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En este numero:

- Globalización, ecología lingüística y metacultura. Por José Pérez de Arce A.
- 2. TENDENCIAS EN LA IZQUIERDA LATINOAMERICANA ¿LA ERA DE LAS REFORMAS PROGRESISTAS? por Angel Sadomando
- La clase dominante frente a las luchas sociales en Chile. Revolución pasiva a la chilensis por Sebastián Farfán

- Sumario completo



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CHILE YA NO ES EL MISMO por Ángel Saldomando

Más de cinco meses de movilización estudiantil y social, más de un centenar de marchas con alrededor de un millón y medio de participantes en una estimación baja y casi tres millones en una evaluación alta, a nivel nacional, Las manifestaciones pasaron de 1,500 a finales del 2009 a cerca de 6,000 a septiembre 2011. Chile ya no es el mismo. El cuestionamiento al modelo neoliberal dejó de ser un malestar, se hizo masivo, evidente y legítimo. La legalidad y la legitimidad, sin fundamento democrático que lo ha cubierto en 20 años quedaron al desnudo, están fracturadas y han instalado a la clase política en el descrédito. Se ha impuesto en la agenda nacional una demanda de cambio urgente y amplio. Pero la capacidad de respuesta de la clase política es baja y sus tiempos lentos. La resistencia que oponen los sectores conservadores configura un escenario dónde aumentan inevitablemente los costos para canalizar las soluciones y las expectativas de cambio.

Cambio en el escenario: La derecha acuartelada

El gobierno de Piñera es un concentrado de la derecha empresarial y política y eso lo expone completamente. En su actuar no hay espacio para un gobierno que se equivoca y una derecha fuera del que pueda corregir el rumbo. Lo hagan bien o mal y el consenso es que lo han hecho mal, son un conglomerado de intereses sin espacios de descompresión, de mediación que le den oxigeno político, permitan maniobra y recambio. La evolución del gobierno, incluido su cambio de gabinete, puso en evidencia este aspecto, el cambio de personas no le aportó ningún recurso político, más bien agravó la situación. Frente al conflicto estudiantil pasó por tres etapas y la última es la más peligrosa para el país.

En la primera etapa intentó minimizar el movimiento, desacreditarlo y reprimirlo. Fracasó estrepitosamente, el movimiento se fortaleció y la ganó la batalla de la opinión y la legitimidad en la sociedad. Poniendo al mal tiempo buena cara, intentó acomodarse con el. Cambió el gabinete, ofreció diálogo sin concesiones de fondo y con exigencias obstaculizadoras, buscó desgastarlo con el cansancio y los costos de la movilización y presionarlo con el año escolar. Nueva derrota, el movimiento se mantiene, amplió su convocatoria, elaboró propuestas consistentes, demostrando que es posible hacer reformas de fondo. Y el gobierno pasó a una tercera etapa.

El discurso en torno a la creación de una nueva derecha, una derecha popular, capaz de salir a campo abierto a discutir problemas de sociedad se fue al basurero. El presidente que coqueteó en público y en la ONU con el movimiento, se puso un para rayos comunicacional con el vocero de la presidencia y se eclipsó hacia otros terrenos menos expuestos. El gobierno y la derecha decidieron acuartelarse.

Abandonaron el terreno abierto frente al movimiento social, presentaron parches al congreso para no quedarse sin respuesta pero dónde saben que todo se empantanará, crearon una comisión de expertos que les sirva de respaldo ante la ausencia de un diálogo real con los actores y cerraron la puerta a reformas políticas. Pero si eso es política, de la mala pero política, lo peor es la estrategia de llevar la situación al límite. Se trata de incrementar los costos del movimiento, suscitar reacciones corporativas de exasperación, mantener la presión represiva y darle vuelta a la opinión. No se pagan las becas, se interrumpen las trasferencias municipales, se incrementa el arsenal represivo y se busca darle máxima visibilidad a los disturbios limitados y frente a ello estimular la reacción de alcaldes, comerciantes y otras categorías, con una reivindicación del orden por encima de la situación social.

El discurso es ahora de dramatización y alarmista. Los lapsus discursivos son cada vez más frecuentes, en dirigentes de la derecha, que ven subversivos y activistas en todos lados. Frente al movimiento social los dirigentes de la derecha lo culpan de querer “dinamitar la estabilidad política” “pulverizar el sistema privado” y que “para algunos el Estado tiene que adueñarse de todo” (Juan Antonio Coloma UDI) Sólo le faltó advertir sobre el peligro de la invasión comunista, aunque no cabe duda que piensa que andan rondando disfrazados. La confusión que hace la derecha de las demandas de cambio legitimas con la descripción terrorífica de un cataclismo que destruye la sociedad, conduce a una exacerbación política, discursiva y represiva que nos depara para los próximos dos años un escenario de polarización porque la inestabilidad social ya se instaló.

Sin el recurso a la guerra fría y a la invocación del peligro comunista, sin poder echar mano de un recurso de fuerza extremo, un golpe militar, en un contexto latinoamericano e internacional de democracia y derechos como regla universal, con una crisis internacional que ha cuestionado el modelo neoliberal y con políticas públicas más progresistas en América latina y postulados en CEPAL, ONU y hasta en el Banco Mundial sobre mas igualdad, equidad y regulación estatal, la derecha chilena está huérfana y angustiada pese al poder que conserva. Intuyen que el cambio es inevitable pero sus dirigentes son gente del pasado y cuesta encontrar aunque sea un voz tímida que sugiera asumirlo. Aunque algunas pocas han reconocido la necesidad de una reforma tributaria para financiar más igualdad.

La reacción política de la derecha en que se acuartela frente a la demanda de cambios es histórica y echa mano a su tradicional reacción autoritaria y represiva. Pero en las nuevas condiciones tampoco es fácil. No es viable por mucho tiempo continuar abusando de una legislación represiva heredada de la dictadura y exponer a la policía como única valla de contención. El abuso de la fuerza tiene un límite cuando por sobre exposición ya no intimida aunque haga daño. Le ocurrió a la dictadura después de 1983 y también a otros regímenes. La escalada represiva puede no tener éxito político, no hay gobierno que le haya ganado la batalla de la opinión a un movimiento social genuino y en particular al estudiantil, pero puede descomponer el país en su frustración y exasperación, en vez de canalizar el cambio. La apuesta de la derecha es peligrosa.

La concertación en su laberinto

En este escenario del otro lado de la cancha, la concertación también está en una dinámica complicada. Desde que perdió el gobierno tuvo que pasar en poco tiempo del discurso de auto justificación al aceptar su agotamiento político y la necesidad del cambio.

Pero no es lo mismo hacerlo con capital político positivo a hacerlo con tan poca credibilidad. Tampoco es lo mismo hacerlo en periodo de calma que en una dinámica de inestabilidad y exigencias de cambio. La posibilidad de renovación carece de un liderazgo y de un acuerdo político que la estructure, el tiempo apremia y los resultados no se medirán solo por elecciones sino que por las respuestas a las expectativas sociales. Todo eso condimenta el paso de la concertación, en estado de coma, a una nueva alianza política y esta vez quizá social.

Pero hay un factor mayor, por primera vez desde que se creó la concertación, el universo político que la constituyó, se encuentra bajo la presión de un movimiento social reformista cuya agenda política no ha salido de ese universo. La presión desde abajo y desde afuera, ha hecho visiblemente nuevamente lo que el pacto político ocultó en un común denominador conservador. No hay acuerdo sobre el grado de cambio necesario en la sociedad chilena, por eso siempre fue más fácil unirse para gobernar las continuidades y administrar cambios marginales. Las causas de este fundamento de la concertación son otro debate, pero mirando hacia adelante se plantea otro problema. ¿Cuál será el eje de una nueva coalición política y para hacer qué? Tres líneas están en disputa. La que propone ampliar selectivamente la concertación pero conservándola. La que propone hacer algo completamente nuevo, aunque ello incluya obviamente a los mismos partidos, más otros (PC, PRO, PAIZ etc.) pero también está la opción de una centro derecha y una izquierda, cada uno por su cuenta que puede significar el divorcio definitivo. Cada una de estas líneas representa supuestos programáticos aunque por ahora no están claramente evidenciados. Y, aspecto importante, estos son mas trasversales que lo que se percibe. Hay algunos demócratas cristianos más dispuestos a asumir un programa de cambios que algunos socialistas y viceversa. Una coalición para gobernar el cambio es el que y el para qué.

Pero, sin cambios políticos por lo menos de la ley electoral, cambio rechazado por el gobierno actual, los arreglos utilitarios de corto plazo pueden hacer naufragar la construcción de una nueva alianza que represente una salida. Y esto no es ajeno a la suerte del movimiento estudiantil.

El movimiento estudiantil en el desfiladero

El cambio de escenario y el acuartelamiento de la derecha dejaron al movimiento estudiantil sin interlocución oficial en un desfiladero entre impotencia y dar un nuevo salto cualitativo. El gobierno intenta desplazar el problema al terreno del congreso y desviarlo hacia una comisión técnica, bajando su protagonismo y su nivel de exposición, la presión de la calle lo ha literalmente asfixiado políticamente Pero por sobre todo busca aislarlo, es decir lograr que aunque el movimiento conserve el apoyo de la opinión a sus demandas se vuelva impopular en su acción. Lo ha intentado pero hasta ahora no lo ha logrado.

El movimiento dio otro paso exitoso, al concitar la atención y el apoyo internacional pero es clave ahora ampliar las alianzas nacionalmente y sumarlas activamente. El movimiento estudiantil se convirtió sin quererlo en un movimiento social amplio, pero no ha agotado las reservas de movilización y presión política que ello implica sobre el conjunto de la institucionalidad y los responsables políticos. El enorme peso que ha asumido el movimiento estudiantil y su dirigencia en todos los niveles, requiere para una nueva etapa que se avizora larga y difícil, redistribuir la carga sin perder su objetivo. Y esto no marginal al problema de la construcción de una nueva alianza, la dirigencia estudiantil llegó para quedarse como dicen, pero ese en el terreno de la política con mayúscula y esa es la etapa que se viene. La pureza sectorial original del movimiento estudiantil ya está en proceso de fusión con la amplitud de la dinámica que se creó y esto puede ser el salto cualitativo frente a la trampa tendida por el gobierno.

Ángel Saldomando

20 de octubre de 2011

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