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En este numero:

- Los dilemas del Estado en la Araucanía. Por José Aylwin
- La Teletón no es tuya, es de la Concertación Por Alfredo Wolf
- David Harvey y sus teorías para entender la especulación financiera con el territorio Patagonia, por la industria del Salmón, y que comprometen a la Nueva Mayoría. Por Pablo Fernando González

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Buenos días tristeza. Por Alicia Gariazzo

A los marxistas de los años sesenta la tristeza nos parecía pequeñoburguesa. El pesimismo era de derecha. Nosotros éramos optimistas exultantes, inspirados en la Revolución Cubana que nos había traído de vuelta la pequeña molestia que significó el estalinismo, que solo había sido una desviación debido a la guerra, porque el modelo era sagrado e imbatible.

Ya no había desviaciones, el modelo soviético seguía intacto y puro. La revolución cubana renovaba nuestra alegría e incorporaba un nuevo elemento a nuestros análisis. Ya no era necesario luchar por la insurrección que traía consigo que la vanguardia convenciera a la clase obrera de romper sus cadenas. Bastaba con que un grupo de valientes comenzara a convencer a los pobres en general a seguirlos, por su ejemplo, su sacrificio y su capacidad para llegar a la victoria.

La revolución cubana contradecía muchos textos, pero los teóricos se encargaron rápidamente de acomodar el foco guerrillero a las enseñanzas de Marx y Lenin. De cualquier manera la vanguardia formada con los mejores, dirigiría a la clase obrera, detrás de la cual lucharía el resto de las capas de la población explotada.

El triunfo impondría una dictadura transitoria que sería del proletariado, que permitiría estatizar los medios de producción, establecer una sociedad sin clases para que el Estado luego se extinguiera, ya que solo era el instrumento de opresión de una clase sobre otra.

En una sociedad sin clases, donde todos seríamos iguales, la existencia del Estado no tenía sentido.

El triunfo de la Revolución Cubana, la posible victoria del pueblo vietnamita que ya se avizoraba, es decir la derrota del enemigo más poderoso de todos los humildes pueblos de la tierra, infligida por humildes campesinos, no solo nos demostró que el optimismo socialista tenía bases objetivas, sino que nos dio el impulso para arriesgar nuestra vida por la revolución que ya estaba ad portas en el mundo y particularmente en América Latina.

Nuestro fracaso no solo fue físico, sino que el triunfo de los poderosos fue brutal, expresado en símbolos espeluznantes como que los vietnamitas proporcionen mano de obra barata, casi esclava, a marcas como NIKE. Otras, como que China tenga multibillonarios entre los records de Forbes, esclavos sin sindicatos en las Zonas de Procesamiento de las Exportaciones, donde ni Amnesty International puede entrar. Que se haya hecho cargo de las industrias de los países más ricos que los son solo por los ingresos que reciben por sus marcas y patentes. En otras palabras, que China comunista haya asumido la explotación del hombre por el hombre del mundo.

El mayor dolor sin embargo proviene de la desaparición del sueño de crear un hombre nuevo. El que surgiría de la sociedad sin clases, en esa donde no habría esclavos ni hambrientos. Donde la tierra sería el paraíso de la humanidad. La lucha, la muerte, la dictadura transitoria, se justificaban y entendían, porque después de la crisis, aparecería un hombre nuevo, supuestamente puro, solidario, en el que la codicia y el egoísmo habrían desaparecido.

Nadie habla ahora del tipo de hombre que creó el socialismo en la URSS. Solo nos enteramos por la prensa internacional de las proezas de la mafia rusa o ucraniana. Del tráfico de personas en que se especializa, de órganos y otras crueldades donde la mafia italiana queda como un juego de niños.

Para comprobar que tampoco en Cuba se creó un hombre nuevo, basta ver la forma de pensar y actuar de los cubanos que han llegado recientemente a Miami, muchos de los cuales participan en shows de conversación de programas de hispanos en USA, donde el egoísmo y la codicia los destacan.

Como he dicho en otras notas, parece que nos equivocamos. Tuvimos razón en el diagnóstico, lo que se comprueba a diario en el neoliberalismo imperante en el mundo, en la desigualdad, la injusticia y la creciente crueldad. Pero los caminos que definimos para romper nuestras cadenas es evidente que no sirvieron.

Poco antes de la derrota de la dictadura, aparecieron en el Partido Socialista de Chile, los socialistas renovados, pero su pensamiento no fue explícito ni claro. En mi caso particular, no tuve la oportunidad de conocer ningún escrito autocrítico de este sector. Me refiero a una autocrítica del pensamiento marxista-leninista que nos guió durante los sesenta.

Tampoco sabemos a qué se refiere la renovación, porque el Gobierno de Salvador Allende ya era renovado en relación al marxismo-leninismo. La vía pacífica al socialismo con elecciones y usando la democracia, que llamábamos burguesa, fue una renovación. La Unidad Popular nunca se planteó la creación de la una sociedad sin clases, ni menos que esta se lograría a través de una dictadura proletaria.

Nuestras teorías, especialmente de los que éramos más radicales y que criticábamos a Allende por “reformista”, solo sirvieron para que aún hoy la derecha nos acuse de violentistas para justificar la represión y el asesinato, herramienta de la cual hacen gala desde 1973. Incluso desde antes de 1973 porque ya en 1970 asesinaban al General Schneider para crear el caos.

El Gobierno de Allende fue el más democrático que ha tenido nuestro país, al punto que el Presidente Constitucional estaba dispuesto a llamar a un plebiscito para que el pueblo de Chile opinara sobre su permanencia en el cargo constitucional y elegido, el día 10 de septiembre.

Los comunistas en Chile nunca fueron violentistas. Hoy continúan con el planteamiento de que es necesario unir las más amplias fuerzas por los cambios que Chile necesita. Siempre quisieron aliarse con la DC y rechazaban impulsar una revolución socialista definiéndose como partidarios de una revolución democrática burguesa y la vía pacífica para lograrla. Los más ultraizquierdistas también los calificábamos de reformistas. Sin embargo la derecha, sin usar las verdades más elementales que se encuentran en textos y diarios de toda la historia de Chile lo acusan de todos los males. Hasta a las Brigadas Ramona Parra califican de violentas por pintar paredes con murales.

Pero el PC chileno no se pronuncia respecto a sus planteamientos históricos ni tampoco sobre la teoría. No descalifica a China pese a haber sido siempre pro soviético y haber criticado con fuerza a los chinos en el conflicto chino-soviético. Lamentablemente, Tellier, con mucho cariño, saluda en su cumpleaños al pintoresco Kim Yong Un.

Es decir, la izquierda actual que viene de una larga historia en Chile ha asumido sus nuevas tareas políticas sin pronunciarse acerca de errores, fracasos, ni nuevos paradigmas. Ello no nos permite avanzar en un análisis objetivo de lo que ocurre en el mundo, ni diseñar los nuevos caminos a seguir para mejorar y humanizar la vida de los más vulnerables. Ello perjudica al Frente Amplio, puesto que los jóvenes que lo conforman, tampoco se refieren con contenido profundo a nuestra historia política.

Necesariamente para conformar un conglomerado nuevo hay que referirse a lo antiguo, especialmente cuando nos basamos en una Constitución elaborada en Dictadura donde su ideólogo, Jaime Guzmán, afirmaba que con ella se aseguraría que aunque triunfaran los que quisieran cambiar algo se vieran impedidos de hacerlo.

En otras palabras, el amanecer de un Chile profundamente neoliberal, uno de los países que más ortodoxamente ha seguido las nuevas normas del capitalismo salvaje, incluso con gobernantes que fueron anticapitalistas antes del retorno a la democracia, solo nos queda saludarlo con un Buenos Días Tristeza.

 
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