transformaciones que los laicos mayoritariamente exigen con prontitud. El pueblo se moviliza por cambios estructurales profundos a nivel social y político de la sociedad chilena, y la Iglesia no se pone a la altura de las circunstancias.

EL Papa Paulo VI anuncia una primera visita al continente americano para participar en la reunión de Obispos del CELAM en Medellín. Los cristianos se preguntan ¿a qué viene el Papa? ¿a bendecir la miseria? ¿a pedirle a los pobres que tengan paciencia frente a las injusticias del sistema opresor que los aplasta? La comunidad de la Parroquia San Luis de Beltrán de Barrancas, con sus sacerdotes a la cabeza le envían una carta donde le plantean esas dudas y el piden al Santo Padre que venga a denunciar las injusticias y a comprometer a la Iglesia con los pobres que sufren en América Latina.

Lo de Barrancas, se repite en otros lugares. A la comunidad de San Luis de Beltrán, con sus curas Francisco Guzmán y Paulino García, se suman los de la Población Joao Goulart, con los laicos y sus curas Carlos Langue y Fernando Ugarte. Otras comunidades cristianas se incorporan junto a los curas Diego Palma, Ignacio Vergara, Gonzalo Aguirre, Mariano Puga y Andrés Opazo. También lo hacen seminaristas, monjas y religiosas que trabajan en sectores populares. Es el caso de Sor Clara Larmignac de la Parroquia San Pedro y San Pablo de la población Malaquías Concha.

Cosa similar ocurre a nivel de los trabajadores cristianos, en especial los de la JOC (Juventud Obrera Católica), donde su presidente Pedro Donoso se compromete en el movimiento. Están los dirigentes obreros Victor Arroyo, Hernán Silva y el legendario sindicalista Clotario Blest.

Se incorporan también jóvenes profesionales, como el médico Patricio Hevia, los profesores Hugo Cancino, Leonardo Jeffs y María Antonieta Saa. Se integran estudiantes, junto al presidente de la Parroquia Universitaria, el abogado Ricardo Halabí. Como muestra del compromiso de los estudiantes de la reforma de la Universidad Católica, se incorporan todos los miembros de la FEUC del año 1967 con su Presidente Miguel Angel Solar a la cabeza.

El grupo pretende ayudar a que la Iglesia cambie de rumbo y se acerque a los pobres del Evangelio. En contra de una institución anquilosada, retrógrada y defensora de un estilo del pasado pre-conciliar, a esta propuesta renovadora, se le denomina: “La Iglesia Joven”.

LA TOMA DE LA CATEDRAL

“La Iglesia Joven” realiza diversas manifestaciones y pronunciamientos para expresar sus postulados, pero se busca efectuar algún signo más potente para dar a conocer sus propuestas, allí surge la idea de efectuar una acción que remezca a todos los cristianos y a la jerarquía: la “Toma de la Catedral”.

El movimiento se organiza y a las 4.00 de la mañana del día 11 de agosto un grupo de unos 50 integrantes ingresan a la Catedral por la puerta de calle Bandera, ayudados por unas personas que habían permanecido en su interior desde la última misa del día anterior. El grupo llega en una micro que parte del local de la Parroquia Universitaria en calle Villavicencio, arrendada para un supuesto paseo a la playa. Las puertas se cierran por dentro, se colocan candados a sus rejas y en lo alto de sus torres se instala un gran cartel que señala: “POR UNA IGLESIA JUNTO AL PUEBLO Y SU LUCHA”.

Al amanecer ingresan otros pobladores y sus familias, llegando el grupo de la toma a cerca de 200 personas. Los niños corren felices por los pasillos de la catedral. Las primeras bancas se colocan formando un círculo, en una mesa se improvisa un altar y los sacerdotes concelebran allí una eucaristía junto a todos los participantes.

Los organizadores, aclaran que la toma no es nada personal contra el Cardenal, ni contra su Santidad el Papa, que su lucha es contra las estructuras caducas de la Iglesia y que lo que desean es que ésta se atenga al Evangelio. A media tarde, los manifestantes ponen fin a la toma y en forma pacífica entregan la Catedral a las autoridades eclesiásticas.

La toma de la Catedral, conmociona a los cristianos y se provoca un gran escándalo a nivel comunicacional, en especial en los sectores conservadores y reaccionarios de la Iglesia. La derecha rasga vestiduras, pide castigo a los instigadores y su vocero El Mercurio resalta la coincidencia del día 11 de Agosto, fecha en que el año anterior esos mismos “extremistas marxistas” se habían tomado la Universidad Católica.

El Cardenal Silva, dolido por el hecho, condena la acción violenta del grupo, toma medidas de suspensión a los sacerdotes involucrados, pero busca formas de reafirmar el compromiso del Evangelio con los pobres, sacudido por este llamado de atención de los laicos.

En días posteriores, los Obispos latinoamericanos reunidos en Colombia, redactarán los acuerdos de Medellín, con una clara denuncia a la situación de injusticia que viven nuestros pueblos y un llamado urgente a los cristianos a preocuparse por los rostros sufrientes de Cristo entre los pobres. A partir de estudios teológicos que parten en Perú y luego recorren toda latinoamérica, nace la “Teología de la liberación”, que impactara con sus postulados a toda la Iglesia universal.

En Chile, surgen las comunidades cristianas de base a nivel de parroquias y capillas de sectores populares, los laicos cristianos se comprometen en los cambios sociales y políticos que ocurren en el país, se constituye el movimiento de “Cristianos por el socialismo”.

El golpe civil y militar de la derecha del año 1973 encuentra a una Iglesia, con importante participación de los laicos, con amplia presencia y cercanía a los dolores del pueblo y un compromiso de los Pastores por la suerte de los que sufren. En esas condiciones, la Iglesia se transformará rápidamente en la voz de los que no tienen voz y la defensora de los derechos humanos conculcados.

LOS CAMBIOS AL EPISCOPADO

¿Qué pasó con esa Iglesia chilena que buscaba responder a las exigencias del Evangelio en la hora presente? ¿dónde están esos pastores carismáticos de antaño que se comprometían con sus fieles? Cómo puede ser que a la vuelta de cuatro décadas ya no quede nada de esa Iglesia progresista e innovadora que había constituido al episcopado chileno en un referente en Latinoamérica: esa Iglesia pionera en la Reforma Agraria, la del llamado al compromiso del deber social y político de los cristianos, la de las misiones generales, la de las comunidades de base, la de la pastoral y Vicaría de la solidaridad, la del Año de los Derechos Humanos.

La explicación debemos buscarla en la lenta y estudiada operación de desmantelamiento de los pastores que conducían a la Iglesia en esos tiempos. A los sectores reaccionarios les incomodaba la presencia de Obispos como el Cardenal Raúl Silva Henríquez, Manuel Larraín, Enrique Alvear, Fernando Ariztía, Jorge Hourtón, Bernardino Piñera, Carlos González, Tomás González, José Manuel Santos, Carlos Camus, Alejandro Jiménez, Manuel Camilo Vial, Juan Luis Ysern, Sergio Contreras. Todos Obispos de gran capacidad intelectual, prestigio y presencia a nivel nacional e indiscutida conducción pastoral en sus diócesis.

Sin prisa y tomándose todo el tiempo necesario, los sectores más reaccionarios e integristas del Vaticano, con la ayuda de su representante en la Nunciatura de Chile, Angelo Sodano, fueron lentamente desdibujando el carácter del episcopado chileno, mediante los nuevos nombramientos de los Obispos. Se vetará los nombres que propongan los Obispos chilenos y sólo pasarán aquellos que tengan el beneplácito de los sectores interesados en darle ese nuevo rostro al episcopado desde la curia vaticana copada por integrantes del Opus Dei, los Legionarios de Cristo y la atenta mirada del Obispo Jorge Medina. El lugar predilecto para escoger los nuevos nombres son los que propone el cura Karadima de su “semillero” de la Parroquia del Bosque y otros sacerdotes buenas personas, dóciles, no conflictivos, pero de pocas luces.

De esta manera, al cabo de unas décadas, el episcopado chileno no es la sombra de lo que fuera. La Iglesia se va alejando de la gente y los sectores populares. Sus Obispos aparecen más apegados al poder y al cuidado de la institución. Los laicos pierden presencia. Su pastoral se cierra en si misma, toma caminos alejados de los problemas y el sentir de los cristianos, acercándose a posiciones cada vez mas reaccionarias y comulgando con los sectores de derecha de la sociedad.

LA CRISIS ACTUAL

En esas condiciones, la Iglesia chilena debe enfrentar el peor momento vivido en su historia, cuando es impactada por las acusaciones de pedofilia y acoso sexual a todo nivel que la sume en la grave crisis en la que hoy día se encuentra. El desprestigio y la falta de credibilidad de su jerarquía, cuando en forma inédita el Papa les solicita a todos los Obispos la renuncia. Mientras crece la desconfianza de los cristianos en sus sacerdotes e instituciones.

En un momento de tanta incertidumbre y falta de luces para salir de la grave situación que hoy la aqueja, no se puede dejar de pensar en aquél espíritu y la fuerza que movió hace 50 años a la “Iglesia Joven”, que hoy día recordamos. La reconstrucción de la Iglesia del futuro, no puede hacerse con los mismos que han sido cuestionados y descalificados. Es la hora de cambiar todas las autoridades actuales, fortaleciendo las fuerzas y extraordinarias energías que existen al interior de las pequeñas comunidades de base donde los laicos, los curas y las monjas honestos deben jugar un papel importantísimo. Estas comunidades renovadas deben avanzar en coordinarse a nivel diocesano y jugar un rol protagónico en la designación de las nuevas autoridades que conduzcan a la Iglesia de ahora en adelante.

Así como hace 50 años, los cristianos de verdad deben “tomarse” la Iglesia. Como en las antiguas primeras comunidades cristianas, la Iglesia chilena debe renacer alejándose del poder y los privilegios, dando prioridad a lo que nunca debió perder: su rol profético, su cercanía con los pobres, su exigencia y compromiso con el Evangelio de Cristo.

Luis Enrique Salinas C.

8 de agosto de 2018
Enviado por Movimiento También Somos Iglesia - Chile

Estimados y estimadas:

Compartiendo con ustedes Cincuenta años después Andrés Opazo, uno de sus protagonistas reflexiona sobre la toma de la Catedral, 11 de agosto de 1968. Lo recuerda en el contexto de la realidad actual de la iglesia en Chile. Y dice. “El cambio de dirección de la Iglesia chilena de hoy es urgente. Ello exige un proceso ampliamente participativo para deliberar, discernir y compartir un nuevo sentir de Iglesia, una renovada concepción del sacerdocio, los servicios y ministerios adecuados al tiempo presente.”

Concluye. “Ya no es previsible tomas de catedrales como en los años sesenta. Pero ante la crisis actual de la Iglesia como institución, resulta indispensable que los cristianos como pueblo de Dios, laicos y pastores, se tomen, no la catedral, sino la Iglesia entera, a fin de regenerarla e involucrarla en el acontecer real del país según el espíritu del Evangelio.”

A 50 AÑOS DE LA TOMA DE LA CATEDRAL

Efectivamente, el sábado 11 de agosto se cumplieron. No había noticias de anteriores tomas de una catedral. Aunque un año antes, y por pura coincidencia, un 11 de agosto había ocurrido una ocupación de la Universidad Católica. Las tomas no eran frecuentes. La noticia causó conmoción y recorrió el mundo. En la actual situación de la Iglesia chilena, puede ser oportuno recordarla.

Los hechos

El Papa Pablo VI visitaba América Latina por primera vez, y lo hacía a Colombia, una de las jerarquías católicas más reacias a su transformación según el Concilio Vaticano II. Se veía al Papa atrapado en las altas esferas, se limpiaba la ciudad de los “gamines”, los niños de la calle tan abundantes en esos días. Las bases católicas, ya conscientes y comprometidas con los sectores de pobreza, hubiesen deseado que el Papa visitara y conociera la injusticia y la pobreza, así como la solidaridad de muchas comunidades cristianas. Desde la parroquia San Luis Beltrán (Barrancas), se había emitido una carta en esos términos.

La inquietud fue compartida en otras parroquias populares, como la de San Pedro y San Pablo en La Granja. Laicos integrados a la pastoral convocaron un domingo a una reunión para reflexionar sobre el tema, a la que asistí siendo en ese momento sacerdote de la Congregación de los Sagrados Corazones. Al transcurrir los intercambios, alguien preguntó ¿qué podemos hacer? Y un dirigente poblacional, Víctor Arroyo, intervino ¿por qué no nos tomamos la catedral? Se armó la discusión y se acordó esa toma para el domingo subsiguiente (4 de agosto). Al acercarse la fecha se detectaron dificultades, postergándose la acción en una semana (11 de agosto). Se formaron tres comisiones: una a cargo de la operación, liderada por el médico Patricio Hevia; otra de contacto con la prensa, con el dirigente universitario Ricardo Halabí a la cabeza; y una tercera, a mi cargo, para elaborar un documento explicativo. También se redactó un volante en donde apareció por primera vez el término Iglesia Joven. En la madrugada del día fijado, se desplegó entre las torres de la catedral un gran lienzo: POR UNA IGLESIA JUNTO AL PUEBLO Y SU LUCHA. Una apretada síntesis de nuestra causa.

Una vez que el grupo que había permanecido la noche del sábado al interior del templo comunicó que ya estaba en condiciones de abrir la puerta de la calle Bandera, ingresamos al recinto y nos encontramos con la sorpresa de unos 200 participantes de diversos sectores: fieles de parroquias populares, universitarios de la AUC, miembros de la JOC, obreros del MOAC, dirigentes sindicales, siete sacerdotes y una monja. Reacomodamos las bancas formando un gran círculo en señal de comunidad congregada, comenzó el intercambio de intervenciones, y terminamos la jornada con una misa. Luego salimos en silencio, siendo cada uno fotografiado por agentes, suponemos de la policía. La Plaza de Armas era un ágora de intenso debate entre gente que por allí circulaba.

Supimos al día siguiente que los siete sacerdotes habíamos sido suspendidos a divinis, la mayor sanción prevista por el Derecho Canónico. Pero dos días después fuimos recibidos por el Cardenal Silva Henríquez. Nos abrazó a cada uno llorando como gesto de reconciliación. Habíamos dicho públicamente que la toma no era contra él, sino contra las estructuras de la Iglesia y su relación con el poder.

Significados

La toma fue un estallido, algo espontáneo, un remesón, un llamado a la reflexión; diría, un gesto profético. No respondió a una estrategia determinada, ni se previó su proyección. Pero al constatar las expectativas suscitadas, no pudimos dejar de preguntarnos ¿qué debemos hacer? ¿Cómo responder, qué pasos deberíamos dar? Quisimos organizarnos como movimiento Iglesia Joven; se nombró un presidente, Leonardo Jeffs, además de un par de dirigentes entre los que yo me incluía. Realizamos otras actividades, bastante precipitadas e irrelevantes, y el movimiento se desperfiló. No teníamos estrategia ni capacidad de conducción. Además, desde el primer día fuimos presionados como posible base popular del MAPU en formación; sostuvimos varias reuniones en las que no nos sabíamos comportar ante políticos avezados. En lo personal, no era partidario de ingresar a la política partidista; sostenía el carácter eclesial de nuestra opción.

En segundo lugar, es preciso enfatizar en que nuestro gesto profético surgió desde abajo, en parroquias populares; desde allí se convocó a estudiantes y jóvenes profesionales. Los curas que participamos lo hicimos con el propósito de acompañar una iniciativa de laicos, descartando todo protagonismo. En mi caso, como religioso de una congregación, me sentí obligado en conciencia a dar cuenta a mis superiores de lo que tramábamos, a condición de guardar el más estricto secreto. Y ellos respetaron tanto el secreto como mi opción pastoral, a pesar de no compartirla para nada. Sin embargo, ese gesto desde abajo tuvo repercusiones en el clero. En un contexto en que se preveía la posibilidad de que se eligiese un presidente socialista, la inquietud expresada en la catedral dio origen a pronunciamientos de sacerdotes. Primero fueron 80 y luego 200 los que manifestaron a favor de la línea de nuestro manifiesto. Tiempo después surgió el movimiento “Cristianos por el Socialismo”, del que muchos nos alejamos debido a su involucramiento en coyunturas políticas del momento. El grupo original de la toma de la catedral ya se había dispersado.

Es de notar que, pese a todo, la Iglesia chilena de los años sesenta ya mostraba su sintonía con la renovación pedida por el Concilio Vaticano II. Era una iglesia viva e insertada en la realidad del país. Había comunidades parroquiales inquietas y exigentes; por otra parte, cobraban importancia en la Iglesia movimientos tales como la Juventud Obrera Católica (JOC), el de obreros adultos (MOAC), la acción católica universitaria (AUC), además de sindicalistas católicos reconocidos. Ello era sostenido por obispos y sacerdotes como eje de una pastoral diversificada. Por lo tanto, la rebeldía expresada en la catedral por iniciativa de laicos, y que involucraba a sacerdotes, venía desde dentro, del interior de la propia Iglesia.

¿Y la Iglesia de hoy?

Uno se pregunta, ¿qué pasó con la Acción Católica de entonces? ¿Existe hoy algo equivalente a lo que fue una JOC, un MOAC, una AUC, una JEC? ¿Han sido sustituidos por otros movimientos laicales de base, como parte de una pastoral de presencia en el medio? ¿Por qué son tan escasas las parroquias organizadas en comunidades de base?

Ya sabemos que durante el pontificado de Juan Pablo II, y especialmente bajo el nuncio Sodano en Chile, se extinguió una pastoral evangelizadora inserta en la realidad del pueblo y de su gente. Era peligrosa. Desapareció ese anhelo de una Iglesia junto al pueblo y sus luchas. Se instaló una estrategia de fortalecimiento institucional que contemplaba un cierto alejamiento de los obispos más creativos y proféticos, para ser reemplazados por otros más dóciles y dedicados principalmente al quehacer eclesial. Los seminarios, que antes favorecían la presencia de seminaristas en poblaciones y su asistencia a trabajos sociales de verano, se volcaron a formar sacerdotes para “lo suyo”, sacramentos y administración parroquial. El clericalismo comenzó a reinar sin contrapeso, el laicado enmudeció, fue domesticado o se alejó en silencio.

El cambio de dirección de la Iglesia chilena de hoy es urgente. Ello exige un proceso ampliamente participativo para deliberar, discernir y compartir un nuevo sentir de Iglesia, una renovada concepción del sacerdocio, los servicios y ministerios adecuados al tiempo presente. Un equipo de teólogos y sociólogos debería recorrer todas las diócesis con una metodología apropiada. En años atrás se hizo un gran esfuerzo de definición de una pastoral de conjunto. Podría replicarse en la actual coyuntura algo similar pero contextualizado. Los obispos que se han de elegir deben ser personas capaces de pensar en grande.

Ya no es previsible tomas de catedrales como en los años sesenta. Pero ante la crisis actual de la Iglesia como institución, resulta indispensable que los cristianos como pueblo de Dios, laicos y pastores, se tomen, no la catedral, sino la Iglesia entera, a fin de regenerarla e involucrarla en el acontecer real del país según el espíritu del Evangelio.

Andrés Opazo

 
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