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En este numero:

- Soluciones Reales y Democráticas para la “Cuestión Mapuche” por Hilda Cerda Espíndola y Nelson Aquiles Soto
- MIRAR MORIR. EL EJÉRCITO EN LA NOCHE DE IGUALA
- Una propuesta cultural: deuda pendiente con el futuro y con el país. Por Diego Muñoz Valenzuela

- Sumario completo



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Artículo de Camila Vallejo ROMPIENDO LOS MITOS DEL NEOLIBERALISMO en español, francés, alemán e italiano

Luego de seis meses de movilizaciones, extenuantes tomas de liceos y universidades e innumerables paros y marchas, cabe realizar un primer balance de lo realizado. Porque más allá del futuro del actual proceso, en estos meses se han develado un sin fin de profundas contradicciones dentro del sistema político y económico chileno, y se pueden realizar las primeras aproximaciones en torno a lo conseguido y lo aún por conseguir.

El mito de Chile, ese que nos hablaba del crecimiento económico sostenido, de la pobreza en retroceso, de la estabilidad de las instituciones y del país “en vías de desarrollo”, se ha fracturado luego que los estudiantes saliéramos a las calles a exigir reformas estructurales en la educación; y es que si existe algún consenso entre todos quienes hemos sido parte del proceso, es que nuestro país no estaba preparado para afrontar a una de las movilizaciones más importantes que recuerde nuestra historia reciente.

De partida, el consenso tácito de una educación inclusiva y como herramienta de movilidad social, pilar fundamental de la educación en tiempos del neoliberalismo, se vino abajo. El modelo chileno fue durante muchos años ejemplo de una educación “moderna”; una educación que permitía ampliar la cobertura sin perder estándares de calidad y en donde las grandes mayorías podían aspirar a un aumento de su nivel de ingreso; pero lo que no se mencionaba es que el modelo educativo chileno, no era sino un componente más del sistema neoliberal impuesto en Chile hace ya 30 años y que por tanto su desarrollo tenía por objetivo consolidar económica y socialmente a este sistema imperante.

Consolidar económicamente a través del lucro en la educación superior y en la educación básica y media, a través de la fuga de fondos fiscales a la banca privada para cubrir la demanda y a través de todos los mecanismos que impliquen la mercantilización del proceso educativo, pero además de la consolidación económica, el mito de la educación chilena se basa en la justificación social de su existencia. De mostrarse como la única alternativa de movilidad social en un sistema económico excluyente y que no permite la solidaridad.

Durante 30 años, la justificación a las privatizaciones, a la pobreza y a la desigualdad, fue la esperanza del ascenso individual sustentado en el acceso a la educación superior. “Esforzarse para llegar a la universidad, o juntar plata para pagar la U”, fueron temáticas recurrentes en cada una de las familias chilenas que veían en sus hijos y en las infinitas posibilidades que les daba el mercado educacional, una oportunidad de dejar de ser lo que eran.

Pero todo tiene su límite y los hechos hablan por sí solos. El mito se comienza a derrumbar cuando ya no estamos todos seguros de que la educación permita movilidad social, cuando el colegio particular subvencionado ya no permitía ingresar tanto a la educación superior como aparentaba, cuando las deudas educacionales empezaron a absorber el ingreso familiar, cuando el cartón universitario se fue desvalorizando a propósito de un mercado desregulado y cuando ser un profesional dejó en parte ser sinónimo de ganar plata.

Que estas movilizaciones hayan nacido a partir de los problemas educacionales no es casualidad, puesto que la educación es uno de los nudos centrales del sistema neoliberal, y cuando se empiezan a cuestionar una de las justificaciones centrales del sistema político-económico, es natural que todo el resto comience a tambalear.

El asunto entonces, pasa de ser un problema gremial a un problema estructural. Las demandas de los estudiantes también pasan a ser demandas profundamente políticas, nos tachan de sobreideologizados y un sin número de epítetos similares, pero ni el Gobierno ni el Parlamento entregan posibilidades de solución al conflicto. El problema entonces, pasa a ser también un problema de la democracia en Chile.

Las instituciones políticas chilenas no habían sido puestas en jaque como lo son ahora en los 20 años de Concertación. La necesidad de la reconciliación nacional, la política de los consensos y el binominalismo parlamentario omitieron en todo este tiempo el discutir problemáticas de fondo dentro de los límites de nuestra democracia. Mantuvieron un status quo cómodo para ambas coaliciones y generaron los aseguramientos necesarios para que en esos años nada cambiara.

El llamado relato concertacionista bastó para mantener durante 20 años el sistema en una quietud al amparo de una transición a la democracia, pero no pudo hacerle frente a la necesidad de transformaciones político-sociales que Chile necesitaba, dejando el camino libre a la derecha y a Sebastián Piñera para hacerse del gobierno.

Lo demás ya es conocido, el mito de la democracia chilena comenzó a desmoronarse cuando Chile se dio cuenta que ni los 20 años de Concertación ni los que pudiera estar la derecha permitían que se resolvieran los problemas más urgentes de nuestro pueblo. Que el problema entonces no era quién encabezara las instituciones democráticas, sino que siempre fueron estas instituciones democráticas el problema.

Las movilizaciones han demostrado algo que muchos sectores vienen planteando desde el mismo retorno de la democracia: el contrato que nos impusieron para regular las relaciones sociales dejó prácticamente sin ningún poder a la sociedad civil. Pues si Chile fuese un país realmente democrático no hubiera sido necesario llevar más de seis meses movilizados para dar respuestas a las demandas estudiantiles que alcanzan más de un 75% de respaldo popular.

La clase política en su conjunto está absolutamente cuestionada. El Parlamento binominalizado no ofrece las garantías para dar un debate representativo del sentir nacional; el Ejecutivo ha perdido toda legitimidad con un Presidente con estándares de aprobaciones tan bajos que en otros países se traduce en salidas anticipadas del Gobierno; el empresariado ve con desesperación cómo sus nichos de negocios y enriquecimiento se han visto cuestionados por una movilización que exige sus derechos. Mientras tanto, un pueblo despierta y se moviliza en unidad tomando conciencia de que sus derechos no se negocian.

El mito de Chile se está cayendo a pedazos día a día, marcha a marcha, cacerolazo a cacerolazo. Los grandes consensos nacionales ya no son tan sólidos como antes y el pueblo se está dando cuenta de que hay posibilidades de un Chile distinto al que le presentaron en estos años de tiranía y Concertación. El pueblo de Chile se dio cuenta que lo que le presentaban como verdad era solo un mito, y se está dando cuenta que ese mito se llama neoliberalismo.

Seguiremos batallando por conseguir las justas demandas que las grandes mayorías necesitan y sabemos que aún nos queda mucho para conseguir los objetivos trazados como movimiento, pero por lo menos queda la satisfacción de haber ya conseguido calar hondo en el sentir nacional, de haber aportado como estudiantes a romper con los mitos que no nos permitían pensar en un país distinto, y de haber aportado al comienzo de la Primavera del Pueblo de Chile.

*Presidenta de la FECh - www.fech.cl

Artículo publicado en la edición chilena de Le Monde Diplomatique, noviembre de 2011


Six mois de mobilisation

Quand le mythe néolibéral chilien vacille

Par Camila Vallejo*

Après d’exténuantes occupations de lycées et d’universités, d’innombrables grèves et manifestations, un premier constat s’impose : au-delà de l’avenir du mouvement, ces quelques semaines ont permis de mettre en lumière les profondes contradictions du système politique et économique chilien. Il est temps d’effectuer une première évaluation de ce que nous avons déjà obtenu, et de ce pour quoi il nous faut encore nous battre. par Camila Vallejo, mercredi 2 novembre 2011 Le mythe du modèle chilien — fondé sur une croissance économique durable, une baisse de la pauvreté et des institutions stables — s’est brisé lorsque nous, étudiants, sommes descendus dans la rue pour exiger des réformes structurelles dans l’éducation. Si un constat rassemble tous ceux qui ont participé au mouvement, c’est le suivant : notre pays n’était pas préparé pour affronter l’une des mobilisations les plus importantes de notre histoire récente.

D’emblée, le consensus tacite selon lequel nous disposions d’une éducation inclusive favorisant la mobilité sociale — une idée fondamentale en régime néolibéral — s’est effondré. Pendant très longtemps, le système éducatif chilien, jugé « moderne », a été montré en exemple : il permettait, disait-on, de toucher de plus en plus de gens, sans perdre en qualité, de sorte que la majorité de la population pouvait espérer, grâce à lui, améliorer ses revenus. Mais ce qu’on ne disait pas, c’est que ce modèle chilien ne constituait que l’une des composantes du système néolibéral imposé au pays il y a trente ans et que, par conséquent, son développement avait pour objectif principal la consolidation économique et sociale de l’ordre en place. Sur le plan économique, à travers la soumission de l’enseignement primaire, secondaire et supérieur aux logiques de profit, à travers la fuite vers les banques privées des fonds liés au financement du système et, de manière générale, à travers la marchandisation du processus éducatif. Sur le plan social, également, parce que le mythe de l’éducation offrait une justification au modèle néolibéral : il faisait miroiter la possibilité d’une mobilité sociale au sein même d’un système économique excluant, interdisant toute solidarité.

Pendant trente ans, la légitimation des privatisations, de la pauvreté et des inégalités a été la même : l’espoir individuel d’ascension sociale à travers l’accès à l’éducation supérieure. « Faire des efforts pour arriver jusqu’à l’université » ou « économiser de l’argent pour se payer la fac » : une litanie bien connue de la plupart des Chiliens, qui voyaient dans leurs enfants et dans les infinies possibilités que leur offrait le marché de l’éducation un moyen de cesser d’être ce qu’ils étaient.

Mais il y a une limite à tout, et les faits parlent d’eux-mêmes. Le mythe a commencé à s’effondrer lorsque nous avons cessé de croire que l’éducation assurait la mobilité sociale ; lorsqu’il est devenu évident que, contrairement à leurs prétentions, les collèges privés subventionnés ne garantissaient pas l’accès à l’éducation supérieure ; lorsque l’endettement lié à l’éducation des enfants a commencé à absorber la quasi-totalité des revenus familiaux ; lorsque les diplômes universitaires se sont vus dévalorisés par la dérégulation du marché ; et quand l’obtention d’un bon emploi a cessé d’être le meilleur moyen d’obtenir un bon salaire.

Ce n’est pas un hasard si ce sont des problèmes dans le système éducatif qui ont donné naissance à ces mobilisations : celui-ci cristallise toutes les contradictions du système libéral. Et faut-il vraiment s’étonner que, lorsqu’on commence à interroger l’une des justifications centrales du système politique et économique, tout le reste commence à chanceler ?

Le problème local mute alors en problème structurel, tandis que l’enracinement politique des revendications étudiantes s’approfondit. On nous accuse d’être « trop idéologisés » — et de tout un tas de défauts similaires. Mais ni le gouvernement ni le Parlement ne proposent de solutions pour sortir du conflit. De sorte que le problème touche désormais aux fondements de la démocratie chilienne. En vingt ans de Concertation (1), les institutions politiques chiliennes n’avaient jamais été placées dans une telle situation. La nécessité de la réconciliation nationale (2), la politique du consensus et le mode de scrutin binominal ont longtemps empêché de discuter des problèmes de fond. Un statu quo confortable se maintenait ainsi au pouvoir. Et tout était fait pour que, surtout, rien ne change (3).

Ce modèle a permis de maintenir un calme artificiel, au prétexte de protéger notre transition vers la démocratie. Mais il n’a pu faire face à la nécessité de transformations politico-sociales, laissant la voie libre à la droite et à M. Sebastián Piñera. La suite, on la connaît. Le mythe de la démocratie chilienne a commencé à s’effriter lorsque le Chili s’est aperçu que, pas plus que vingt années de Concertation, la droite au pouvoir n’allait parvenir à résoudre les difficultés les plus urgentes de notre pays. Il ne s’agissait plus de se demander qui prendrait la tête des institutions démocratiques, mais de constater que ces dernières constituaient, dans les faits, le cœur du problème. Les mobilisations ont démontré une chose que beaucoup de secteurs signalaient depuis le retour de la démocratie : le contrat qu’on nous a imposé pour réguler les rapports sociaux n’a pratiquement laissé aucun pouvoir à la population (4). En effet, si le Chili était réellement un pays démocratique, il n’aurait pas été nécessaire de mener plus de six mois de mobilisation pour que les revendications des étudiants — soutenus par 75 % de la population — soient entendues.

La classe politique dans son ensemble se voit remise en question. Le Parlement n’offre pas les garanties nécessaires pour permettre un débat représentatif sur les préoccupations populaires. Le pouvoir exécutif a perdu toute légitimité, avec un président si bas dans les sondages que, dans d’autres pays, il aurait déjà remis sa démission. Le secteur patronal observe avec désespoir que ses combines et ses sources de profit facile sont menacées. Pendant ce temps, un peuple se réveille et se mobilise de façon unitaire en prenant conscience que ses droits sont inaliénables. Jour après jour, manifestation après manifestation, cacerolazo après cacerolazo (5), le mythe du Chili tombe en ruines. Les grands consensus nationaux vacillent et le peuple se rend compte qu’un Chili différent de celui qu’on lui a imposé durant des années de tyrannie et de Concertation est possible. Le peuple chilien a compris que ce qu’on lui présentait comme une vérité n’était qu’un mythe, et s’aperçoit que ce mythe porte un nom : néolibéralisme.

Nous continuerons à nous battre pour satisfaire les demandes légitimes de la majorité. Nous savons qu’il nous reste encore un long chemin pour atteindre nos objectifs. Mais nous pouvons au moins nous réjouir d’avoir réussi à ébranler le pays, d’avoir contribué, en tant qu’étudiants, à casser les mythes qui nous interdisaient de penser un pays différent. Et d’avoir contribué à initier le printemps du peuple chilien.

*Camila Vallejo est présidente de la Fédération d’étudiants de l’Université du Chili (Fech). Article publié dans l’édition chilienne du Monde diplomatique, novembre 2011.

(1) NDLR : une alliance de centre-gauche entre démocrates-chrétiens, socialistes et socio-démocrates au pouvoir de la fin de la dictature, en 1990, jusqu’à l’élection de M. Sebastián Piñera, en 2010.

(2) NDLR : après dix-sept ans de dictature.

(3) Lire Hervé Kempf, « Au Chili, le printemps des étudiants », Le Monde diplomatique, octobre 2011.

(4) Lire Victor de la Fuente, « En finir (vraiment) avec l’ère Pinochet », La valise diplomatique, 24 août 2011.

http://www.monde-diplomatique.fr/ca...

(5) Manifestation au cours de laquelle chacun frappe sur des casseroles.


En Alemán:

Wir brechen mit den Mythen des Neoliberalismus Sechs Monate Proteste in Chile

von Camila Vallejo Dowling*

Nach sechs Monaten Protesten, Kräfte zehrenden Besetzungen von Schulen und Universitäten und unzähligen Streiks und Protestmärschen, ist es an der Zeit eine Zwischenbilanz zu ziehen. Denn unabhängig davon, wohin die aktuellen Geschehnisse noch führen, haben schon die letzten Monate zahlreiche tiefe Widersprüche im politischen und wirtschaftlichen System Chiles offen gelegt und man kann nun eine Gegenüberstellung von bereits Erreichtem und noch zu Erreichendem vornehmen.

Der Mythos Chiles, der uns vom nachhaltigen Wirtschaftlichswachstum, von der zurückgehenden Armut, von der Institutionenstabilität und von Chile als "Schwellenland" erzählt, hat tiefe Risse bekommen, seit wir Studenten auf die Straße gehen und strukturelle Reformen im Bildungssektor fordern. Wenn es einen Konsens gibt zwischen all denen die wir Teil dieses Prozesses sind, dann ist es der, dass Chile nicht darauf vorbereitet war, sich einer der wichtigsten Protestbewegungen der jüngeren Geschichte unseres Landes zu stellen.

Erst einmal zerbrach der stillschweigende Konsens über ein inklusives Bildungswesen und als Werkzeug für soziale Mobilität, einer der Grundpfeiler der Bildung in Zeiten des Neoliberalismus.

Das Modell Chile galt jahrelang als Musterbeispiel eines "modernen" Bildungswesens, als ein Bildungswesen, das es erlaubte, ohne Qualitätsverluste Bildung mehr Schichten zugänglich zu machen und durch das die breite Mehrheit der Chilenen mit der Erhöhung ihres Einkommens rechnen konnten. Aber was dabei nicht erwähnt wurde ist, dass dieses chilenische Bildungsmodell nur eine weitere Komponente des neoliberalen Systems war, das in Chile vor nun schon 30 Jahren eingeführt wurde und dass daher seine Einführung mit dem Ziel verfolgt wurde, das herrschende System wirtschaftlich und gesellschaftlich zu konsolidieren.

Die wirtschaftliche Konsolidierung wurde damit erreicht, dass mit der Hochschulausbildung sowie im Primar- und Sekundarschulwesen Gewinn - lucro - gemacht wurde. Außerdem mittels Ableiten von Steuergeldern an die Privatbank, damit die Nachfrage gedeckt werden konnte und mittels all jener Mechanismen, die die Vermarktung des Bildungssektors bedeuteten. Außer der Verankerung im Wirtschaftssystem, besteht der Mythos von der Bildung in Chile auch darin, wie das Bildungssystem sozial gerechtfertigt wird. Indem Bildung nämlich als einzige Möglichkeit dargestellt wird, soziale Mobilität zu erlangen, im Kontext eines exklusiven Wirtschaftssystems, in dem Solidariät keinen Platz hat.

30 Jahre lang bestand die Rechtfertigung für Privatisierungen, Armut und Ungleichheit in der Hoffnung auf individuellen gesellschaftlichen Aufstieg, ermöglicht durch Zugang zur tertiären Bildung. "Sich reinhängen, um es an die Uni zu schaffen" oder "Geld zusammentreiben, um die Uni bezahlen zu können" waren geläufige Mottos in allen chilenischen Familien, die in ihren Kindern und in den unendlichen Möglichkeiten, die sich ihnen auf dem Bildungsmarkt boten, eine Chance sahen, nicht mehr das zu sein, was sie bis dahin gewesen waren.

Aber alles hat seine Grenzen und die Fakten sprechen für sich. Der Mythos begann in sich zusammenzustürzen, als wir nicht mehr so sicher waren, dass Bildung die soziale Mobilität ermöglicht, als man von subventionierten Privatschule doch nicht so gut auf die Universitäten kam wie es geschienen hatte, als die Schulden, die für unsere Bildung entstanden, begannen, das Einkommen der ganzen Familie aufzusaugen, als der Abschluss an einer Hochschule auf dem desregulierten Markt abgewertet wurde und als "studiert haben" nicht mehr auch "Geld verdienen" bedeutete.

Dass die Protestbewegungen ihren Ursprung in den Problemen im Bildungswesen haben, ist kein Zufall. Denn die Bildung ist einer der Kernpunkte des neoliberalen Systems, und wenn man anfängt, eine der zentralen Rechtfertigungen des politisch-wirtschaftlichen Systems zu hinterfragen, ist es ganz natürlich, dass alles andere auch ins Schwanken gerät.

Dann ist das Problem nicht mehr nur ein Problem der Gremien, sondern wird ein strukturelles Problem. Ebenso werden die Forderungen der Studenten zu höchst politischen Forderungen. Wir werden als überideologisiert abgestempelt und man gibt uns etliche weitere derartige Beinamen, aber weder die Regierung noch das Parlament geben Vorschläge dazu ab, wie der Konflikt gelöst werden kann. Damit wird das Problem auch zu einem Problem der Demokratie in Chile.

Die politischen Institutionen in Chile wurden noch nie so sehr in Frage gestellt wie jetzt, nach 20 Jahren Concertación-Regierung. Die Notwendigkeit der nationalen Versöhnung, die Politik des Konsenses und die parlamentarische Binominalität ließen in all dieser Zeit eine Diskussion über Grundprobleme in unserem demokratischen System aus. So wurde ein für beide Koalitionen bequemer status quo aufrecht erhalten und die Politiker lieferten die Zusicherungen, die dazu nötig waren, dass sich in diesen Jahren nichts änderte.

Die so genannte Geschichte von der Concertación - relato concertacionista - reichte aus, um 20 Jahre lang und im Schutz der Transition zur Demokratie, das System still zu halten. Aber sie hat es nicht geschafft, sich mit der Notwendigkeit sozio-politischer Transformationen auseinander zu setzen und machte stattdesen den Weg frei für die Rechte und Sebastián Piñera.

Der Rest ist bekannt, der Mythos von der chilenischen Demokratie begann zu bröckeln, als die Chilenen bemerkten, dass eine Lösung unserer dringensten Probleme weder in 20 Jahren Concertación, noch in den Jahren einer rechten Regierung ermöglicht wurde und dass damit das Problem nicht lautet, wer den demokratischen Institutionen vorstehen solle, sondern dass von Anfang an diese demokratischen Institutionen selbst das Problem waren.

Die Protestbewegung hat verdeutlicht, was viele Sektoren der Gesellschaft seit Rückkehr zur Demokratie bemerken: der Vertag, den sie uns auferlegten um die sozialen Beziehungen zu regulieren, ließ das Volk praktisch machtlos zurück. Denn handelte es sich bei Chile um ein wirklich demokratisches Land, hätte es nicht mehr als sechs Monate anhaltender Mobilisierungen bedurft, auf die Forderungen der Studenten, die von mehr als 75 Prozent der Bevölkerung unterstützt werden, zu geben.

Die politische Klasse im Ganzen ist zu höchst in Frage gestellt. Im binominalen Parlament gibt es keine Garantie dafür, dass eine repräsentative Debatte, die im Sinne der Bevölkerung wäre, geführt wird. Die Exekutive hat jegliche Legitimität verloren, mit einem Präsidenten mit so niedrigen Zustimmungsraten, dass es in anderen Ländern in so einem Fall zu vorzeitiger Beendigung der Amtszeit kommen würde. Der Unternehmer sieht mit Verzweiflung, wie die Nichen, in denen er Handel betreiben und sich bereichern konnte, von einer Bewegung, die ihr Recht einfordert, hinterfragt werden. Währenddessen wacht hier ein Volk auf und macht in breiter Einheit mobil, im Bewusstsein, dass mit seinen Rechten nicht zu handeln ist.

Der Mythos von Chile ist dabei, in Scherben zu zerbrechen, jeden Tag, bei jedem Protestmarsch und jedem Cacerolazo. Die großen nationalen Konsense sind nicht mehr so solide wie zuvor und die Gesellschaft merkt, dass es die Chance auf ein anderes Chile gibt, als das aus diesen Jahren der Tyrannei und der Concertación. Die Chilenen haben gemerkt, dass nur Mythos, was als Wahrheit dargestellt war, und sie merken, dass dieser Mythos Neoliberalismus heißt.

Wir werden weiter kämpfen, um zu erreichen was wir zu recht fordern, und was die große Mehrheit benötigt. Wir wissen, dass noch viel fehlt die Ziele zu erreichen, die als Bewegung beschrieben werden. Aber zumindest bleibt die Genugtuung, schon jetzt tief am Nationalgefühl gekratzt zu haben und als Studenten dazu beigetragen zu haben, mit diesem Mythos Schluss zu machen, der uns nicht erlaubt ein anderes Land zu denken. Und einen Beitrag zum Beginn des Frühlings des Chilenischen Volkes geleistet zu haben.

*Präsidentin der FECh www.fech.cl

Artikel erchienen in der chilenischen Ausgabe der Le Monde Diplomatique, November 2011 www.lemondediplomatique.cl

Traducción: Dorothea Haider


Artículo de Camila Vallejo en Italiano publicado por IL MANIFESTO:

Cile, il mito neoliberista trema

Dopo le estenuanti occupazioni di licei e università, gli innumerevoli scioperi e manifestazioni, un primo bilan- cio s’impone: al di là dell’avvenire del movimento, sono bastate queste poche settimane per mettere in luce le profonde contraddizioni del sistema politico ed economi- co cileno. Ora – dice la giovane dirigente – occorre valu- tare quel che abbiamo ottenuto e di quello per cui invece dovremo ancora batterci.

di CAMILA VALLEJO*

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